¿QUIÉN ES USTED, SEÑOR KARDEC? por KARINE CHATEIGNER LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

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Físicamente, he aquí la descripción dada por su traductora
inglesa Anna Blackwell:
“Allan Kardec era de una talla inferior a la media. Sólidamente
estructurado, con una cabeza redonda, los rasgos
bien marcados y los ojos gris claro. Enérgico y perseverante
aunque de un temperamento calmado, prudente al punto
de ser casi frío, incrédulo por naturaleza y por educación,
razonador preciso y lógico, enormemente práctico en su
pensamiento y en sus actos, estaba igualmente desprovisto
de todo misticismo y entusiasmo, palabra de la época que
significaba caprichoso, extraño, estrafalario, un tanto loco”.
Su carácter
El Sr. Lèvent, amigo de Allan Kardec nos dice: “El maestro
tenía una fisonomía a la vez benévola y austera, ese tacto
perfecto, esa justeza de apreciación, esta lógica superior e
incomparable que nos parecía inspirada”.
Pero también E. Muller: “La tolerancia absoluta era la regla
de Allan Kardec. Sus amigos, sus discípulos pertenecientes
a todas las religiones: israelitas, mahometanos, católicos y
protestantes de todas las sectas; de todas las clases: ricos,
pobres, sabios, librepensadores, artistas y obreros, etc. Pero
al lado de esta tolerancia que nos reúne, ¿es preciso que
yo cite una intolerancia que admiro?
Lo haré, porque debe legitimar a los
ojos de todos, este título de maestro
que muchos de nosotros le damos a
nuestro amigo. Esta intolerancia es uno
de los caracteres más sobresalientes de
su noble existencia. Tenía horror a la
pereza y al ocio; y este gran trabajador
murió de pie, después de una inmensa
labor que terminó por sobrepasar las
fuerzas de sus órganos, pero no las de
su espíritu y de su corazón”.
Por educación y sin duda igualmente
por naturaleza, Allan Kardec era un
hombre muy educado, de una educación
refinada, serio pero no grave, circunspecto y moralista
por excelencia. Pocas veces se sirvió de la ironía en
sus textos.
Considerando que las cartas anónimas, que recibía en
gran número, hacían sospechoso su origen, él nunca se
dio por enterado, destinándolas de una vez a la papelera.
Además, nunca abundaba en las polémicas suscitadas
por los numerosos opositores a la nueva doctrina,
estimando que el silencio era la mejor de las respuestas,
haciéndose ley de abstenerse de todo lo que pudiera
degenerar en particularidades, estimando que los
lectores se inscriben para instruirse y no para escuchar
diatribas más o menos espirituales.
Pero paralelamente, Allan Kardec nunca retrocedía ante
las numerosas preguntas planteadas por el espiritismo
naciente al mundo y a las conciencias: “Hay polémicas
y polémicas, decía, y hay una ante la cual jamás retrocederemos,
es la discusión seria de los principios que profesamos.
No obstante, aquí hay también una distinción que
hacer; si no se trata sino de ataques generales dirigidos
contra la doctrina, sin otro objetivo determinado que el
de criticar, y por parte de gentes que tienen un partido
tomado de rechazar todo lo que no comprenden, eso no
merece que uno se ocupe de ello”. (R. S. 1858)
Tal fue la conducta de Allan Kardec, absteniéndose
de ceder a las provocaciones que le habrían hecho
descender a la arena de la controversia. A los espíritas
de todas partes, les decía: “Seguid sembrando la idea,
derramad allí dulzura y persuasión y dejad a nuestros
antagonistas el monopolio de la violencia y la acrimonia,
a las cuales no se recurre sino cuando uno no se siente lo
bastante fuerte por el razonamiento”. (R. S. 1863)
Su generosidad
“No conozco otros signos de superioridad que la bondad”.
(L. Van Beethoven)
No contento con utilizar sus notables facultades en
una profesión que le aseguraba una tranquila holgura,
quiso hacer beneficiarse de la ciencia a aquellos que no
podían pagarla y, fue uno de los primeros en organizar,
en esa época de su vida, cursos gratuitos que fueron
dictados en el 35 de la calle de Sèvres,
y en los que enseñó química, física,
anatomía comparada, astronomía,
etc., habiendo adquirido numerosos
conocimientos en diferentes campos,
Hippolyte Rivail sabía transmitir a
los demás lo que él mismo conocía,
talento que es escaso y siempre apreciado.
