SOBRE UN ENSAYO DE ALLAN KARDEC

 

 

 

 
 
 


MEDITACIONES ESENCIALES: 222
 
SOBRE UN ENSAYO DE ALLAN KARDEC
 
©Giuseppe Isgró C.
 
 
Denota, sin duda alguna, profunda percepción de la realidad sobre la reencarnación y sus leyes vinculantes,  el ensayo de Allan Kardec, signado con el N° 222, de El Libro de los Espíritus, -Obra cumbre del pensamiento universal-, que comentamos.
 
Quienes, ahora, lo leemos, vemos con naturalidad los distintos aspectos comentados por el maestro de Lyon, y forman parte de nuestro bagaje de conocimientos normales, ya que constituyen conceptos básicos y esenciales en el ámbito de la Doctrina Universal, hoy en día.
 
Es cierto, hoy en día. Pero, que ocurría en el tiempo en que se publicó El libro de los Espíritus, en 1857?
 
En esa época, Allan Kardec, con su magna obra, volvía a colocar en el tapete el tema de la Reencarnación y la Ley de compensación, entre otros principios, después de que, durante 1.600 años, ese movimiento nacido en el primer Concilio de Nicea, en la ciudad de Isnik, Turquía, en el año 325 de nuestra era, comenzara un proceso sistemático, a sangre y fuego, de tergiversación histórico-espiritual que culminó en el olvido, virtualmente total, del tema de la reencarnación, en la memoria colectiva del mundo occidental.
 
Es cierto que hubo pensadores que se ocuparon del tema de la reencarnación, como fue el caso de Marsilio Ficino, en el siglo XV, durante el  Renacimiento, quien les explicaba a sus discípulos que, al leer un ensayo de Plotino, tuviesen presente de que se trataba del mismo Espíritu de Platón, lo que indica que conocía la temática con precisión. Además, Ficino percibía que él mismo era una reencarnación del ilustre filósofo ateniense. La elevación de su obra, entre la que se cuenta su Teología Platónica, denota un nivel equivalente entre Platón, Plotino y Marsilio Ficino. Es decir, un hilo conductor se manifiesta en el pensamiento de los tres.
 
En el siglo XIX, el tema de la Reencarnación se reactiva con Allan Kardec, con la publicación de El Libro de los Espíritus, marcando una nueva era a partir de entonces: La del Espíritu.
 
También retoma la temática palingenésica  Madame Blavasky, en 1875, con la fundación de la Sociedad Teosófica, y el excelente grupo de ocultistas franceses. Hacia finales del siglo XIX, el Dr. Gerard Encausse, -Papus-, publica un excelente libro sobre Reencarnación, y el tema ya pasa a ser materia de estudio en el ámbito occidental.
 
En Oriente, siempre se mantuvo la continuidad en el estudio de la Reencarnación, desde la más remota antigüedad. Las Leyes de Manú, del siglo XXXVIII antes de nuestra era, hablan de Reencarnación y de la ley del karma; el Bagavad Gita, es una joya del pensamiento universal que aporta un conocimiento avanzado sobre ambas doctrinas y otros que les son inherentes. El hinduismo, el budismo, y otras corrientes de pensamientos, al igual que los más importantes pensadores de todos los tiempos, sustentan ideas claras y precisas al respecto.
 
Tomando en cuenta que Kardec se inicia en la investigación espirita en 1854, y que la publicación de El libro de los Espíritus se lleva a cabo el 18 de abril de 1857, es decir, tres años después, la labor que llevó a cabo este insigne humanista fue gigantesca, de por sí. Solamente la concepción de las preguntas que formuló a los Espíritus, el ordenamiento de las respuestas, las repreguntas, y los comentarios que en toda la obra va colocando, en donde su propia percepción tiene algo importante que aportar, demuestran un intenso trabajo y una preparación previa importante. Sin duda, el elevado nivel formativo en la cultura clásica y en las doctrinas orientalistas, le aportaban una visión trascendental que contribuyó a la universalidad de su pensamiento.
 
Este capítulo, que constituye un comentario de Allan Kardec, al anterior de El Libro de los Espíritus, sobre la Pluralidad de Existencias, indica que, en solo tres años de estudio, había desarrollado su pensamiento sobre la Reencarnación y todas las leyes que les son vinculantes, además de de una visión integral de la doctrina espirita. Su excelencia permite que, aún después de tanto tiempo, conserven plena vigencia.
 
Repetimos, hoy nos parecen ideas normales, pero, en su época, Kardec fue un pionero, y el primero que, en el siglo XIX retoma el hilo de continuidad, en la materia, en el mundo occidental, dando acceso al sol del porvenir, del progreso y de la sabiduría espiritual en un grado como nunca antes lo hubo, y pese al férreo esfuerzo de la tergiversación histórico espiritual nacida en Nicea.
 
Empieza la nueva era de luz ya imparable, a partir de entonces, y hoy, con las investigaciones científicas realizadas por las más importantes universidades del mundo, alcanzan, ya, a más de cinco mil los casos de reencarnación científicamente comprobados. Entre los eminentes exponentes descuellan las figuras de los Dres. Ian Stevenson y Hamendra Nath Banarjee.
 
Empero, se cuentan por millares los estudiosos de la Reencarnación y de las leyes que les son inherentes, que están transformando la conciencia de la humanidad a nivel global. Muchas instituciones vinculadas con la espiritualidad deberán, en corto tiempo, reformular sus doctrinas, so pena de desaparecer del escenario, por cuanto han dejado, ya, de representar la verdad universal.
 
La verdad universal se impone siempre; la luz evacua la oscuridad. El bien prevalece sobre el mal. El conocimiento emancipará al ser humano. Los temas vinculados con la Doctrina de la Reencarnación y la ley del karma, y otros principios inherentes, contribuirán a forjar esa humanidad con la conciencia elevada creadora de la nueva edad de oro en el planeta Tierra.
 
Hoy en día más del 80% de la humanidad cree en la supervivencia del Espíritu y en la Reencarnación. El resto, es cuestión de tiempo. De nada sirve cerrar los ojos frente a la realidad y tratar de opacar la luz del sol con un dedo.
 
Concluimos, dejando constancia de que, una de las obras más portentosas sobre el tema de la Reencarnación y sus valores intrínsicos, es la de la andaluza Amalia Domingo Soler, que lo estudia en las más amplias vertientes y variantes. Sus obras: Hechos que prueban…, Te perdono, y su extensa bibliografía, ofrecen al estudioso la más completa enciclopedia sobre la Reencarnación. En cada ensayo se plasma el genio inigualable de esta insigne y relevante exponente de la Doctrina Universal.

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EL FALLECIMIENTO DE ALLAN KARDEC por LUC ET MARIE-FRANCE GRUNTZ LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

ImagenTÚMULO DE ALLAN KARDEC, EN EL CEMENTERIO PÈRE LACHAISE DE PARÍS.

 

