EL FALLECIMIENTO DE ALLAN KARDEC por LUC ET MARIE-FRANCE GRUNTZ LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

ImagenTÚMULO DE ALLAN KARDEC, EN EL CEMENTERIO PÈRE LACHAISE DE PARÍS.

 

“Ha fallecido el Sr. Allan Kardec, se le entierra el viernes”
firmado por Emile Muller. La noche del 31 de marzo de
1869 los espíritas lioneses recibieron este lacónico telegrama,
llamado en la época “despacho”, firmado por este
amigo de Allan Kardec. Esta muerte, a la edad de sesenta
y cinco años, tan temprana, tan imprevista, fue una
sorpresa para todos sus amigos y parientes que quedaron
sumergidos en un doloroso estupor. El deceso, por
ruptura de aneurisma, ocurrió en su domicilio parisiense
del 59, pasaje Sainte-Anne entre las once y el mediodía,
cuando entregaba un ejemplar de la Revista Espírita a
un dependiente de librería que la acababa de adquirir.
Allan Kardec se desplomó sobre sí mismo sin pronunciar
una sola palabra, cuando estaba solo en su casa
ordenando papeles y libros para una próxima mudanza
a una casita en la avenida Ségur. Su portero, alertado
por los gritos del dependiente, lo levantó pero en vano.
Alexandre Delanne, que acudió a toda prisa, lo friccionó
y lo magnetizó, pero sin éxito, todo había terminado. Las
circunstancias precisas del fallecimiento fueron relatadas
por Emile Muller en una carta escrita la misma tarde del
31 de marzo. Pero recordemos por algunos instantes su
fragilidad cardiaca. Trabajador contumaz, Allan Kardec se
levantaba muy temprano en la mañana, hacia las 4:30 en
todas las estaciones, para responder el correo, preparar
sus discursos para las conferencias y recepciones, organizar
las sesiones de espiritismo del viernes… La fatiga se
había hecho presente desde hacía muchos años. Además,
desde 1868 se preparaba el proyecto de reorganización
de la Sociedad Espírita, que iba a ser reconstituida en
sociedad anónima sobre nuevas bases, para la explotación
de la librería, la Revista Espírita y sus libros. La puesta
en marcha de esta nueva sociedad se haría efectiva el 1 de
abril de 1869, en el 7 de la calle de Lille en París. A todo eso
se sumaban las cartas anónimas, los insultos, la denigración
sistemática, las traiciones; lo cual generaba heridas
incurables. Aunque preparado para vivir cien años, Allan
Kardec tenía un corazón de sensitivo; las injusticias, sobre
todo las de los espíritas charlatanes e inconsiderados le
habían horadado el corazón y lo habían debilitado. Fragilidad
confirmada, por otra parte, algún tiempo antes de
su muerte por un joven sonámbulo (traído por Alexandre
Delanne) que hacía diagnósticos notables. “¿Veis en mí un
órgano particularmente frágil?” La respuesta fue: “Sí señor,
el corazón”.
Los funerales
Allan Kardec fue sepultado dos días más tarde en el
cementerio Montmartre en medio de una enorme
multitud, entre mil y mil doscientas personas. Durante la
ceremonia civil, cuatro espíritas le rindieron homenaje en
discursos particularmente conmovedores. El primero en
expresarse fue el Sr. Lèvent, vicepresidente de la Sociedad
Espírita de París quien, en términos ajustados y verídicos,
hizo el elogio del maestro. Habló de su tacto, de su benevolencia,
de su lógica superior e inspirada, de su increíble
capacidad de trabajo, de sus preciosas obras convertidas
en clásicos y destinadas a una resonancia mundial.
Extractos: “¡Ah! Si, como a nosotros, os fuera dado ver en
esta masa de materiales acumulados en el gabinete de
trabajo de este infatigable pensador, si, con nosotros, hubierais
penetrado en el santuario de sus meditaciones, veríais
esos manuscritos, unos casi terminados, otros en ejecución
y finalmente otros apenas esbozados, esparcidos aquí y allá,
y que parecen decir: ¿dónde pues está trabajando nuestro
Maestro, siempre tan madrugador? ¡Ah! Más que nunca,
exclamaríais también, con acentos de disgusto tan amargos,
que casi serían impíos: ¿es preciso que Dios haya llamado
a Él al hombre que aún podía hacer tanto bien; a la inteligencia
tan llena de savia, en fin, al faro que nos ha sacado de
las tinieblas y nos ha hecho ver de otra manera este mundo
nuevo bien distintamente vasto, bien distintamente admirable
que el que inmortalizó al genio de Cristóbal Colón?