Durante una conversación con
Alexandre Delanne y el Sr. de Joinville
en la que se hizo alusión a un anciano
que vivía en la precariedad, y que sin
embargo había encontrado consuelo
gracias a un folleto espírita que cayó
en sus manos; la mirada de Allan Kardec se nubló de
lágrimas y le entregó al Sr. de Joinville algunas monedas
de oro, diciendo: “Tenga, aquí tiene para ayudarle a
atender las necesidades materiales más acuciantes de este
señor y puesto que es espírita, vuelva mañana, le daré mis
libros”. Siempre muy discreto en este sentido, sus actos
de generosidad eran habituales.
Pierre Gaëtan Leymarie: “Cuántas veces nos enteramos de
que muchos de los que sufrían habían encontrado cerca de
Allan Kardec ayuda moral eficaz y ayuda material, que no
lo es menos; de eso no decía una palabra, cubriendo con el
olvido sus buenas obras”.
El escritor codificador
Si bien Allan Kardec repetía siempre que el mérito de
sus obras correspondía por entero a los espíritus que las
dictaron, a él le incumbió sin embargo la enorme tarea
de organizar y ordenar las preguntas; la redacción de los
comentarios sobre las respuestas obtenidas, comentarios
que sobresalen por su concisión y la claridad con
la que fueron expuestos, igualmente la precisión con la
que tituló capítulos y párrafos, las aclaratorias complementarias,
de las que es autor, las observaciones y anotaciones,
los párrafos y conclusiones, siempre profundos
y penetrantes, tal como su notable introducción. Todo
esto expresa la gran cultura de Allan Kardec. Realizó lo
que aún nadie había hecho: extraer de los mensajes
los principios fundamentales, con los que elaboró una
nueva doctrina filosófica, de carácter científico y consecuencias
morales.
Por el esfuerzo de su pensamiento todo se transformaba
y se agrandaba ante los rayos de su corazón ardiente;
bajo su pluma todo se precisaba y se cristalizaba, por así
decirlo, en frases deslumbrantes de claridad. Tomó para
sus libros este admirable epígrafe: “Fuera de la caridad no
hay salvación”, cuya aparente intolerancia hace resaltar
la absoluta tolerancia. Transformó las viejas fórmulas, y
sin negar la agraciada influencia de la fe, la esperanza
y la caridad, enarboló una nueva bandera ante la cual
todos los pensadores pueden y deben inclinarse, pues
este estandarte del porvenir lleva escritas estas tres
palabras: Razón, Trabajo y Solidaridad.
Para este afanoso sabio, el trabajo parecía el elemento
mismo de la vida. Por otra parte, menos que nadie,
podía soportar la idea de la muerte tal y como se la
representaba entonces, terminando en un eterno sufrimiento
o bien en una egoísta felicidad eterna, pero sin
utilidad ni para los demás ni para sí mismo. Estaba como
predestinado, para difundir y vulgarizar esta admirable
filosofía que nos hace vislumbrar numerosas tareas más
allá de la tumba y el progreso indefinido de nuestra
individualidad que se conserva mejorando.
Lo que impresiona en Allan Kardec, es que en cuanto
abrió su conciencia a los asuntos divinos, extrajo de
ellos el mensaje vital. Comprendió más que ninguno
la fuerza y la verdad espíritas, de las cuales destaca dos
factores esenciales que emanan de la voluntad de los
espíritus:
– El primero, es la energía desplegada por ambas partes
de la frontera para impresionar los sentidos.
– El segundo, es el amor manifestado en la adición de
pruebas más personales para impresionar los corazones.
En la suma de estos dos factores, el espiritismo
encontrará el camino progresivo de su realización; pues
más allá de estos dos flechazos de amor dirigidos a la
naturaleza humana, los sentidos y los corazones, existe
la conciencia.
¿Conciencia de qué? ¿Conciencia de quién? Es
esto lo que Allan Kardec va a demostrar, explicar y
compartir con fuerza y pedagogía; instruirá al hombre
sobre la conciencia, los orígenes y el destino de cada
uno. Si al comienzo Dios permitió y favoreció las pruebas
materiales, fue para llamar luego la atención sobre los
fenómenos materiales, Dios se dirige al sentido común,
al sentimiento, la inteligencia y la razón.