“Ha fallecido el Sr. Allan Kardec, se le entierra el viernes”
firmado por Emile Muller. La noche del 31 de marzo de
1869 los espíritas lioneses recibieron este lacónico telegrama,
llamado en la época “despacho”, firmado por este
amigo de Allan Kardec. Esta muerte, a la edad de sesenta
y cinco años, tan temprana, tan imprevista, fue una
sorpresa para todos sus amigos y parientes que quedaron
sumergidos en un doloroso estupor. El deceso, por
ruptura de aneurisma, ocurrió en su domicilio parisiense
del 59, pasaje Sainte-Anne entre las once y el mediodía,
cuando entregaba un ejemplar de la Revista Espírita a
un dependiente de librería que la acababa de adquirir.
Allan Kardec se desplomó sobre sí mismo sin pronunciar
una sola palabra, cuando estaba solo en su casa
ordenando papeles y libros para una próxima mudanza
a una casita en la avenida Ségur. Su portero, alertado
por los gritos del dependiente, lo levantó pero en vano.
Alexandre Delanne, que acudió a toda prisa, lo friccionó
y lo magnetizó, pero sin éxito, todo había terminado. Las
circunstancias precisas del fallecimiento fueron relatadas
por Emile Muller en una carta escrita la misma tarde del
31 de marzo. Pero recordemos por algunos instantes su
fragilidad cardiaca. Trabajador contumaz, Allan Kardec se
levantaba muy temprano en la mañana, hacia las 4:30 en
todas las estaciones, para responder el correo, preparar
sus discursos para las conferencias y recepciones, organizar
las sesiones de espiritismo del viernes… La fatiga se
había hecho presente desde hacía muchos años. Además,
desde 1868 se preparaba el proyecto de reorganización
de la Sociedad Espírita, que iba a ser reconstituida en
sociedad anónima sobre nuevas bases, para la explotación
de la librería, la Revista Espírita y sus libros. La puesta
en marcha de esta nueva sociedad se haría efectiva el 1 de
abril de 1869, en el 7 de la calle de Lille en París. A todo eso
se sumaban las cartas anónimas, los insultos, la denigración
sistemática, las traiciones; lo cual generaba heridas
incurables. Aunque preparado para vivir cien años, Allan
Kardec tenía un corazón de sensitivo; las injusticias, sobre
todo las de los espíritas charlatanes e inconsiderados le
habían horadado el corazón y lo habían debilitado. Fragilidad
confirmada, por otra parte, algún tiempo antes de
su muerte por un joven sonámbulo (traído por Alexandre
Delanne) que hacía diagnósticos notables. “¿Veis en mí un
órgano particularmente frágil?” La respuesta fue: “Sí señor,
el corazón”.
Los funerales
Allan Kardec fue sepultado dos días más tarde en el
cementerio Montmartre en medio de una enorme
multitud, entre mil y mil doscientas personas. Durante la
ceremonia civil, cuatro espíritas le rindieron homenaje en
discursos particularmente conmovedores. El primero en
expresarse fue el Sr. Lèvent, vicepresidente de la Sociedad
Espírita de París quien, en términos ajustados y verídicos,
hizo el elogio del maestro. Habló de su tacto, de su benevolencia,
de su lógica superior e inspirada, de su increíble
capacidad de trabajo, de sus preciosas obras convertidas
en clásicos y destinadas a una resonancia mundial.
Extractos: “¡Ah! Si, como a nosotros, os fuera dado ver en
esta masa de materiales acumulados en el gabinete de
trabajo de este infatigable pensador, si, con nosotros, hubierais
penetrado en el santuario de sus meditaciones, veríais
esos manuscritos, unos casi terminados, otros en ejecución
y finalmente otros apenas esbozados, esparcidos aquí y allá,
y que parecen decir: ¿dónde pues está trabajando nuestro
Maestro, siempre tan madrugador? ¡Ah! Más que nunca,
exclamaríais también, con acentos de disgusto tan amargos,
que casi serían impíos: ¿es preciso que Dios haya llamado
a Él al hombre que aún podía hacer tanto bien; a la inteligencia
tan llena de savia, en fin, al faro que nos ha sacado de
las tinieblas y nos ha hecho ver de otra manera este mundo
nuevo bien distintamente vasto, bien distintamente admirable
que el que inmortalizó al genio de Cristóbal Colón?
Este mundo, cuya descripción apenas había comenzado a
hacernos, y cuyas leyes fluídicas y espirituales presentíamos.
(…) Continuaremos pues tus labores, caro Maestro, bajo tu
efluvio benéfico e inspirador; recibe aquí la promesa formal.
Es la mejor muestra de cariño que podemos darte. En nombre
de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, no te decimos
adiós, sino hasta luego, hasta pronto”. Camille Flammarion
sucedió al Sr. Levent. El joven astrónomo de veintisiete
años habló del Espiritismo y la Ciencia. Recordó la obra de
Allan Kardec, ese pensador laborioso y subrayó el sentido
común encarnado del fundador del espiritismo científico.
“Pues, señores, exclamó, el espiritismo no es una religión,
sino una ciencia, ciencia de la que apenas conocemos el abc.
El tiempo de los dogmas terminó. La naturaleza abarca el
universo, y Dios mismo, que antiguamente se hizo a imagen
del hombre, no puede ser considerado por la metafísica
moderna sino como un espíritu en la naturaleza. La inmortalidad
es la luz de la vida, como este sol resplandeciente es la
luz de la naturaleza”.
Luego tomó la palabra, Alexandre Delanne, en nombre de
los espíritas de los centros alejados. Habló de este pionero
emérito, a quien los espíritas del mundo entero han dirigido
un gracias, repetido mil veces.
El último fue Emile Muller quien se expresó en nombre de
la familia y de los amigos: “Hablo, en nombre de su viuda,
de la que fue su compañera fiel y feliz durante treinta y siete
años, de una felicidad sin nubes ni confusión, de la que
compartió sus creencias y sus trabajos, así como sus vicisitudes
y alegrías, que sola hoy, está orgullosa de la pureza de
las costumbres, absoluta honestidad y sublime desinterés de
su esposo”. Pero Kardec también había sido el sabio Rivail.
Recordó pues una parte de esa actividad, cuya extraordinaria
utilidad y eficacia en el campo de la instrucción
pública, fueron destacadas.
El cuerpo de Allan Kardec no permaneció sino un año
en la parte baja del cementerio Montmartre, destinada a
ser retomada por la municipalidad en busca de terrenos
para construir. Amélie Boudet se puso de acuerdo con
la Sociedad para adquirir un lugar en el Père Lachaise
y hacer edificar un monumento en forma de dolmen
macizo, recuerdo de su vida de druida. La nueva sepultura
fue terminada el 31 de marzo de 1870.
Todos los periódicos de la época reseñaron la muerte de
Allan Kardec y trataron de calcular sus consecuencias. Si
bien algunos añadieron bromas sin consistencia, muchos
otros hicieron justicia a la memoria del gran hombre. El
Sr. Pagès de Noyez le rindió un vibrante homenaje en el
Journal de Paris del 3 de abril de 1869. He aquí algunos
extractos:
“¿De qué sirve contar los detalles de la muerte? ¿Qué
importa la forma en que el instrumento se rompió, y
por qué dedicar una línea a esos restos entrados ya en el
inmenso movimiento de las moléculas? Allan Kardec ha
muerto justo a tiempo. Para él está cerrado el prólogo de
una religión vivaz que, irradiando cada día, pronto habrá
iluminado a la humanidad. Nadie mejor que Allan Kardec
podía llevar a buen término esta obra de propaganda, a la
que debió sacrificar largas vigilias que alimentan el espíritu,
la paciencia que a la larga enseña y la abnegación
que desafía la necedad del presente para no ver sino el
resplandor del porvenir. Con sus obras, Allan Kardec habrá
fundado el dogma presentido por las sociedades más antiguas.
Su nombre, estimado como el de un hombre de bien,
desde hace mucho tiempo es vulgarizado por los que creen
y por los que temen. Es difícil realizar el bien sin lesionar
los intereses establecidos. El Espiritismo destruye muchos
abusos; también realza muchas conciencias doloridas
proporcionándoles la convicción de la prueba y el consuelo
del porvenir”.
Manifestaciones post mortem
En la Revista Espírita de 1869, se mencionan seis comunicaciones
de Allan Kardec recibidas por los miembros de
la Sociedad reunida en el local de la calle Sainte-Anne,
después de sus funerales. La síntesis de estos contactos
fue el mensaje de la unidad, el mensaje del progreso,
también el mensaje de su eterna preocupación por
conservar una unión espírita de Francia coherente y
eficaz. Alentó a sus amigos por la vía del espiritismo y su
última palabra fue “Dios”.
Retomemos un extracto de un mensaje de Allan Kardec
recibido en nuestra Asociación en enero de 1990, y que
vuelve sobre ciertos elementos referentes a las circunstancias
de su fallecimiento y sus funerales, y que explica
también su entrada en el más allá:
“(…) Me entretenía en examinar algunas revistas espíritas,
a la sazón por aparecer el mes siguiente. (…) De repente,
sentí un dolor violento que invadía mi pecho. Entonces, me
desplomé inconsciente. Yo seguía cotejando las revistas
espíritas como si nada hubiera pasado, luego me sentí
cada vez más ligero hasta ver por fin mi envoltura carnal en
tierra, inanimada. Evocando aquel instante supremo, aún
vuelvo a ver a mi amigo Alexandre Delanne, tratando de
reanimarme con pases magnéticos transversales. En efecto,
Alexandre Delanne era un excelente magnetizador. Ante
el espectáculo de mi cuerpo inanimado sobre el suelo, me
asusté y tuve cierta angustia, la de la turbación evidente, la
turbación natural que cada uno conoce en el momento de
su desencarnación, luego, progresivamente me di cuenta
de que, a pesar de los esfuerzos de Alexandre, ya no sería
posible reintegrarme al cuerpo. Distinguí entonces muy
bien un cordón brillante que enlaza el plexo de mi envoltura
carnal con mi doble fluídico. Distinguía muy bien, a
nivel de esa energía luminosa, un agujero, una cortadura
que no dejaba ninguna duda sobre mi nuevo estado de
desencarnado. Entonces, abandoné el recinto elevándome
lentamente en el espacio, en aquel momento penetré en
un amplio túnel largo, dirigiéndome con seguridad hacia
los que me esperaban, hacia mis padres terrenales, hacia
mis amigos espíritas, hacia todos estos amigos que, por
la fuerza de su pensamiento, habían podido emitir en el
interior del túnel que conduce al mundo de los espíritus,
una música de Bach que lleva por título: Jesús, que mi
alegría permanezca. Al final de ese túnel, en el azul que se
me ofrecía, reconocí a mis padres desencarnados, reconocí
también a todos mis amigos espíritas desencarnados antes
de mí. Y luego un poco más lejos, vestidos con sus túnicas
blancas, mis amigos de antaño, los druidas de lo invisible,
antiguos druidas de Bretaña que acudían para recibirme. Y
luego, por encima de ellos, Zéphir mi guía que no cesaba de
repetirme: “Hermano mío, te vuelves libre y lo ves ya porque
antes lo sabías, todo continúa”. A pesar de esta extraordinaria
acogida, mi sentimiento del momento, siempre
estaba dirigido hacia la Tierra, hacia los que acababa de
dejar, sentimiento de humanidad, sentimiento natural.
Todos los espíritus del más allá comprendieron este sentimiento
y me pidieron que asistiera a mi propio entierro, lo
cual hice…”
Para concluir este artículo, tomaremos prestadas de
Pagès de Noyez algunas líneas extraídas de su homenaje
periodístico antes citado:
“Los espíritas lloran hoy al amigo que les deja, porque
nuestro entendimiento, demasiado material, por así
decirlo, no puede plegarse a la idea del tránsito; sino el
primer tributo pagado a la inferioridad de nuestro organismo,
el pensador levanta la cabeza, y hacia ese mundo
invisible que siente existir más allá de la tumba, tiende la
mano al amigo que no está más, convencido de que su
espíritu nos protege siempre.
El presidente de la Sociedad de París ha muerto, pero
el número de adeptos se acrecienta todos los días, y los
valientes que el respeto al maestro dejaba en segunda fila,
no dudarán en afirmarse por el bien de la gran causa.
Esta muerte, que la generalidad dejará pasar indiferente,
no deja de ser un gran acontecimiento para la humanidad.
Este ya no es el sepulcro de un hombre, es la piedra
tumularia que llena ese vacío inmenso que el materialismo
había cavado bajo nuestros pies, y sobre cual el Espiritismo
derrama las flores de la esperanza”.
Fuentes: Revista Espírita de 1869
Biografía de Allan Kardec por Henri Sausse – 1909
Allan Kardec: su vida, su obra – André Moreil – 1980
Allan Kardec y su época – Jean Prieur – 2004