Este mundo, cuya descripción apenas había comenzado a
hacernos, y cuyas leyes fluídicas y espirituales presentíamos.
(…) Continuaremos pues tus labores, caro Maestro, bajo tu
efluvio benéfico e inspirador; recibe aquí la promesa formal.
Es la mejor muestra de cariño que podemos darte. En nombre
de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, no te decimos
adiós, sino hasta luego, hasta pronto”. Camille Flammarion
sucedió al Sr. Levent. El joven astrónomo de veintisiete
años habló del Espiritismo y la Ciencia. Recordó la obra de
Allan Kardec, ese pensador laborioso y subrayó el sentido
común encarnado del fundador del espiritismo científico.
“Pues, señores, exclamó, el espiritismo no es una religión,
sino una ciencia, ciencia de la que apenas conocemos el abc.
El tiempo de los dogmas terminó. La naturaleza abarca el
universo, y Dios mismo, que antiguamente se hizo a imagen
del hombre, no puede ser considerado por la metafísica
moderna sino como un espíritu en la naturaleza. La inmortalidad
es la luz de la vida, como este sol resplandeciente es la
luz de la naturaleza”.
Luego tomó la palabra, Alexandre Delanne, en nombre de
los espíritas de los centros alejados. Habló de este pionero
emérito, a quien los espíritas del mundo entero han dirigido
un gracias, repetido mil veces.
El último fue Emile Muller quien se expresó en nombre de
la familia y de los amigos: “Hablo, en nombre de su viuda,
de la que fue su compañera fiel y feliz durante treinta y siete
años, de una felicidad sin nubes ni confusión, de la que
compartió sus creencias y sus trabajos, así como sus vicisitudes
y alegrías, que sola hoy, está orgullosa de la pureza de
las costumbres, absoluta honestidad y sublime desinterés de
su esposo”. Pero Kardec también había sido el sabio Rivail.
Recordó pues una parte de esa actividad, cuya extraordinaria
utilidad y eficacia en el campo de la instrucción
pública, fueron destacadas.
El cuerpo de Allan Kardec no permaneció sino un año
en la parte baja del cementerio Montmartre, destinada a
ser retomada por la municipalidad en busca de terrenos
para construir. Amélie Boudet se puso de acuerdo con
la Sociedad para adquirir un lugar en el Père Lachaise
y hacer edificar un monumento en forma de dolmen
macizo, recuerdo de su vida de druida. La nueva sepultura
fue terminada el 31 de marzo de 1870.
Todos los periódicos de la época reseñaron la muerte de
Allan Kardec y trataron de calcular sus consecuencias. Si
bien algunos añadieron bromas sin consistencia, muchos
otros hicieron justicia a la memoria del gran hombre. El
Sr. Pagès de Noyez le rindió un vibrante homenaje en el
Journal de Paris del 3 de abril de 1869. He aquí algunos
extractos:
“¿De qué sirve contar los detalles de la muerte? ¿Qué
importa la forma en que el instrumento se rompió, y
por qué dedicar una línea a esos restos entrados ya en el
inmenso movimiento de las moléculas? Allan Kardec ha
muerto justo a tiempo. Para él está cerrado el prólogo de
una religión vivaz que, irradiando cada día, pronto habrá
iluminado a la humanidad. Nadie mejor que Allan Kardec
podía llevar a buen término esta obra de propaganda, a la
que debió sacrificar largas vigilias que alimentan el espíritu,
la paciencia que a la larga enseña y la abnegación
que desafía la necedad del presente para no ver sino el
resplandor del porvenir. Con sus obras, Allan Kardec habrá
fundado el dogma presentido por las sociedades más antiguas.
Su nombre, estimado como el de un hombre de bien,
desde hace mucho tiempo es vulgarizado por los que creen
y por los que temen. Es difícil realizar el bien sin lesionar
los intereses establecidos. El Espiritismo destruye muchos
abusos; también realza muchas conciencias doloridas
proporcionándoles la convicción de la prueba y el consuelo
del porvenir”.
Manifestaciones post mortem
En la Revista Espírita de 1869, se mencionan seis comunicaciones
de Allan Kardec recibidas por los miembros de
la Sociedad reunida en el local de la calle Sainte-Anne,
después de sus funerales. La síntesis de estos contactos
fue el mensaje de la unidad, el mensaje del progreso,
también el mensaje de su eterna preocupación por
conservar una unión espírita de Francia coherente y
eficaz. Alentó a sus amigos por la vía del espiritismo y su
última palabra fue “Dios”.
