AMÉLIE BOUDET O LA MUJER EN LA SOMBRA por FRÉDÉRIQUE MINADAKIS LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

Imagen AMÉLIE BOUDET

El 21 de enero de 1883, falleció a la edad de ochenta y
nueve años, Amélie Boudet viuda de Hippolyte Rivail.
Fue inhumada en el cementerio del Père Lachaise al
lado de su marido que había partido catorce años
antes. En el más allá, encontró a su compañero, su amor.
Durante una sesión de escritura automática, vino a dar
testimonio: “…En esta Tierra, en mi encarnación, me casé
con H. L. Denizard Rivail y con él compartí mis días terrenales.
Creo que juntos luchamos por una noble causa,
por la de la supervivencia del alma. Teníamos juntos esa
necesidad, teníamos juntos esa emoción de compartir,
teníamos juntos ese sentimiento absoluto de la eternidad
de la vida, prueba de la existencia del espíritu… Mi unión
con Hippolyte, convertido en Allan Kardec, continúa en
lo invisible, en el más allá de los espíritus y por la misma
causa…”
Si bien en la historia del espiritismo, es ineludible el
personaje de Allan Kardec, no se puede desconocer la
presencia de la que fue su esposa y asistente durante
treinta y siete años, Amélie Boudet. Ella compartió sus
ideas pedagógicas así como sus ideas espirituales y más
tarde sus ideas espíritas. No es fácil evocar su biografía
pues, igual que su esposo, era modesta y reservada,
hablaba muy poco de ella y prefería permanecer en
la sombra. La mayoría de las informaciones se han
extraído de notas autobiográficas de Allan Kardec, fragmentos
de un manuscrito titulado Previsiones referentes
al espiritismo, recogidos por Pierre Gaétan Leymarie
y transcritos en el libro de Jean Prior Allan Kardec y su
época.
Nacida el 23 de noviembre de 1795 en Thiais (Sena),
Amélie Boudet era hija única de una familia acomodada
y burguesa. A los treinta y cinco años, era una joven
moderna, fina y cultivada. Se dedicaba a la acuarela y a
la poesía. Publicó tres libros: Fabulae primaveris en 1825,
Nociones de dibujo en 1826 y Lo esencial de las bellas artes
en 1828. Si bien su fortuna no la obligaba a trabajar,
desde hacía quince años ejercía con pasión el oficio de
institutriz para conservar cierta independencia. En 1830,
vivía sola con su padre Julien Boudet, notario jubilado.
Vivían en la calle de Sèvres en un inmueble vecino a la
institución escolar creada por un tal Hippolyte Rivail.
Hasta ese día, Amélie siempre había rechazado a los
pretendientes que se le presentaban, por “insulsos y
superficiales” para su gusto, hasta el día en que tuvo el
encuentro con el profesor Rivail a quien encontró muy
guapo. Hippolyte se sentía solo sentimentalmente.
Aquel cartesiano se encontraba incómodo en esa época
romántica. No soñaba con un enlace tumultuoso sino
más bien con una felicidad tranquila junto a una esposa
proveniente de la buena burguesía. He aquí lo que le
confía a sus amigos respecto a Amélie: “Ella es menuda
y muy bien formada, amable y graciosa, inteligente y
vivaz”. Los contemporáneos confirmaron esta descripción.
Y aunque ella fuera nueve años mayor, parecían de
la misma edad.
La boda tuvo lugar el 6 de febrero de 1832. Amélie
asistió a su marido en lo que éste esperaba de una
mujer. Gabriel Delanne diría que ella fue para el profesor
Rivail “la mujer del evangelio”. Este enlace de amor fue
seguido por treinta y siete años de felicidad ejemplar,
felicidad tranquila y estudiosa: “Mi bien amado compañero
de trabajo” decía Amélie. “Mi mujer que, para
trabajar conmigo, ha renunciado a todas las distracciones
del mundo a las cuales la posición de su familia la
había acostumbrado” decía Hippolyte. Se entendían tan
bien en el plano de la inteligencia y de la espiritualidad,
como en el plano de las artes. Compartían su pasión por
la música clásica. Además, ambos creían en Dios pero
no admitían ni el culto externo ni el dogmatismo.
No obstante, si bien la pequeña señora Rivail adoraba
a su esposo, tenía sus ideas y sabía defenderlas; no
compartía la admiración de Hippolyte por Jean-Jacques
Rousseau. Le parecía que lo que él dice acerca de la
educación de las niñas es particularmente escandaloso.