LAS OBRAS PRINCIPALES DE ALLAN KARDEC por J O C E LY N E C H A R L E S LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

Imagen
En 1854, Hippolyte Léon Denizard Rivail oyó hablar
por primera vez de las mesas giratorias y asistió luego
a sesiones de espiritismo. Las cosas hubieran podido
quedar allí, de no ser por la intervención de un grupo
de investigadores que le pidió examinar cincuenta
cuadernos de comunicaciones diversas. Algunos de
ellos lo conocían, así como los manuales escolares que
había escrito; apreciaban su capacidad para explicar
sencillamente las cosas complicadas, y para sintetizar
las tesis más confusas. En esos cuadernos, y en las
comunicaciones obtenidas por diferentes medios, Allan
Kardec iba a descubrir una enseñanza. Así codificaría el
espiritismo. He aquí algunas de sus obras, muy sucintamente
presentadas.
EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS
Son esos cuadernos, completados
por otras comunicaciones, lo que
forma la base de El Libro de los Espíritus
publicado en 1857. Según
H.L.D. Rivail, convertido en Allan
Kardec, se trata de: “la primera obra
que hace entrar al espiritismo en el
camino filosófico por la deducción
de las consecuencias normales de los hechos”, y que “data
la época del espiritismo filosófico que hasta allí permanecía
en el dominio de los fenómenos de curiosidad”. Esta
obra maestra echa las bases del espiritismo, utilizando
las respuestas de los espíritus; ese es el principio mismo
del libro. Allan Kardec utiliza la forma de preguntas y
respuestas. La obra comienza con una introducción al
estudio de la doctrina espírita en la que plantea todos
los grandes principios y responde ya a todas las objeciones
posibles en diecisiete párrafos cuidadosamente
elaborados. Comienza por echar las bases de un vocabulario
adecuado, e indica en primer lugar que en
adelante utilizará la palabra Espiritismo para diferenciar
la doctrina espírita de toda otra teoría espiritualista.
Y el adepto del espiritismo deviene en espírita. Al final
de esta introducción, Allan Kardec presenta El Libro de
los Espíritus como una enseñanza de los espíritus de los
cuales él sería apenas el modesto portavoz: “Este libro
no tendría como resultado sino mostrar el lado serio de la
cuestión, y estimular estudios en este sentido, eso ya sería
mucho, y nos felicitaríamos por haber sido elegidos para
cumplir una obra de la que, por lo demás, no pretendemos
extraer ningún mérito personal, pues los principios que
encierra no son de nuestra creación; el mérito completo es
pues de los espíritus que lo dictaron. Esperamos que tenga
otro resultado, el de guiar a los hombres deseosos de ilustrarse,
mostrándoles, en estos estudios, un objetivo grande
y sublime: el del progreso individual y social, e indicarles el
camino a seguir para alcanzarlo”.
La obra está dividida en cuatro grandes partes:
– Las causas primeras
– Mundo espírita o de los espíritus
– Leyes morales
– Esperanzas y consuelos.
En el libro primero, el autor se dedica a poner en
evidencia la existencia de Dios. Hay, en esta parte, capítulos
sobre la creación, el universo y el principio vital.
El libro segundo comprende todas las definiciones y
atributos del espíritu y del periespíritu, indicando los
procesos de la encarnación y la reencarnación, dentro
de la pluralidad de las existencias y de los mundos. Esta
parte incluye también las diferentes manifestaciones
de los espíritus según sus niveles de evolución y la
influencia que pueden tener sobre los humanos y sobre
nuestro mundo.
El libro tercero abarca las leyes divinas o naturales. Se
encuentran en él todos los grandes principios humanistas
de la marcha del progreso, dentro de consideraciones
sobre las leyes de igualdad, libertad, justicia,
amor y caridad.
En el libro cuarto, las nociones de penas, recompensas,
pruebas o expiaciones, nos parecen hoy mal adaptadas
en una connotación que podría hacer pensar en
temas de moral religiosa. Y sin embargo, esta parte del
libro dedica justamente una argumentación que busca
limitar bien la moral espírita de las nociones de cielo,
purgatorio e infierno del catolicismo. Aunque hoy en
día ciertos términos empleados suenen bastante mal
a nuestros oídos, el fondo mismo de las palabras en
referencia a una moral inmanente y universal, conserva
todo su valor.
Finalmente, la conclusión de El Libro de los Espíritus
subraya la diferencia entre el espiritismo y el materialismo.
El autor hace alarde de una confianza en el
porvenir que verá un día el triunfo del espiritismo sobre
la Tierra.
En El Libro de los Espíritus se encuentran respuestas
firmadas por san Luis, san Agustín, Fenelón, Lamennais,
Platón y san Vicente de Paul. El Libro de los Espíritus
contiene las respuestas de los espíritus a más del mil
preguntas sobre Dios, el universo, los ángeles, la reencarnación,
los sueños, la telepatía, la oración, las guerras,
las desigualdades, la libertad, la justicia, el suicidio, el
egoísmo, el amor, etc.
EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS
Luego de El Libro de los Espíritus,
Allan Kardec escribe una obra
sobre la mediumnidad. Hace una
meticulosa descripción de los
posibles escollos y peligros que
podrían acechar a los médiums,
en el caso de que las condiciones
serias, que imperativamente
deben rodear una sesión digna de ese nombre, no
fueran cumplidas. Dice además en la introducción:
“Todos los días la experiencia nos confirma en esta opinión,
de que las dificultades y chascos que se encuentran en la
práctica del espiritismo, tienen su fuente en la ignorancia
de los principios de esta ciencia, y estamos felices de haber
sido capaces de comprobar que el trabajo que hemos
hecho para prevenir a los adeptos contra los escollos de un
noviciado, ha dado sus frutos, y que mucho han debido a
la lectura de esta obra, para haber podido evitarlos”.
El Libro de los Médiums consta de dos grandes partes.
En la primera parte, Allan Kardec pasa revista a las
“Nociones preliminares” del mundo espírita: trata de la
existencia de los espíritus, de lo sobrenatural y lo maravilloso,
del método de proceder con los materialistas y
los escépticos.
Escribe: “Desde el momento en que se admite la existencia
del alma y su individualidad después de la muerte… es
preciso admitir también que goza de la conciencia de sí
misma… ahora queda la cuestión de saber si el espíritu
puede comunicarse con el hombre, es decir, si puede intercambiar
pensamientos con él”.
La facultad mediúmnica puede revestir el abrigo del
misterio, de la inaccesibilidad, incluso de lo paranormal,
pero el autor explica que para la mayoría de las personas
“lo maravilloso” es “lo sobrenatural”, o sea, algo que
sobrepasa lo natural. Allan Kardec dice entonces: “Qué
es lo sobrenatural, sino lo natural aún no comprendido
por todos”. Gracias al espiritismo, a la vez ciencia y filosofía,
el velo de la ignorancia se levantará y así permitirá
comprender, explicar y revelar los mecanismos naturales
de la mediumnidad.
La segunda parte es la más importante. El autor nos
expone un gran número de informes de manifestaciones
diversas autenticadas por múltiples testigos, que
van del hombre de la calle al cura de la aldea, pasando
por los magistrados o la gendarmería. Estas manifestaciones,
independientes o provocadas, se expresan
de diversas maneras: ruidos, movimientos, desplazamiento
de cuerpos sólidos o apariciones. Un capítulo
explica la naturaleza de las comunicaciones espíritas.
Las más importantes son los golpecitos, la palabra y la
escritura. Luego, Allan Kardec define la mediumnidad
y sus variedades (escritura automática, clariaudiencia,
clarividencia mediúmnica…), el papel de los médiums
en la comunicación espírita y su formación, precisa que
hay inconvenientes y hasta peligros en la mediumnidad.
Los capítulos siguientes tratan de la obsesión y la
identidad de los espíritus, así como de las evocaciones
y las reuniones en general. En cuanto a la identidad de
los espíritus, el autor indica: “No hay otro criterio para
discernir el valor de los espíritus que el sentido común.
Pues se juzga a los espíritus como se juzga a los hombres,
a su lenguaje y a sus acciones, lo mismo que a los sentimientos
que inspiran”. El Libro de los Médiums, publicado
en 1861, sigue siendo hoy en día el libro de referencia,
aun cuando es cierto que algunos términos empleados
hace más de 150 años están, a veces, pasados de moda;
su contenido no deja por ello de estar siempre de actualidad.
VIAJE ESPÍRITA
En 1862 Allan Kardec escribe Viaje
Espírita. Allí define entonces lo que
deben ser los verdaderos espíritas,
los espíritas cristianos, es decir, “los
que aceptan por sí mismos, todas
las consecuencias de la fórmula
espírita, cuya moral practican o se
esfuerzan por practicar”. En cuanto
a la filosofía espírita, recuerda allí los beneficios esenciales.
Porque es reencarnacionista, permite al hombre,
con lógica y coherencia, considerar su porvenir de
manera más serena, permitiéndole comprender mejor
la razón de sus males, dándole la certeza de no estar
separado definitivamente de los seres que le son
queridos, y la de que la comunicación con el espíritu no
puede sino volver a los hombres, mejores los unos para
con los otros. Tiene igualmente como objetivos rehabilitar
el espiritismo practicado seriamente, denunciar
a sus detractores pero también las falsificaciones y el
charlatanismo, recordando que “la verdadera profanación
es entretenerse con los desencarnados, con ligereza,
de manera irreverente o por especulación”. Insiste en la
dignidad y la seriedad de las que debe rodearse el espiritismo.
No olvidemos que esta obra fue escrita en el siglo XIX y
que los términos utilizados en esa época ya no tienen
totalmente el mismo sentido hoy. Si dan la impresión de
tener una connotación religiosa (caridad, abnegación,
humildad), es sin embargo en el sentido moderno de
compartir, devoción y justicia que las emplea Allan
Kardec.
LA GÉNESIS SEGÚN
EL ESPIRITISMO
Muy lejos de las teorías bíblicas
respecto a la creación del mundo
y del hombre, esta obra publicada
en enero de 1868, aborda numerosos
temas que tratan del sentido
de la vida y de sus orígenes. Todos
sin excepción han sido puestos en
relación con las nuevas leyes que derivan de la observación
de los fenómenos espíritas de la época. A partir
de esta observación, dos elementos parecen regir el
universo: el elemento espiritual y el elemento material.
Así pues, el espiritismo, demostrando la existencia del
mundo espiritual y sus relaciones con el mundo material,
explica muchos fenómenos incomprendidos.
El primer capítulo se titula Caracteres de la revelación
espírita. ¿Puede considerarse el espiritismo como una
revelación? He aquí algunos elementos de respuesta:
“… Por su naturaleza, la revelación espírita tiene un doble
carácter: tiene a la vez de la revelación divina y de la revelación
científica”. “… Lo que caracteriza a la revelación espírita,
es que la fuente es divina, que la iniciativa pertenece a
los espíritus, y que la elaboración es obra del hombre”.
El segundo capítulo está dedicado a la existencia de
Dios. Allan Kardec, por medio de una argumentación
sin falla, comprende de una manera simple y coherente
el concepto de un creador, despojado al fin de
toda impregnación y concepción religiosa. A título de
ejemplo, he aquí algunas frases extraídas de este capítulo:
“Todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente.
(…) Echando una mirada a su alrededor, sobre las
obras de la naturaleza, observando la previsión, sabiduría
y armonía que las preside a todas, se reconoce que no hay
ninguna que no sobrepase el más alto nivel de la inteligencia
humana. Desde que el hombre no puede producirlas,
es porque ellas son producto de una inteligencia
superior a la humanidad, a menos que se diga que hay
efectos sin causa”.
En el transcurso de la obra, Allan Kardec expone
todas las teorías científicas de la época, que ya trastornan
las concepciones bíblicas del Génesis. Se
atiene a los descubrimientos de su tiempo e integra
a ellos las nociones de espíritu y divinidad, precisando
muy prudentemente que ciertas tesis no son
forzosamente definitivas y que el futuro se encargará
de corregirlas. Sobre el plano filosófico, expone en
diferentes capítulos temas que a menudo han dado
lugar a interpretaciones religiosas como por ejemplo,
el origen del bien y el mal, la vida universal, la diversidad
de los mundos, el diluvio bíblico, etc.
La última parte de la obra está dedicada a los milagros
y predicciones de Jesús. A la luz del espiritismo,
Allan Kardec desmitifica el milagro para introducirlo
en el orden de los fenómenos naturales. Las observaciones
y experiencias espíritas ponen en evidencia
fenómenos semejantes a aquellos referidos por los
evangelistas, a partir de lo cual Allan Kardec reinterpreta
los prodigios del profeta que, por extraordinarios
que fueran, no estaban en contradicción
con las leyes naturales. Recurriendo al magnetismo,
el sonambulismo, la catalepsia, la clarividencia o la
mediumnidad, los milagros se vuelven hechos paranormales
o mediúmnicos que fueron comprendidos
como hechos naturales a partir del advenimiento del
espiritismo. En este capítulo se abordan temas como:
Superioridad de la naturaleza de Jesús, Ensueños,
Estrella de los Magos, Doble vista, Curaciones, Endemoniados,
Resurrección, desaparición del cuerpo de
Jesús…
Entre sus obras, citaremos también:
¿Qué es el espiritismo? (1859): este libro corresponde
al deseo de Allan Kardec de “presentar dentro
de un marco restringido, la respuesta a algunas de las
preguntas fundamentales que nos son formuladas
diariamente (…)”
El Evangelio según el Espiritismo (1864) en que el
autor analiza en veintiocho capítulos las máximas
morales de los Evangelios y las aplicaciones espíritas
de la enseñanza del Cristo.
El Cielo y el infierno (1865) que trata de la muerte, el
cielo y el infierno, el purgatorio, las penas eternas, los
ángeles y los demonios, nociones religiosas revisadas
y corregidas a la luz del espiritismo.
La obsesión
Esta obra reúne extractos de Revistas Espíritas de 1858
a 1868. Se trata de testimonios sobre los fenómenos
de influencia de un espíritu sobre una persona. Allí se
distingue la obsesión simple de la fascinación y de la
subyugación según el grado de la influencia nefasta
de un espíritu sobre un humano. Las experiencias
relatadas ponen en evidencia el estado crítico en que
se encuentran los protagonistas que sufren, muy a su
pesar, la influencia de espíritus malévolos.
Lejos de haber dicho todo acerca de la riqueza de las
obras de Allan Kardec, concluiremos con la importancia
de los trabajos que él realizó en su tiempo, la
claridad de sus palabras y sus argumentaciones. Él no
poseía ninguna facultad mediúmnica, y sin embargo,
podríamos decir que fue, a su manera, uno de los más
grandes intermediarios del mundo de los espíritus.