Retomemos un extracto de un mensaje de Allan Kardec
recibido en nuestra Asociación en enero de 1990, y que
vuelve sobre ciertos elementos referentes a las circunstancias
de su fallecimiento y sus funerales, y que explica
también su entrada en el más allá:
“(…) Me entretenía en examinar algunas revistas espíritas,
a la sazón por aparecer el mes siguiente. (…) De repente,
sentí un dolor violento que invadía mi pecho. Entonces, me
desplomé inconsciente. Yo seguía cotejando las revistas
espíritas como si nada hubiera pasado, luego me sentí
cada vez más ligero hasta ver por fin mi envoltura carnal en
tierra, inanimada. Evocando aquel instante supremo, aún
vuelvo a ver a mi amigo Alexandre Delanne, tratando de
reanimarme con pases magnéticos transversales. En efecto,
Alexandre Delanne era un excelente magnetizador. Ante
el espectáculo de mi cuerpo inanimado sobre el suelo, me
asusté y tuve cierta angustia, la de la turbación evidente, la
turbación natural que cada uno conoce en el momento de
su desencarnación, luego, progresivamente me di cuenta
de que, a pesar de los esfuerzos de Alexandre, ya no sería
posible reintegrarme al cuerpo. Distinguí entonces muy
bien un cordón brillante que enlaza el plexo de mi envoltura
carnal con mi doble fluídico. Distinguía muy bien, a
nivel de esa energía luminosa, un agujero, una cortadura
que no dejaba ninguna duda sobre mi nuevo estado de
desencarnado. Entonces, abandoné el recinto elevándome
lentamente en el espacio, en aquel momento penetré en
un amplio túnel largo, dirigiéndome con seguridad hacia
los que me esperaban, hacia mis padres terrenales, hacia
mis amigos espíritas, hacia todos estos amigos que, por
la fuerza de su pensamiento, habían podido emitir en el
interior del túnel que conduce al mundo de los espíritus,
una música de Bach que lleva por título: Jesús, que mi
alegría permanezca. Al final de ese túnel, en el azul que se
me ofrecía, reconocí a mis padres desencarnados, reconocí
también a todos mis amigos espíritas desencarnados antes
de mí. Y luego un poco más lejos, vestidos con sus túnicas
blancas, mis amigos de antaño, los druidas de lo invisible,
antiguos druidas de Bretaña que acudían para recibirme. Y
luego, por encima de ellos, Zéphir mi guía que no cesaba de
repetirme: “Hermano mío, te vuelves libre y lo ves ya porque
antes lo sabías, todo continúa”. A pesar de esta extraordinaria
acogida, mi sentimiento del momento, siempre
estaba dirigido hacia la Tierra, hacia los que acababa de
dejar, sentimiento de humanidad, sentimiento natural.
Todos los espíritus del más allá comprendieron este sentimiento
y me pidieron que asistiera a mi propio entierro, lo
cual hice…”
Para concluir este artículo, tomaremos prestadas de
Pagès de Noyez algunas líneas extraídas de su homenaje
periodístico antes citado:
“Los espíritas lloran hoy al amigo que les deja, porque
nuestro entendimiento, demasiado material, por así
decirlo, no puede plegarse a la idea del tránsito; sino el
primer tributo pagado a la inferioridad de nuestro organismo,
el pensador levanta la cabeza, y hacia ese mundo
invisible que siente existir más allá de la tumba, tiende la
mano al amigo que no está más, convencido de que su
espíritu nos protege siempre.
El presidente de la Sociedad de París ha muerto, pero
el número de adeptos se acrecienta todos los días, y los
valientes que el respeto al maestro dejaba en segunda fila,
no dudarán en afirmarse por el bien de la gran causa.
Esta muerte, que la generalidad dejará pasar indiferente,
no deja de ser un gran acontecimiento para la humanidad.
Este ya no es el sepulcro de un hombre, es la piedra
tumularia que llena ese vacío inmenso que el materialismo
había cavado bajo nuestros pies, y sobre cual el Espiritismo
derrama las flores de la esperanza”.
Fuentes: Revista Espírita de 1869
Biografía de Allan Kardec por Henri Sausse – 1909
Allan Kardec: su vida, su obra – André Moreil – 1980
Allan Kardec y su época – Jean Prieur – 2004