Sin embargo, el Instituto técnico de la calle de Sèvres
era un remanso de felicidad donde reinaban la amistad
y la paz.
Desgraciadamente, en los años 1840, sobreviene una
terrible prueba. El tío Duhamel, comanditario del
instituto, es un jugador empedernido. Para cubrir una
deuda de juego, los Rivail se ven obligados a vender
el instituto. A esta prueba financiera, de por sí importante,
se suma para la pareja, el inmenso dolor de ver
hundirse la obra de enseñanza a la que con tanto celo
se habían dedicado.
Amélie, como buena tesorera, coloca el resto del
dinero con un amigo, que le asegura a los esposos una
buena jubilación. Nueva desdicha, el amigo quiebra,
están arruinados. Aunque todavía no son espíritas y
por consiguiente no tienen ninguna razón lógica para
aceptar con resignación este doble golpe de la suerte,
los esposos Rivail, en lugar de perderse en el lamento,
se ponen a trabajar con energía para buscarse la vida.
Para salir adelante, Amélie reduce su tren de vida y
retoma el trabajo en el curso de Lévy-Alvarez inventor
de un Método ingenioso para la instrucción de las
niñas. En cuanto a su esposo, se hace cargo de tres
contadurías, consigue un puesto de profesor en el
Lycée Polymathique, igualmente enseña en el mismo
curso que Amélie y encuentra tiempo para redactar
nuevas obras escolares.
Sin embargo, ni Amélie ni Hippolyte están en su verdadero
camino. Ellos hubieran querido volver a crear una
institución digna de la primera. El hecho de estar arruinados,
de no poder crear una obra propia es una prueba
muy pesada, pero pensándolo bien, fue providencial y
ellos así lo comprendieron quince años más tarde.
Al encuentro de los espíritus
Estamos en 1854, por primera vez Hippolyte y Amélie
oyen hablar de las mesas giratorias.
En 1856, Léon Denizard, convertido en Allan Kardec,
está escribiendo El Libro de los Espíritus. Dotada de una
buena memoria, inteligente y rápida, Amélie hace las
veces de secretaria.
Montherlant ha dicho “Un escritor no necesita de una
concepción del mundo, sino de una buena secretaria”. El
afortunado Kardec los tiene a ambos en la persona de
Amélie; infatigable, ella lo secunda con eficacia e inteligencia.
Copia sus textos y lee sus cartas de las que
subraya las partes importantes, corrige las pruebas de la
Revista Espírita y de los libros, comparte con su esposo
las relaciones con los editores y mantiene las finanzas
con mano firme.
Le corresponde igualmente filtrar a los visitantes pues,
en aquella época sin teléfono, la gente, sobre todo los
provincianos y los extranjeros, llegan sin avisar. Finalmente,
cuida la preparación de las giras de conferencias
por las grandes ciudades; laboriosos viajes que, a
partir de 1860, serán cada vez más frecuentes. Para los
quehaceres domésticos, Amélie es ayudada por una
criadita que ella dice que no es muy despierta pero sí
muy dedicada.
La cotidianidad de los esposos Rivail
Amélie se levanta a las cuatro de la mañana para
preparar el café de su marido quien, inmediatamente
después, se pone a trabajar. Hacia las diez, ella le trae
las pruebas de la Revista o las de la obra en curso que
acaba de corregir. Poco antes del mediodía, Amélie
reaparece y le sirve un refrigerio. Es la hora del descanso
y de la charla informal. A partir de las dos comienza el
concierto de timbres y la invasión de visitantes. Amélie
se mantiene en guardia. No hace falta que los admiradores
y, sobre todo, las admiradoras, hagan perder
demasiado tiempo a su gran hombre. En su trabajo de
filtrado, distingue muy bien de antemano a los simples
charlatanes de los que tienen algo que decir y sale de
su reserva para despedir a las admiradoras con tacto y
autoridad.
Si bien el refrigerio del mediodía es frugal, la cena no lo
es. Los esposos Kardec aprecian los placeres de la mesa
a la que hacen honor. Amélie no es de esas criaturas
seráficas que se deleitan con sopas insípidas y tisanas.
Ella alimenta muy bien a su hombre. Demasiado bien
quizás, y Allan aprecia los exquisitos platillos cocinados
a fuego lento con amor.