Eso, parecería haberlo captado Allan Kardec desde un
principio; sus libros no son una suma de relatos y observaciones,
uno no le ve asistir incansablemente a una
serie de hechos materiales, él está más allá y esa es la
expresión que conviene.
Desde 1857 dice: “La ciencia espírita comprende dos
partes, una experimental basada en las manifestaciones
materiales, la otra filosófica, basada en las manifestaciones
inteligentes. Cualquiera que no haya observado
sino la primera y se haya detenido en esta primera parte,
está en la posición del que no conoce la física sino por
los experimentos recreativos, sin haber penetrado en el
fondo de la ciencia. El espiritismo consiste en guiar a los
hombres deseosos de iluminarse mostrándoles un objetivo,
un camino grande y sublime: el del progreso individual
y social”.
Los fenómenos, decía Allan Kardec, lejos de ser la parte
esencial del espiritismo, no son más que el accesorio, un
medio provocado por Dios para vencer la incredulidad
que invade a la sociedad. “Uno puede burlarse de las mesas
giratorias, pero no se burlará de la filosofía, la sabiduría y la
caridad tan evidentes en las comunicaciones serias”.
Con Allan Kardec, se penetra la esencia de la filosofía,
cuyo corazón late al ritmo del alma del druida de antaño.
Esta anterioridad le fue revelada por intermedio de la
Sra. Japhet, médium: un espíritu denominado Zéphir,
le aseveró que lo había conocido en una vida anterior:
“Vivíamos juntos en las Galias. Éramos amigos. Tú eras
druida y te llamabas Allan Kardec”. Y es bajo este nombre
de Allan Kardec, prosiguió Zéphir, que deberás “guiar de
nuevo a los hombres por el camino de la salvación”. Desde
entonces, Hippolyte Rivail se convirtió en Allan Kardec.
El hombre providencial
“Y yo rezaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que
esté con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad, que
el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo reconoce.
Vosotros lo conocéis, porque vive entre vosotros”. (Juan
14, 16-17).
El Espíritu de Verdad fue el espíritu que presidió la
revelación y la codificación espírita en la época de
Allan Kardec y el que guió a este último en su misión
de codificador del espiritismo. Allan Kardec ha señalado
el alto grado de evolución moral de este Espíritu
que es un Espíritu Puro y que no es otro que el consolador
prometido, anunciado por el Cristo en El Evangelio
según Juan, el Cristo consolador.
“Vengo, como antaño, entre los hijos perdidos de Israel, a
traer la verdad y disipar las tinieblas. Escuchadme. El espiritismo,
como en otro tiempo mi palabra, debe recordar a
los incrédulos que sobre ellos reina la inmutable verdad:
el Dios bueno, el Dios grande que hace brotar la planta y
levanta el oleaje. Yo he revelado la doctrina divina; como
un segador he atado en gavillas el bien disperso entre la
humanidad, y he dicho: ¡Venid a mí, todos los que sufren!
Pero los hombres ingratos se han apartado de la vía
recta y ancha que conduce al reino de mi Padre, y se han
extraviado por los ásperos senderos de la impiedad. Mi
Padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que,
os ayudéis los unos a los otros, muertos y vivos, es decir
muertos según la carne, pues la muerte no existe, os
socorráis, y que, no ya la voz de los profetas y los apóstoles,
sino la voz de los que ya no están, se haga oír para
gritaros: ¡Orad y creed! Pues la muerte es la resurrección
y la vida, es la prueba elegida durante la cual vuestras
virtudes cultivadas deben crecer y desarrollarse como el
cedro.
Creed, amad, meditad las cosas que os son reveladas; no
mezcléis la cizaña con el buen grano, las utopías con las
verdades.
¡Espíritas! Amaos, he aquí la primera enseñanza;
instruíos, he allí la segunda. Toda verdad se encuentran
en el Cristianismo; los errores que allí han echado
raíces son de origen humano; y he aquí que más allá
de la tumba que creíais la nada, las voces os gritan:
¡Hermanos! Nada perece; Jesucristo es el vencedor del
mal, sed los vencedores de la impiedad”. (El Espíritu de
Verdad – París, 1860).
Con Allan Kardec el consolador, vinculado al espiritismo
acababa de aparecer.
Por otra parte, ¿cómo hubiera podido él dejar de
compartir con el hombre los designios de Dios? Ya que
fue elegido para abrir nuestras estrechas conciencias.