¿QUIÉN ES USTED, SEÑOR KARDEC? por KARINE CHATEIGNER LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

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Físicamente, he aquí la descripción dada por su traductora
inglesa Anna Blackwell:
“Allan Kardec era de una talla inferior a la media. Sólidamente
estructurado, con una cabeza redonda, los rasgos
bien marcados y los ojos gris claro. Enérgico y perseverante
aunque de un temperamento calmado, prudente al punto
de ser casi frío, incrédulo por naturaleza y por educación,
razonador preciso y lógico, enormemente práctico en su
pensamiento y en sus actos, estaba igualmente desprovisto
de todo misticismo y entusiasmo, palabra de la época que
significaba caprichoso, extraño, estrafalario, un tanto loco”.
Su carácter
El Sr. Lèvent, amigo de Allan Kardec nos dice: “El maestro
tenía una fisonomía a la vez benévola y austera, ese tacto
perfecto, esa justeza de apreciación, esta lógica superior e
incomparable que nos parecía inspirada”.
Pero también E. Muller: “La tolerancia absoluta era la regla
de Allan Kardec. Sus amigos, sus discípulos pertenecientes
a todas las religiones: israelitas, mahometanos, católicos y
protestantes de todas las sectas; de todas las clases: ricos,
pobres, sabios, librepensadores, artistas y obreros, etc. Pero
al lado de esta tolerancia que nos reúne, ¿es preciso que
yo cite una intolerancia que admiro?
Lo haré, porque debe legitimar a los
ojos de todos, este título de maestro
que muchos de nosotros le damos a
nuestro amigo. Esta intolerancia es uno
de los caracteres más sobresalientes de
su noble existencia. Tenía horror a la
pereza y al ocio; y este gran trabajador
murió de pie, después de una inmensa
labor que terminó por sobrepasar las
fuerzas de sus órganos, pero no las de
su espíritu y de su corazón”.
Por educación y sin duda igualmente
por naturaleza, Allan Kardec era un
hombre muy educado, de una educación
refinada, serio pero no grave, circunspecto y moralista
por excelencia. Pocas veces se sirvió de la ironía en
sus textos.
Considerando que las cartas anónimas, que recibía en
gran número, hacían sospechoso su origen, él nunca se
dio por enterado, destinándolas de una vez a la papelera.
Además, nunca abundaba en las polémicas suscitadas
por los numerosos opositores a la nueva doctrina,
estimando que el silencio era la mejor de las respuestas,
haciéndose ley de abstenerse de todo lo que pudiera
degenerar en particularidades, estimando que los
lectores se inscriben para instruirse y no para escuchar
diatribas más o menos espirituales.
Pero paralelamente, Allan Kardec nunca retrocedía ante
las numerosas preguntas planteadas por el espiritismo
naciente al mundo y a las conciencias: “Hay polémicas
y polémicas, decía, y hay una ante la cual jamás retrocederemos,
es la discusión seria de los principios que profesamos.
No obstante, aquí hay también una distinción que
hacer; si no se trata sino de ataques generales dirigidos
contra la doctrina, sin otro objetivo determinado que el
de criticar, y por parte de gentes que tienen un partido
tomado de rechazar todo lo que no comprenden, eso no
merece que uno se ocupe de ello”. (R. S. 1858)
Tal fue la conducta de Allan Kardec, absteniéndose
de ceder a las provocaciones que le habrían hecho
descender a la arena de la controversia. A los espíritas
de todas partes, les decía: “Seguid sembrando la idea,
derramad allí dulzura y persuasión y dejad a nuestros
antagonistas el monopolio de la violencia y la acrimonia,
a las cuales no se recurre sino cuando uno no se siente lo
bastante fuerte por el razonamiento”. (R. S. 1863)
Su generosidad
“No conozco otros signos de superioridad que la bondad”.
(L. Van Beethoven)
No contento con utilizar sus notables facultades en
una profesión que le aseguraba una tranquila holgura,
quiso hacer beneficiarse de la ciencia a aquellos que no
podían pagarla y, fue uno de los primeros en organizar,
en esa época de su vida, cursos gratuitos que fueron
dictados en el 35 de la calle de Sèvres,
y en los que enseñó química, física,
anatomía comparada, astronomía,
etc., habiendo adquirido numerosos
conocimientos en diferentes campos,
Hippolyte Rivail sabía transmitir a
los demás lo que él mismo conocía,
talento que es escaso y siempre apreciado.
Durante una conversación con
Alexandre Delanne y el Sr. de Joinville
en la que se hizo alusión a un anciano
que vivía en la precariedad, y que sin
embargo había encontrado consuelo
gracias a un folleto espírita que cayó
en sus manos; la mirada de Allan Kardec se nubló de
lágrimas y le entregó al Sr. de Joinville algunas monedas
de oro, diciendo: “Tenga, aquí tiene para ayudarle a
atender las necesidades materiales más acuciantes de este
señor y puesto que es espírita, vuelva mañana, le daré mis
libros”. Siempre muy discreto en este sentido, sus actos
de generosidad eran habituales.
Pierre Gaëtan Leymarie: “Cuántas veces nos enteramos de
que muchos de los que sufrían habían encontrado cerca de
Allan Kardec ayuda moral eficaz y ayuda material, que no
lo es menos; de eso no decía una palabra, cubriendo con el
olvido sus buenas obras”.
El escritor codificador
Si bien Allan Kardec repetía siempre que el mérito de
sus obras correspondía por entero a los espíritus que las
dictaron, a él le incumbió sin embargo la enorme tarea
de organizar y ordenar las preguntas; la redacción de los
comentarios sobre las respuestas obtenidas, comentarios
que sobresalen por su concisión y la claridad con
la que fueron expuestos, igualmente la precisión con la
que tituló capítulos y párrafos, las aclaratorias complementarias,
de las que es autor, las observaciones y anotaciones,
los párrafos y conclusiones, siempre profundos
y penetrantes, tal como su notable introducción. Todo
esto expresa la gran cultura de Allan Kardec. Realizó lo
que aún nadie había hecho: extraer de los mensajes
los principios fundamentales, con los que elaboró una
nueva doctrina filosófica, de carácter científico y consecuencias
morales.
Por el esfuerzo de su pensamiento todo se transformaba
y se agrandaba ante los rayos de su corazón ardiente;
bajo su pluma todo se precisaba y se cristalizaba, por así
decirlo, en frases deslumbrantes de claridad. Tomó para
sus libros este admirable epígrafe: “Fuera de la caridad no
hay salvación”, cuya aparente intolerancia hace resaltar
la absoluta tolerancia. Transformó las viejas fórmulas, y
sin negar la agraciada influencia de la fe, la esperanza
y la caridad, enarboló una nueva bandera ante la cual
todos los pensadores pueden y deben inclinarse, pues
este estandarte del porvenir lleva escritas estas tres
palabras: Razón, Trabajo y Solidaridad.
Para este afanoso sabio, el trabajo parecía el elemento
mismo de la vida. Por otra parte, menos que nadie,
podía soportar la idea de la muerte tal y como se la
representaba entonces, terminando en un eterno sufrimiento
o bien en una egoísta felicidad eterna, pero sin
utilidad ni para los demás ni para sí mismo. Estaba como
predestinado, para difundir y vulgarizar esta admirable
filosofía que nos hace vislumbrar numerosas tareas más
allá de la tumba y el progreso indefinido de nuestra
individualidad que se conserva mejorando.
Lo que impresiona en Allan Kardec, es que en cuanto
abrió su conciencia a los asuntos divinos, extrajo de
ellos el mensaje vital. Comprendió más que ninguno
la fuerza y la verdad espíritas, de las cuales destaca dos
factores esenciales que emanan de la voluntad de los
espíritus:
– El primero, es la energía desplegada por ambas partes
de la frontera para impresionar los sentidos.
– El segundo, es el amor manifestado en la adición de
pruebas más personales para impresionar los corazones.
En la suma de estos dos factores, el espiritismo
encontrará el camino progresivo de su realización; pues
más allá de estos dos flechazos de amor dirigidos a la
naturaleza humana, los sentidos y los corazones, existe
la conciencia.
¿Conciencia de qué? ¿Conciencia de quién? Es
esto lo que Allan Kardec va a demostrar, explicar y
compartir con fuerza y pedagogía; instruirá al hombre
sobre la conciencia, los orígenes y el destino de cada
uno. Si al comienzo Dios permitió y favoreció las pruebas
materiales, fue para llamar luego la atención sobre los
fenómenos materiales, Dios se dirige al sentido común,
al sentimiento, la inteligencia y la razón.
Eso, parecería haberlo captado Allan Kardec desde un
