BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC POR HENRI SAUSSE (CONTINUACIÓN)

AMELIE BOUDET

    A estas noticias tomadas de las Obras póstumas de Allan Kardec conviene agregar que,  al principio,  el señor Rivail,  lejos de ser un entusiasta de tales manifestaciones,  y absorbido además por sus otras tareas,  estuvo a punto de abanadonar aquellas,  lo cual hubiera hecho tal vez de no mediar los insistentes requerimientos de los señores Carlotti,  René Taillandier–miembro de la Academia de Ciencias–,  Tiedeman-Manthese,  Sardou padre e hijo,  y Didier,  el editor,  quienes proseguían desde hacía cinco años el estudio de estos fenómenos y habían reunido cincuenta cuadernos con diversas comunicaciones,  que no conseguían ordenar.

    Conociendo las vastas y peregrinas aptitudes de síntesis que el señor Rivail poseía,  le remitieron aquellos cuadernos mencionados,  solicitándole tomara conocimiento de su contenido y los pusiese en orden.

    Tal trabajo resultaba arduo  y exigía,  a la par,  mucho tiempo,  a raíz de los vacíos y oscuridades de las comunicaciones,  de modo que el sabio enciclopedista rehusaba una tarea tan enojosa y absorvente,  que distraería de sus otras ocupaciones.

    Una noche su espíritu protector Z tuvo con él,  por vía mediúmnica,  una comunicación completamente personal,  en la que entre otras cosas le decía haberle conocido en una vida anterior,  cuando en tiempos de los druidas vivían ambos juntos en las Galias;  en aquella época el señor Rivail se llamaba Allan kardec,  y como la amistad que había sentido por él se había acrecentado,  el le prometía ahora secundarle en la importantísima tarea para la cual se le solicitaba y que lograría llevar fácilmente a cabo.

    El señor Rivail se puso,  pues,  a la obra:  tomó los cuadernos,  los anotó con cuidado,  después de atenta lectura,  suprimió las repeticiones,  poniendo en forma correcta los dictados,   así como la relación de cada sesión,  indicó los blancos por llenar y las anfibologías que se debían esclarecer,  preparando asimismo las preguntas requeridas para obtener el resultado.

    “Hasta entonces –dice él mismo–,  las sesiones verificadas en casa del señor Baudin no tenían un objeto determinado,  y yo me propuse resolver por su intermedio las cuestiones que me interesaban desde el punto de vista de la filosofía,  la psicología y la naturaleza del mundo invisible;  llegaba yo a cada sesión, pues,  con una serie de preguntas preparadas y metódicamente ordenadas;  siempre me contestaron con precisión y profundidad y de una manera lógica.  Desde aquel momento las sesiones tuvieron muy diverso carácter;  entre los asistentes había personas serias,  que timaron por ellas vivo interés,  y que si llegaba yo a faltar estaban como desocupadas,  porque los asuntos fútiles habían perdido su atractivo para la mayoría.  Yo no tenía en vista,  primero,  más que mi propia instrucción,  pero más tarde,  cuando comprendía que todo aquello formaba un conjunto  y tomaba las proporciones de una doctrina,  tuve la idea de publicarlo para instrucción de todo el mundo.  Son las mismas cuestiones que,  sucesivamente desarrolladas y completadas constituyen la base de El Libro de los Espíritus”.