He aquí la respuesta obtenida a la pregunta hecha en
1989:
– ¿Cómo se decidió en el más allá, la tercera Revelación?
– “Dios sabe que el espíritu creado necesita luz, Dios sabe
que el espíritu creado necesita acordarse de su paternidad,
pero es demasiado débil, pero es demasiado ignorante,
pero es demasiado inconsciente para tener ese
recuerdo. Entonces, Dios hace señas por medio de otros
espíritus creados antes de vosotros.
Dios llama a Moisés que enseña un camino, que enseña
una idea, que enseña una moral, que llama la atención
del hombre. Dios llama a Jesús que enseña el camino,
que enseña la idea, que enseña la moral, que reclama
justicia, que celebra el compartir, que invita al amor. Y
otros se turnan sin cesar en el camino de la encarnación.
De ciencia, de filosofía, de todas las formas artísticas,
vienen, encarnan, hablan, luchan, escriben y a veces son
seguidos, y a veces son oídos. Pero el hombre persiste en
su error, pero el hombre se estanca y, en el más allá, miles
de espíritus, millones de espíritus se reúnen, se juntan y
reflexionan sobre los siglos que pasan, sobre las debilidades,
sobre las renuncias, sobre las injusticias, sobre las
traiciones.
Es preciso entonces encontrar más que un hombre, es
preciso entonces encontrar una manifestación entre los
hombres. Y los Druidas, en su conciencia, llamaron con
todas sus fuerzas a Allan Kardec que escuchó, que recibió,
que entendió y que aceptó. Designado, vino el siglo
pasado sobre el suelo de los franceses. No fue el único,
otros lo acompañaron, y cumplió su misión, y reveló la
verdadera resurrección”.
El espiritismo llegó en el momento preciso, pues el
siglo XIX vivía la filosofía de la desesperación. Positivismo,
materialismo y pesimismo reducían la vida
entonces a una simple agregación material que se
extinguía con la muerte.
El humilde hombre de fe
Revelar la supervivencia del alma, su posible manifestación
y las leyes que la rigen, implica naturalmente
la idea, la realidad, de un Poder Creador. Allan Kardec,
profundo creyente, no dejaba nunca de recordarlo y se
comportaba como espírita cristiano, incluyendo a Dios
y glorificándolo numerosas veces:
1856 – “Señor, si os habéis dignado poner los ojos en mí
para el cumplimiento de vuestros designios, ¡que se
haga vuestra voluntad! Mi vida está en vuestras manos.
En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi
debilidad, mi buena voluntad no faltará pero quizás mis
fuerzas me traicionen. Suplid mi insuficiencia, dadme las
fuerzas físicas y morales necesarias, sostenedme en los
momentos difíciles y con vuestra ayuda y la de vuestros
mensajeros celestes, me esforzaré por responder a vuestros
propósitos”.
R. S. 1865 – p. 328: “Dios me guarde de tener la presunción
de creerme el único capaz, o más capaz que ninguno
otro, o el único encargado de cumplir los designios de
la Providencia; no, lejos de mí ese pensamiento. En este
gran movimiento renovador tengo mi parte de acción;
hablo sólo de lo que me concierne; pero lo que puedo
afirmar sin vana fanfarronería, es que, en el papel que me
incumbe, no me faltarán ni el ánimo ni la perseverancia.
Nunca me han faltado, pero hoy que veo iluminarse el
camino con una maravillosa claridad, siento acrecentarse
mis fuerzas, nunca he dudado; pero hoy, gracias
a las nuevas luces que se ha dignado Dios darme, estoy
seguro, y digo a todos mis hermanos, con más certeza
que nunca: Ánimo y perseverancia, pues un resplandeciente
éxito coronará vuestros esfuerzos”.
R. S. – 1868: “Partiré cuando plazca a Dios llamarme”.
Fuera de la caridad, no hay salvación
“Tales son las ideas que resaltan del Espiritismo, y que
suscitará entre todos los hombres cuando sea universalmente
extendido, comprendido, enseñado y practicado.
Con el Espiritismo, la fraternidad, sinónimo
de la caridad predicada por el Cristo, ya no es una
palabra vana; tiene su razón de ser. Del sentimiento
de la fraternidad nace el de la reciprocidad y el de los
deberes sociales, de hombre a hombre, de pueblo a
pueblo, de raza a raza; de estos dos sentimientos bien
comprendidos surgirán forzosamente instituciones
más favorables para el bienestar de todos”.