Las noches que coronan la bien cargada jornada son
breves. La familia Delanne, Pierre Gaétan Leymarie, el
Sr. Desliens, Muller y de vez en cuando Camille Flammarion
hacen su aparición y se retiran pronto para no
cansar al maestro. El viernes por la noche está dedicado
a las conversaciones con los espíritus y el domingo por
la noche se reserva para el concierto y el teatro. La
pareja que ha trabajado tanto toda la semana, desea
relajarse y divertirse. Ambos, apasionados de la música
clásica, aprecian igualmente las óperas de Offenbach.
Por fin, Allan y Amélie rebosan de felicidad: terminaron
los problemas de dinero y los trabajos mercenarios a
menudo fastidiosos. Sus actividades presentes les
apasionan cada vez más; construyen en común una
obra que saben necesaria y duradera. Su amor es tan
vivo como treinta años antes; están tan enamorados
uno del otro como en el momento en que el apuesto
Léon Denizard le pidió al Sr. Julien Boudet, la mano de
su hija Amélie.
Con el transcurrir de los años, gracias a las rentas de
los manuales escolares, a los derechos de autor de
los libros espíritas y las juiciosas colocaciones realizadas
por Amélie, los esposos Rivail tienen adquirido
un pequeño peculio. Siguiendo los consejos de un
cofrade de la Sra. Boudet, adquieren un terreno de
2.600 m2, situado detrás de los Inválidos. Hacen construir
allí la villa Ségur y tienen en proyecto la construcción
de una decena de casas, destinadas a miembros
meritorios de la Sociedad.
Los domingos se trasladan a la Villa rodeados de sus
amigos más cercanos. La atmósfera es distendida y
alegre. La carne es buena; como todas las mujeres de
su época, Amélie está orgullosa de su mesa.
A principios de 1869, Allan está decidido a dejar la sede
de la Sociedad cuyo arriendo se acaba, para instalarse
definitivamente en la Villa Ségur. Es allí donde se siente
en casa, donde podría llevar una vida tranquila, indispensable
para su salud. Desea mudarse lo más pronto
posible y para ello pone en orden sus asuntos.
La partida de Allan Kardec y después…
Estamos a 31 de marzo de 1869, Amélie se ha dirigido
temprano al 7 de la calle de Lille, nueva sede de la
Sociedad, que se trataba de reorganizar sobre las bases
indicadas por su marido. Cuando hacia el mediodía
vuelve a la calle Sainte Anne, ¡qué impacto! Se ha dejado
caer sobre el sofá y no se ha movido más. Está como una
estatua fulminada. Sus ojos, que miran a lo lejos, ya no
tienen más lágrimas. Está desesperada por haber estado
ausente, por no haber podido sostener la mano de su
marido en el momento supremo. Allan Kardec se había
hundido sobre sí mismo sin una palabra, sucumbió
a una ruptura de aneurisma. Notificado, Alexandre
Delanne acudió enseguida, lo friccionó y lo magnetizó
pero en vano.
Siempre pequeña y menuda, ella tiene ahora setenta y
cuatro años y sueña con los treinta y siete de tranquila
felicidad que acaban de terminar. Por el momento, se
imagina que seguirá pronto al que ama y eso la ayuda
a sostenerse. En realidad, le quedan por recorrer catorce
años sin él.
La inhumación de Allan Kardec en el cementerio de
Montmartre es sólo provisional. Un año más tarde
Amélie y la Sociedad espírita adquieren un lugar en el
Père-Lachaise y hacen construir el dolmen, recuerdo de
una vida de druida. Amélie no participó en la inhumación,
destrozada física y moralmente, prefirió quedarse
sola en la calle Saint Anne.
Después de haber recuperado las fuerzas y la combatividad,
daría a conocer el testamento que la nombraba
heredera universal. Bajo su impulso, la Sociedad Parisiense
de Estudios Espíritas fue reconstituida como
sociedad anónima y se instaló en el 7 de la calle de Lille.
En cuanto a Amélie, se mudó a la Villa Ségur pero las
diez casas previstas nunca vieron la luz.
Muerto Allan Kardec, Amélie continuó valientemente
la lucha al lado de Alexandre Delanne, Camille Flammarion,
Victorien Sardou y Théophile Gautier pero sobre
todo con su abnegado amigo Pierre Gaétan Leymarie.
En 1871, éste se convertirá en redactor jefe y Director
de la Revista Espírita en la cual imprimirá las primeras
pruebas de fotografía espírita producidas por William
Crookes. Luego, él mismo experimentará esas manifestaciones
con un médium fotógrafo de nombre Edouard
Buguet. Durante las sesiones, obtuvo una serie de clisés
reales que publicó en 1875.