principio; sus libros no son una suma de relatos y observaciones,
uno no le ve asistir incansablemente a una
serie de hechos materiales, él está más allá y esa es la
expresión que conviene.
Desde 1857 dice: “La ciencia espírita comprende dos
partes, una experimental basada en las manifestaciones
materiales, la otra filosófica, basada en las manifestaciones
inteligentes. Cualquiera que no haya observado
sino la primera y se haya detenido en esta primera parte,
está en la posición del que no conoce la física sino por
los experimentos recreativos, sin haber penetrado en el
fondo de la ciencia. El espiritismo consiste en guiar a los
hombres deseosos de iluminarse mostrándoles un objetivo,
un camino grande y sublime: el del progreso individual
y social”.
Los fenómenos, decía Allan Kardec, lejos de ser la parte
esencial del espiritismo, no son más que el accesorio, un
medio provocado por Dios para vencer la incredulidad
que invade a la sociedad. “Uno puede burlarse de las mesas
giratorias, pero no se burlará de la filosofía, la sabiduría y la
caridad tan evidentes en las comunicaciones serias”.
Con Allan Kardec, se penetra la esencia de la filosofía,
cuyo corazón late al ritmo del alma del druida de antaño.
Esta anterioridad le fue revelada por intermedio de la
Sra. Japhet, médium: un espíritu denominado Zéphir,
le aseveró que lo había conocido en una vida anterior:
“Vivíamos juntos en las Galias. Éramos amigos. Tú eras
druida y te llamabas Allan Kardec”. Y es bajo este nombre
de Allan Kardec, prosiguió Zéphir, que deberás “guiar de
nuevo a los hombres por el camino de la salvación”. Desde
entonces, Hippolyte Rivail se convirtió en Allan Kardec.
El hombre providencial
“Y yo rezaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que
esté con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad, que
el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo reconoce.
Vosotros lo conocéis, porque vive entre vosotros”. (Juan
14, 16-17).
El Espíritu de Verdad fue el espíritu que presidió la
revelación y la codificación espírita en la época de
Allan Kardec y el que guió a este último en su misión
de codificador del espiritismo. Allan Kardec ha señalado
el alto grado de evolución moral de este Espíritu
que es un Espíritu Puro y que no es otro que el consolador
prometido, anunciado por el Cristo en El Evangelio
según Juan, el Cristo consolador.
“Vengo, como antaño, entre los hijos perdidos de Israel, a
traer la verdad y disipar las tinieblas. Escuchadme. El espiritismo,
como en otro tiempo mi palabra, debe recordar a
los incrédulos que sobre ellos reina la inmutable verdad:
el Dios bueno, el Dios grande que hace brotar la planta y
levanta el oleaje. Yo he revelado la doctrina divina; como
un segador he atado en gavillas el bien disperso entre la
humanidad, y he dicho: ¡Venid a mí, todos los que sufren!
Pero los hombres ingratos se han apartado de la vía
recta y ancha que conduce al reino de mi Padre, y se han
extraviado por los ásperos senderos de la impiedad. Mi
Padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que,
os ayudéis los unos a los otros, muertos y vivos, es decir
muertos según la carne, pues la muerte no existe, os
socorráis, y que, no ya la voz de los profetas y los apóstoles,
sino la voz de los que ya no están, se haga oír para
gritaros: ¡Orad y creed! Pues la muerte es la resurrección
y la vida, es la prueba elegida durante la cual vuestras
virtudes cultivadas deben crecer y desarrollarse como el
cedro.
Creed, amad, meditad las cosas que os son reveladas; no
mezcléis la cizaña con el buen grano, las utopías con las
verdades.
¡Espíritas! Amaos, he aquí la primera enseñanza;
instruíos, he allí la segunda. Toda verdad se encuentran
en el Cristianismo; los errores que allí han echado
raíces son de origen humano; y he aquí que más allá
de la tumba que creíais la nada, las voces os gritan:
¡Hermanos! Nada perece; Jesucristo es el vencedor del
mal, sed los vencedores de la impiedad”. (El Espíritu de
Verdad – París, 1860).
Con Allan Kardec el consolador, vinculado al espiritismo
acababa de aparecer.
Por otra parte, ¿cómo hubiera podido él dejar de
compartir con el hombre los designios de Dios? Ya que
fue elegido para abrir nuestras estrechas conciencias.
He aquí la respuesta obtenida a la pregunta hecha en
1989:
– ¿Cómo se decidió en el más allá, la tercera Revelación?
– “Dios sabe que el espíritu creado necesita luz, Dios sabe
que el espíritu creado necesita acordarse de su paternidad,
pero es demasiado débil, pero es demasiado ignorante,
pero es demasiado inconsciente para tener ese
recuerdo. Entonces, Dios hace señas por medio de otros
espíritus creados antes de vosotros.
Dios llama a Moisés que enseña un camino, que enseña
una idea, que enseña una moral, que llama la atención
del hombre. Dios llama a Jesús que enseña el camino,
que enseña la idea, que enseña la moral, que reclama
justicia, que celebra el compartir, que invita al amor. Y
otros se turnan sin cesar en el camino de la encarnación.
De ciencia, de filosofía, de todas las formas artísticas,
vienen, encarnan, hablan, luchan, escriben y a veces son
seguidos, y a veces son oídos. Pero el hombre persiste en
su error, pero el hombre se estanca y, en el más allá, miles
de espíritus, millones de espíritus se reúnen, se juntan y
reflexionan sobre los siglos que pasan, sobre las debilidades,
sobre las renuncias, sobre las injusticias, sobre las
traiciones.
Es preciso entonces encontrar más que un hombre, es
preciso entonces encontrar una manifestación entre los
hombres. Y los Druidas, en su conciencia, llamaron con
todas sus fuerzas a Allan Kardec que escuchó, que recibió,
que entendió y que aceptó. Designado, vino el siglo
pasado sobre el suelo de los franceses. No fue el único,
otros lo acompañaron, y cumplió su misión, y reveló la
verdadera resurrección”.
El espiritismo llegó en el momento preciso, pues el
siglo XIX vivía la filosofía de la desesperación. Positivismo,
materialismo y pesimismo reducían la vida
entonces a una simple agregación material que se
extinguía con la muerte.
El humilde hombre de fe
Revelar la supervivencia del alma, su posible manifestación
y las leyes que la rigen, implica naturalmente
la idea, la realidad, de un Poder Creador. Allan Kardec,
profundo creyente, no dejaba nunca de recordarlo y se
comportaba como espírita cristiano, incluyendo a Dios
y glorificándolo numerosas veces:
1856 – “Señor, si os habéis dignado poner los ojos en mí
para el cumplimiento de vuestros designios, ¡que se
haga vuestra voluntad! Mi vida está en vuestras manos.
En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi
debilidad, mi buena voluntad no faltará pero quizás mis
fuerzas me traicionen. Suplid mi insuficiencia, dadme las
fuerzas físicas y morales necesarias, sostenedme en los
momentos difíciles y con vuestra ayuda y la de vuestros
mensajeros celestes, me esforzaré por responder a vuestros
propósitos”.
R. S. 1865 – p. 328: “Dios me guarde de tener la presunción
de creerme el único capaz, o más capaz que ninguno
otro, o el único encargado de cumplir los designios de
la Providencia; no, lejos de mí ese pensamiento. En este
gran movimiento renovador tengo mi parte de acción;
hablo sólo de lo que me concierne; pero lo que puedo
afirmar sin vana fanfarronería, es que, en el papel que me
incumbe, no me faltarán ni el ánimo ni la perseverancia.
Nunca me han faltado, pero hoy que veo iluminarse el
camino con una maravillosa claridad, siento acrecentarse
mis fuerzas, nunca he dudado; pero hoy, gracias
a las nuevas luces que se ha dignado Dios darme, estoy
seguro, y digo a todos mis hermanos, con más certeza
que nunca: Ánimo y perseverancia, pues un resplandeciente
éxito coronará vuestros esfuerzos”.
R. S. – 1868: “Partiré cuando plazca a Dios llamarme”.
Fuera de la caridad, no hay salvación
“Tales son las ideas que resaltan del Espiritismo, y que
suscitará entre todos los hombres cuando sea universalmente
extendido, comprendido, enseñado y practicado.
Con el Espiritismo, la fraternidad, sinónimo
de la caridad predicada por el Cristo, ya no es una
palabra vana; tiene su razón de ser. Del sentimiento
de la fraternidad nace el de la reciprocidad y el de los
deberes sociales, de hombre a hombre, de pueblo a
pueblo, de raza a raza; de estos dos sentimientos bien
comprendidos surgirán forzosamente instituciones
más favorables para el bienestar de todos”.

