BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC HENRI SAUSSE

PREFACIOALLAN KARDEC BLANCO Y NEGRO

Creemos innecesario presentar al autor de esta biografía de Allan Kardec.  Nuestro amigo el señor Henri Sausse es conocido desde hace mucho tiempo y ocupa un lugar de primera categoría entre los espiritistas militantes, así por sus destacadas investigaciones experimentales sobre los fenómenos mediúmnicos como también por su fervor incansable en la propaganda y defensa de las ideas que nos son tan caras.

Nos consideramos felices por el excelente propósito que ha tenido que ofrecer en pocas páginas la vida de devoción y trabajo de un gran espíritu filosófico como Allan Kardec,  el que ha sabido demostrar la existencia del mundo espiritual que todos los seres siguen.

La obra de Allan Kardec es imperecedera por su claridad y lógica,  así como por fundarse en la observación imparcial de los hechos.  En vano se ha tratado de destruir sus doctrinas,  pues han resistido ellas todo asalto.  Los sarcasmos de los sacerdotes,  los ataques de los materialistas y los anatemas de las religiones han sido impotentes para aniquilar la fuerza que la verdad lleva en sí misma.  Más fuerte que nunca,  se desarrolla el Espiritismo como un poderoso árbol cuyas raíces penetran en todas las capas de la sociedad.

Desde la muerte del Maestro,  el número de adeptos ha ido siempre en aumento.   El Congreso Espiritista de 1889 (1),  con sus  40.000 adherentes,  es la más reciente manifestación de la vitalidad de la doctrina,  y las investigaciones emprendidas por el mundo oficial de los sabios constituyen un testimonio de la importancia de tales estudios.

Porque ¿existe otro problema más digno de fijar nuestra atención que el de saber si somos sólo efímeras agregaciones de átomos que la muerte arrojará a la nada,  aniquilando todas nuestras afecciones,  sueños y esperanzas,  o si habremos de tornar a vivir en un mundo distinto,  en el que encontraremos a los seres amados y donde se ejerza la sanción de la justicia eterna, tan a menudo violada en la tierra?

No estamos ya en las épocas en que era suficiente la fe para asegurar la certidumbre de la vida futura.  El espíritu moderno necesita algo más que afirmaciones;  sabiamente comprendió esto Allan Kardec,  de ahí que toda su enseñanza reposase en la observación rigurosa de los hechos.  Ha demostrado que las relaciones entre hombres y desencarnados constituyen la piedra angular de la filosofía científica del porvenir.  No hay en sus obras vagas especulaciones metafísicas sino únicamente deducciones inmediatas y tangibles,  al alcance de todas las inteligencias.  El estudio de la vida en lo indivisible se desarrolla con insúpero rigor.  La responsabilidad de las acciones queda comprobada en todas las comunicaciones mediúmnicas.  Se asiste al mañana de la muerte con todas las consecuencias que la vida terrenal origina,  conforme el empleo que de ella se haya hecho en pro del bien o del mal .

Abarca asimismo la demostración de las leyes de amor y de fraternidad,  que no son vanas fórmulas sentimentales sino realidades efectivas.  Se concibe, entonces,  que la gran ley de la evolución,  por la que deben todos los seres pasar,  es una necesidad que se impone a la razón con tanto o más rigor cuanto que la experiencia lo comprueba.  Percibimos así la posibilidad que exista una sociedad más equitativa cuando,  llegando estas verdades al corazón de las multitudes,  hagan abrirse las flores de su alma todavía embrionaria.

La pureza de estas enseñanzas es una garantía de su segura autenticidad.  Basándose en la justicia y en la bondad de Dios,  ha establecido Kardec la verdadera doctrina de Cristo,  alterada por tantos siglos de interesadas interpretaciones.

Son las voces de lo invisible,  que llaman a la Humanidad a sus destinos superiores,  para que marche hacia un porvenir de concordia y amor.

Sí,  es necesario hasta conocer a este gran misionero,  hombre sencillo,  justo y bueno,  que fue Allan Kardec.  Hay que divulgar su hermosa labor,  su incesante preocupación por llevar a buen término la obra que emprendió en medio de emboscadas que le tendía la envidia,  de las perfidias y odios levantados por la doctrina superior que él sembraba en el campo de las ideas.

Pero Kardec tuvo como sostén la intensa gratitud de todos aquellos a quienes proporcionó el medio de comunicarse con sus seres amados,  y lo recompensó la alegría que se experimenta cuando se consigue disminuir el sufrimiento de los desheredados de este mundo,  al abrir la puerta del ideal a los que sucumbían entre las garras del dolor y la miseria.

Por eso vivirá Allan Kardec en el corazón de los pueblos,  cuando éstos comprendan y practiquen la sublime doctrina de la que ha sido él apóstol fervoroso e infatigable propagador.

  Ingeniero Gabriel Delanne

(1) Después de haberse escrito estas líneas,  el Congreso de 1900,  celebrado en París,  obtuvo el mismo buen éxito.

 

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