No obstante, su buena fe es engañada y los enemigos
del espiritismo están al acecho de todo lo que pueda
detener el desarrollo de la doctrina espírita. Edouard
Buguet es vigilado por la policía en la persona de
Guillaume Lombart. Éste se presenta anónimamente en
su casa para pedirle una fotografía espírita, lo sorprende
en flagrante delito y lo arresta.
El Ministerio Público instruye un proceso por fraude y
mistificación en contra de Leymarie y de Buguet. Desde
su detención, este último confiesa que no tiene poderes.
La requisitoria del abogado de la República pone en tela
de juicio a los acusados, a la doctrina espírita y a la viuda
de Allan Kardec.
Durante el proceso, la cuestión de la creencia y de la
persuasión será el centro de los debates. Cada parte
tiene una argumentación respecto a esta estrategia de
la persuasión:
– Para el ministerio público, lo que está en juego es
combatir la doctrina espírita como fuerza política y religiosa.
El procurador va a rechazar la creencia en estas
fotos espíritas.
– El fotógrafo confiesa la superchería y socava toda
posible creencia. Dice: “No soy ni espírita, ni médium;
simplemente tengo “trucos” de una gran sencillez”.
– Los partidarios del espiritismo, con Leymarie el sucesor
de Kardec a la cabeza, se defienden separando a Buguet
de su propia actividad, dicen haber sido engañados por
él y pretenden que es manipulado por el ministerio
público, para evitar reunir aún más espíritas.
Amélie Boudet tiene ya ochenta años cuando es llamada
a declarar en el tribunal. Durante este interrogatorio, su
buena fe será puesta en tela de juicio y ensuciada la
memoria de su marido.
La totalidad de la declaración está consignada en El
Proceso de los Espíritas, una obra escrita por Marina
Duclos-Leymarie. En este libro están compiladas no
sólo las declaraciones, las requisitorias, un considerable
número de testimonios a favor de Pierre Gaétan
Leymarie, de Amélie Boudet y de la Sociedad Parisiense
de estudios Espíritas, sino igualmente toda la correspondencia
entre Buguet y Leymarie.
Pierre Gaétan Leymarie será acusado y condenado a
un año de prisión. Sin embargo quince días antes de
su condena, se le sugiere declararse culpable y solicitar
la indulgencia. Él se niega y felizmente para él, la
condena es derogada algunos meses más tarde por una
completa rehabilitación.
He aquí la última carta escrita por Edouard Buguet,
condenado también a un año de prisión. Está precedida
por los comentarios de Marina Duclos-Leymarie: “Esta
última carta, escrita por Mazas, hace alusión al hecho
siguiente: un oficial de caballería, de la guarnición de
Vendôme, que vino para obtener una fotografía espírita,
se encontraba en casa de Buguet en el momento de las
investigaciones de la justicia; el mismo día, a las tres de
la tarde, le avisaba al Sr. Leymarie que quería ir inmediatamente
a casa de Buguet con el oficial, pues no podía
creer, sin haberlo visto por sí mismo, que el fotógrafo
hubiera empleado trucos. En casa de Buguet, Leymarie
fue arrestado, y es a este hecho que hace alusión esta
primera carta; esta conducta del gerente de la librería
basta para probar su buena fe”.
Estimado señor Leymarie,
Tengo la esperanza de que el momento de detención que
el Comisario de Policía os ha hecho sufrir en mi casa el
día de la mayor desdicha de mi vida, no haya producido
ningún accidente enojoso y que estéis de vuelta enseguida
con vuestra encantadora familia; veis, estimado
Sr. Leymarie, en qué situación me encuentro, y mi pobre
casa en manos extrañas.
Vengo a pediros, en nombre de vuestro buen corazón para
con todos, que hagáis todo lo posible para detener este
desgraciado asunto. Es en nombre de mi pequeña familia
que vengo a pediros perdón por haber pecado tan inconscientemente
y sin darme cuenta de lo que hacía, pido mil
veces perdón a Dios por ello, a todos vosotros, y espero que
vuestro buen corazón con todos no fallará para evitar más
pena a un padre de familia.
En la esperanza, estimado Sr. Leymarie, de tener algunas
palabras de consuelo de vuestro buen corazón, os ruego
recibir mis saludos más sinceros y presentar mis mejores
votos a vuestra encantadora familia.
E. Buguet – Primera division, celda N° 30
Pierre-Gaëtan Leymarie