AMÉLIE BOUDET O LA MUJER EN LA SOMBRA por FRÉDÉRIQUE MINADAKIS LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

Imagen AMÉLIE BOUDET

El 21 de enero de 1883, falleció a la edad de ochenta y
nueve años, Amélie Boudet viuda de Hippolyte Rivail.
Fue inhumada en el cementerio del Père Lachaise al
lado de su marido que había partido catorce años
antes. En el más allá, encontró a su compañero, su amor.
Durante una sesión de escritura automática, vino a dar
testimonio: “…En esta Tierra, en mi encarnación, me casé
con H. L. Denizard Rivail y con él compartí mis días terrenales.
Creo que juntos luchamos por una noble causa,
por la de la supervivencia del alma. Teníamos juntos esa
necesidad, teníamos juntos esa emoción de compartir,
teníamos juntos ese sentimiento absoluto de la eternidad
de la vida, prueba de la existencia del espíritu… Mi unión
con Hippolyte, convertido en Allan Kardec, continúa en
lo invisible, en el más allá de los espíritus y por la misma
causa…”
Si bien en la historia del espiritismo, es ineludible el
personaje de Allan Kardec, no se puede desconocer la
presencia de la que fue su esposa y asistente durante
treinta y siete años, Amélie Boudet. Ella compartió sus
ideas pedagógicas así como sus ideas espirituales y más
tarde sus ideas espíritas. No es fácil evocar su biografía
pues, igual que su esposo, era modesta y reservada,
hablaba muy poco de ella y prefería permanecer en
la sombra. La mayoría de las informaciones se han
extraído de notas autobiográficas de Allan Kardec, fragmentos
de un manuscrito titulado Previsiones referentes
al espiritismo, recogidos por Pierre Gaétan Leymarie
y transcritos en el libro de Jean Prior Allan Kardec y su
época.
Nacida el 23 de noviembre de 1795 en Thiais (Sena),
Amélie Boudet era hija única de una familia acomodada
y burguesa. A los treinta y cinco años, era una joven
moderna, fina y cultivada. Se dedicaba a la acuarela y a
la poesía. Publicó tres libros: Fabulae primaveris en 1825,
Nociones de dibujo en 1826 y Lo esencial de las bellas artes
en 1828. Si bien su fortuna no la obligaba a trabajar,
desde hacía quince años ejercía con pasión el oficio de
institutriz para conservar cierta independencia. En 1830,
vivía sola con su padre Julien Boudet, notario jubilado.
Vivían en la calle de Sèvres en un inmueble vecino a la
institución escolar creada por un tal Hippolyte Rivail.
Hasta ese día, Amélie siempre había rechazado a los
pretendientes que se le presentaban, por “insulsos y
superficiales” para su gusto, hasta el día en que tuvo el
encuentro con el profesor Rivail a quien encontró muy
guapo. Hippolyte se sentía solo sentimentalmente.
Aquel cartesiano se encontraba incómodo en esa época
romántica. No soñaba con un enlace tumultuoso sino
más bien con una felicidad tranquila junto a una esposa
proveniente de la buena burguesía. He aquí lo que le
confía a sus amigos respecto a Amélie: “Ella es menuda
y muy bien formada, amable y graciosa, inteligente y
vivaz”. Los contemporáneos confirmaron esta descripción.
Y aunque ella fuera nueve años mayor, parecían de
la misma edad.
La boda tuvo lugar el 6 de febrero de 1832. Amélie
asistió a su marido en lo que éste esperaba de una
mujer. Gabriel Delanne diría que ella fue para el profesor
Rivail “la mujer del evangelio”. Este enlace de amor fue
seguido por treinta y siete años de felicidad ejemplar,
felicidad tranquila y estudiosa: “Mi bien amado compañero
de trabajo” decía Amélie. “Mi mujer que, para
trabajar conmigo, ha renunciado a todas las distracciones
del mundo a las cuales la posición de su familia la
había acostumbrado” decía Hippolyte. Se entendían tan
bien en el plano de la inteligencia y de la espiritualidad,
como en el plano de las artes. Compartían su pasión por
la música clásica. Además, ambos creían en Dios pero
no admitían ni el culto externo ni el dogmatismo.
No obstante, si bien la pequeña señora Rivail adoraba
a su esposo, tenía sus ideas y sabía defenderlas; no
compartía la admiración de Hippolyte por Jean-Jacques
Rousseau. Le parecía que lo que él dice acerca de la
educación de las niñas es particularmente escandaloso.
Sin embargo, el Instituto técnico de la calle de Sèvres
era un remanso de felicidad donde reinaban la amistad
y la paz.
Desgraciadamente, en los años 1840, sobreviene una
terrible prueba. El tío Duhamel, comanditario del
instituto, es un jugador empedernido. Para cubrir una
deuda de juego, los Rivail se ven obligados a vender
el instituto. A esta prueba financiera, de por sí importante,
se suma para la pareja, el inmenso dolor de ver
hundirse la obra de enseñanza a la que con tanto celo
se habían dedicado.
Amélie, como buena tesorera, coloca el resto del
dinero con un amigo, que le asegura a los esposos una
buena jubilación. Nueva desdicha, el amigo quiebra,
están arruinados. Aunque todavía no son espíritas y
por consiguiente no tienen ninguna razón lógica para
aceptar con resignación este doble golpe de la suerte,
los esposos Rivail, en lugar de perderse en el lamento,
se ponen a trabajar con energía para buscarse la vida.
Para salir adelante, Amélie reduce su tren de vida y
retoma el trabajo en el curso de Lévy-Alvarez inventor
de un Método ingenioso para la instrucción de las
niñas. En cuanto a su esposo, se hace cargo de tres
contadurías, consigue un puesto de profesor en el
Lycée Polymathique, igualmente enseña en el mismo
curso que Amélie y encuentra tiempo para redactar
nuevas obras escolares.
Sin embargo, ni Amélie ni Hippolyte están en su verdadero
camino. Ellos hubieran querido volver a crear una
institución digna de la primera. El hecho de estar arruinados,
de no poder crear una obra propia es una prueba
muy pesada, pero pensándolo bien, fue providencial y
ellos así lo comprendieron quince años más tarde.
Al encuentro de los espíritus
Estamos en 1854, por primera vez Hippolyte y Amélie
oyen hablar de las mesas giratorias.
En 1856, Léon Denizard, convertido en Allan Kardec,
está escribiendo El Libro de los Espíritus. Dotada de una
buena memoria, inteligente y rápida, Amélie hace las
veces de secretaria.
Montherlant ha dicho “Un escritor no necesita de una
concepción del mundo, sino de una buena secretaria”. El
afortunado Kardec los tiene a ambos en la persona de
Amélie; infatigable, ella lo secunda con eficacia e inteligencia.
Copia sus textos y lee sus cartas de las que
subraya las partes importantes, corrige las pruebas de la
Revista Espírita y de los libros, comparte con su esposo
las relaciones con los editores y mantiene las finanzas
con mano firme.
Le corresponde igualmente filtrar a los visitantes pues,
en aquella época sin teléfono, la gente, sobre todo los
provincianos y los extranjeros, llegan sin avisar. Finalmente,
cuida la preparación de las giras de conferencias
por las grandes ciudades; laboriosos viajes que, a
partir de 1860, serán cada vez más frecuentes. Para los
quehaceres domésticos, Amélie es ayudada por una
criadita que ella dice que no es muy despierta pero sí
muy dedicada.
La cotidianidad de los esposos Rivail
Amélie se levanta a las cuatro de la mañana para
preparar el café de su marido quien, inmediatamente
después, se pone a trabajar. Hacia las diez, ella le trae
las pruebas de la Revista o las de la obra en curso que
acaba de corregir. Poco antes del mediodía, Amélie
reaparece y le sirve un refrigerio. Es la hora del descanso
y de la charla informal. A partir de las dos comienza el
concierto de timbres y la invasión de visitantes. Amélie
se mantiene en guardia. No hace falta que los admiradores
y, sobre todo, las admiradoras, hagan perder
demasiado tiempo a su gran hombre. En su trabajo de
filtrado, distingue muy bien de antemano a los simples
charlatanes de los que tienen algo que decir y sale de
su reserva para despedir a las admiradoras con tacto y
autoridad.
Si bien el refrigerio del mediodía es frugal, la cena no lo
es. Los esposos Kardec aprecian los placeres de la mesa
a la que hacen honor. Amélie no es de esas criaturas
seráficas que se deleitan con sopas insípidas y tisanas.
Ella alimenta muy bien a su hombre. Demasiado bien
quizás, y Allan aprecia los exquisitos platillos cocinados
a fuego lento con amor.
Las noches que coronan la bien cargada jornada son
breves. La familia Delanne, Pierre Gaétan Leymarie, el
Sr. Desliens, Muller y de vez en cuando Camille Flammarion
hacen su aparición y se retiran pronto para no
cansar al maestro. El viernes por la noche está dedicado
a las conversaciones con los espíritus y el domingo por
la noche se reserva para el concierto y el teatro. La
pareja que ha trabajado tanto toda la semana, desea
relajarse y divertirse. Ambos, apasionados de la música
clásica, aprecian igualmente las óperas de Offenbach.
Por fin, Allan y Amélie rebosan de felicidad: terminaron
los problemas de dinero y los trabajos mercenarios a
menudo fastidiosos. Sus actividades presentes les
apasionan cada vez más; construyen en común una
obra que saben necesaria y duradera. Su amor es tan
vivo como treinta años antes; están tan enamorados
uno del otro como en el momento en que el apuesto
Léon Denizard le pidió al Sr. Julien Boudet, la mano de
su hija Amélie.
Con el transcurrir de los años, gracias a las rentas de
los manuales escolares, a los derechos de autor de
los libros espíritas y las juiciosas colocaciones realizadas
por Amélie, los esposos Rivail tienen adquirido
un pequeño peculio. Siguiendo los consejos de un
cofrade de la Sra. Boudet, adquieren un terreno de
2.600 m2, situado detrás de los Inválidos. Hacen construir
allí la villa Ségur y tienen en proyecto la construcción
de una decena de casas, destinadas a miembros
meritorios de la Sociedad.
Los domingos se trasladan a la Villa rodeados de sus
amigos más cercanos. La atmósfera es distendida y
alegre. La carne es buena; como todas las mujeres de
su época, Amélie está orgullosa de su mesa.
A principios de 1869, Allan está decidido a dejar la sede
de la Sociedad cuyo arriendo se acaba, para instalarse
definitivamente en la Villa Ségur. Es allí donde se siente
en casa, donde podría llevar una vida tranquila, indispensable
para su salud. Desea mudarse lo más pronto
posible y para ello pone en orden sus asuntos.
La partida de Allan Kardec y después…
Estamos a 31 de marzo de 1869, Amélie se ha dirigido
temprano al 7 de la calle de Lille, nueva sede de la
Sociedad, que se trataba de reorganizar sobre las bases
indicadas por su marido. Cuando hacia el mediodía
vuelve a la calle Sainte Anne, ¡qué impacto! Se ha dejado
caer sobre el sofá y no se ha movido más. Está como una
estatua fulminada. Sus ojos, que miran a lo lejos, ya no
tienen más lágrimas. Está desesperada por haber estado
ausente, por no haber podido sostener la mano de su
marido en el momento supremo. Allan Kardec se había
hundido sobre sí mismo sin una palabra, sucumbió
a una ruptura de aneurisma. Notificado, Alexandre
Delanne acudió enseguida, lo friccionó y lo magnetizó
pero en vano.
Siempre pequeña y menuda, ella tiene ahora setenta y
cuatro años y sueña con los treinta y siete de tranquila
felicidad que acaban de terminar. Por el momento, se
imagina que seguirá pronto al que ama y eso la ayuda
a sostenerse. En realidad, le quedan por recorrer catorce
años sin él.
La inhumación de Allan Kardec en el cementerio de
Montmartre es sólo provisional. Un año más tarde
Amélie y la Sociedad espírita adquieren un lugar en el
Père-Lachaise y hacen construir el dolmen, recuerdo de
una vida de druida. Amélie no participó en la inhumación,
destrozada física y moralmente, prefirió quedarse
sola en la calle Saint Anne.
Después de haber recuperado las fuerzas y la combatividad,
daría a conocer el testamento que la nombraba
heredera universal. Bajo su impulso, la Sociedad Parisiense
de Estudios Espíritas fue reconstituida como
sociedad anónima y se instaló en el 7 de la calle de Lille.
En cuanto a Amélie, se mudó a la Villa Ségur pero las
diez casas previstas nunca vieron la luz.
Muerto Allan Kardec, Amélie continuó valientemente
la lucha al lado de Alexandre Delanne, Camille Flammarion,
Victorien Sardou y Théophile Gautier pero sobre
todo con su abnegado amigo Pierre Gaétan Leymarie.
En 1871, éste se convertirá en redactor jefe y Director
de la Revista Espírita en la cual imprimirá las primeras
pruebas de fotografía espírita producidas por William
Crookes. Luego, él mismo experimentará esas manifestaciones
con un médium fotógrafo de nombre Edouard
Buguet. Durante las sesiones, obtuvo una serie de clisés
reales que publicó en 1875.
No obstante, su buena fe es engañada y los enemigos
del espiritismo están al acecho de todo lo que pueda
detener el desarrollo de la doctrina espírita. Edouard
Buguet es vigilado por la policía en la persona de
Guillaume Lombart. Éste se presenta anónimamente en
su casa para pedirle una fotografía espírita, lo sorprende
en flagrante delito y lo arresta.
El Ministerio Público instruye un proceso por fraude y
mistificación en contra de Leymarie y de Buguet. Desde
su detención, este último confiesa que no tiene poderes.
La requisitoria del abogado de la República pone en tela
de juicio a los acusados, a la doctrina espírita y a la viuda
de Allan Kardec.
Durante el proceso, la cuestión de la creencia y de la
persuasión será el centro de los debates. Cada parte
tiene una argumentación respecto a esta estrategia de
la persuasión:
– Para el ministerio público, lo que está en juego es
combatir la doctrina espírita como fuerza política y religiosa.
El procurador va a rechazar la creencia en estas
fotos espíritas.
– El fotógrafo confiesa la superchería y socava toda
posible creencia. Dice: “No soy ni espírita, ni médium;
simplemente tengo “trucos” de una gran sencillez”.
– Los partidarios del espiritismo, con Leymarie el sucesor
de Kardec a la cabeza, se defienden separando a Buguet
de su propia actividad, dicen haber sido engañados por
él y pretenden que es manipulado por el ministerio
público, para evitar reunir aún más espíritas.
Amélie Boudet tiene ya ochenta años cuando es llamada
a declarar en el tribunal. Durante este interrogatorio, su
buena fe será puesta en tela de juicio y ensuciada la
memoria de su marido.
La totalidad de la declaración está consignada en El
Proceso de los Espíritas, una obra escrita por Marina
Duclos-Leymarie. En este libro están compiladas no
sólo las declaraciones, las requisitorias, un considerable
número de testimonios a favor de Pierre Gaétan
Leymarie, de Amélie Boudet y de la Sociedad Parisiense
de estudios Espíritas, sino igualmente toda la correspondencia
entre Buguet y Leymarie.
Pierre Gaétan Leymarie será acusado y condenado a
un año de prisión. Sin embargo quince días antes de
su condena, se le sugiere declararse culpable y solicitar
la indulgencia. Él se niega y felizmente para él, la
condena es derogada algunos meses más tarde por una
completa rehabilitación.
He aquí la última carta escrita por Edouard Buguet,
condenado también a un año de prisión. Está precedida
por los comentarios de Marina Duclos-Leymarie: “Esta
última carta, escrita por Mazas, hace alusión al hecho
siguiente: un oficial de caballería, de la guarnición de
Vendôme, que vino para obtener una fotografía espírita,
se encontraba en casa de Buguet en el momento de las
investigaciones de la justicia; el mismo día, a las tres de
la tarde, le avisaba al Sr. Leymarie que quería ir inmediatamente
a casa de Buguet con el oficial, pues no podía
creer, sin haberlo visto por sí mismo, que el fotógrafo
hubiera empleado trucos. En casa de Buguet, Leymarie
fue arrestado, y es a este hecho que hace alusión esta
primera carta; esta conducta del gerente de la librería
basta para probar su buena fe”.
Estimado señor Leymarie,
Tengo la esperanza de que el momento de detención que
el Comisario de Policía os ha hecho sufrir en mi casa el
día de la mayor desdicha de mi vida, no haya producido
ningún accidente enojoso y que estéis de vuelta enseguida
con vuestra encantadora familia; veis, estimado
Sr. Leymarie, en qué situación me encuentro, y mi pobre
casa en manos extrañas.
Vengo a pediros, en nombre de vuestro buen corazón para
con todos, que hagáis todo lo posible para detener este
desgraciado asunto. Es en nombre de mi pequeña familia
que vengo a pediros perdón por haber pecado tan inconscientemente
y sin darme cuenta de lo que hacía, pido mil
veces perdón a Dios por ello, a todos vosotros, y espero que
vuestro buen corazón con todos no fallará para evitar más
pena a un padre de familia.
En la esperanza, estimado Sr. Leymarie, de tener algunas
palabras de consuelo de vuestro buen corazón, os ruego
recibir mis saludos más sinceros y presentar mis mejores
votos a vuestra encantadora familia.
E. Buguet – Primera division, celda N° 30
Pierre-Gaëtan Leymarie

 

HIPPOLYTE RIVAIL, EL PEDAGOGO POR V A L É R I E F A U V E L LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

ImagenEL JOVEN LEON HYPPOLITE DENIZARD RIVAIL

El alumno de Pestalozzi (1804-1818)
Hijo de Jean-Baptiste Antoine Rivail, abogado, juez, y de
Jeanne Duhamel, su esposa, Hippolyte Léon Denizard
Rivail, nació el 3 de octubre de 1804. El futuro fundador
del espiritismo fue educado en la estricta atmósfera, tal
vez un poco severa, de esta vieja familia lionesa donde
el espíritu de justicia y honestidad le fue enseñado
como ejemplo por un padre íntegro. Hizo sus primeros
estudios en Lyon y completó luego su bagaje escolar en
Yverdun (tendría unos diez años), con el profesor Jean-
Henri Pestalozzi.
¿Por qué Yverdun, en Suiza? La relativa proximidad de
la escuela no lo explica todo. Ciertamente los acontecimientos
políticos y militares de los años 1814-1815 en
Francia, convencieron a los Rivail de enviar a su hijo hacia
un país más tranquilo, pues París estaba amenazada y
ocupada por los Aliados; y quizás también para escapar
de la educación reaccionaria. La reputación de ese establecimiento
escolar, convertido en la escuela modelo
para toda Europa y cuya experiencia se remontaba a una
decena de años, también ha podido ser decisiva.
Pestalozzi era el educador atento, a la vez severo y suave,
justo y caritativo. Allí Hippolyte aprendería el sentido de
la educación a la vez paterna y liberal.
Pestalozzi aplicaba los métodos del Emilio de Rousseau:
nada de estudios apremiantes, nada de amenazas ni
sanciones; la disciplina debía ceder lugar a la autodisciplina.
Las puertas de su instituto permanecían siempre
abiertas, sin guardián. Diez horas de curso por día, cada
lección de cincuenta minutos era seguida por un recreo.
El espíritu del niño debía desarrollarse con toda libertad.
Aprender debía ser un placer. Pestalozzi concedía una
gran importancia a la libre expresión, a la enseñanza de
la agricultura y de la industria manufacturera. Quería que
estos jóvenes ejercitaran sus manos, sus sentidos y su
mirada al mismo tiempo que su cerebro. Eso era enseñar
al niño el arte de aprender.
El acento educativo estaba puesto sobre la espontaneidad
natural del ser humano que era conveniente preservar
contra la corrupción social. Más tarde, Allan Kardec se
esforzaría a su vez, en sus libros referentes a los fenómenos
espíritas, en recurrir a la idea de naturaleza que excluía al
mismo tiempo lo sobrenatural y lo maravilloso.
La escuela de Pestalozzi abría sus puertas a alumnos del
mundo entero para una educación que enseñara al niño
el sentimiento de la igualdad humana, de la fraternidad y
la tolerancia por encima de las diferencias de idioma, civilización,
raza o creencia. Los problemas que experimentó
el joven Rivail al principio, católico en un país protestante,
lo llevaron pronto a amar la tolerancia. Esa larga permanencia
en un país protestante también tuvo la ventaja de
darle un buen conocimiento de la Biblia. En esa época,
en Francia, y aún a principios del siglo XX, se necesitaba
una autorización especial de su guía espiritual para poder
sumergirse en el Antiguo Testamento.
Pestalozzi dejaba a sus alumnos la libertad de elegir entre
el descanso y el trabajo, y entre las disciplinas. Muchas
veces, los huéspedes de Yverdun preferían no ir a acostarse
para seguir estudiando. Eso también dejaría huella
en el carácter del “obrero laborioso” que será Allan Kardec
que está en vela tarde por la noche para preparar sus artículos
para la Revista Espírita o para escribir sus innumerables
obras. Durante esos años de trabajo tesonero y sin
tregua, una sola vez se otorgará verdaderas vacaciones
para dirigirse a Suiza.
En 1824, (aún no tenía veinte años), escribió su primera
obra pedagógica Curso práctico y teórico de aritmética.
Resumía allí los seis principios básicos del sistema pestalozziano:
“1 – Cultivar el espíritu natural de observación de los
niños, llamando su atención acerca de los objetos de los
que están rodeados.
2 – Cultivar la inteligencia, siguiendo una marcha que
ponga al alumno en estado de descubrir las reglas por
sí mismo.
3 – Proceder siempre de lo conocido a lo desconocido, de
lo simple a lo compuesto.
4 – Evitar todo mecanicismo, haciéndole conocer el objetivo
y la razón de todo lo que hace.
5 – Hacer que se relacione meticulosamente con todas las
verdades. Este principio forma en cierta manera la base
material de este curso de aritmética.
6 – No confiar a la memoria que lo que haya sido captado
por la inteligencia”.
A este método, que guiará sus primeros pasos en la
actividad pedagógica, Rivail añadirá sus propias ideas
y, desde 1824, preferirá combinar el método Pestalozzi
con el método ordinario y hacer suceder la abstracción
a la intuición, paso que adaptará al estudio de los fenómenos
espíritas a partir de 1854.
Desde los 14 años, se convirtió en uno de los discípulos
más eminentes de Yverdun y en el colaborador inteligente
y adicto, que explicaba a sus camaradas menos
adelantados que él, las lecciones del maestro que
había comprendido. Cuando Pestalozzi era llamado
por los gobiernos para fundar institutos semejantes al
suyo, confiaba a Denizard el cuidado de reemplazarlo
en la dirección de su escuela. Encantado por la constancia
de su alumno en el trabajo, por su inteligencia y
su valor moral, Pestalozzi solicitó al joven Rivail que lo
sucediera a la cabeza de su Instituto, pero éste decidió
regresar a Francia.
El estudiante (1818-1824)
Sabemos muy pocas cosas sobre esta etapa de su vida.
¿Cuánto tiempo permaneció todavía en Yverdun? En
1818, tenía catorce años, la edad del límite escolar. En esa
época, un niño de quince o dieciséis años era bachiller.
Rivail obtuvo sus bachilleratos en letras y en ciencias.
Destacado lingüista, hablaba corrientemente el alemán
y el inglés; conocía también el holandés.
Volvió a Lyon donde, según el biógrafo Henri Sausse,
habría proseguido estudios de medicina y también
habría presentado una tesis, información que nunca
ha sido comprobada. Ese estudio no parece haberlo
entusiasmado, pues no hablará de él sino una sola vez a
propósito del magnetismo animal. Ahora bien, la facultad
de medicina no podía explicarle los extraños fenómenos
popularizados por Mesmer pues la Academia de París
había tomado partido contra el magnetismo animal.
Denizard Rivail era un muchachón, de modales distinguidos,
de humor alegre en la intimidad, bueno y servicial.
Se hizo eximir del servicio militar y dos años después,
en 1824, se vino a París para fundar en el 35 de la calle
de Sèvres, un establecimiento semejante al de Yverdun.
Para esta empresa, se había asociado con uno de sus tíos,
hermano de su madre, que era su proveedor de fondos.
A los veinte años, este amigo del hombre, este espíritu
altruista, demócrata hasta los tuétanos, quería ponerse
al servicio de los niños diciéndose que la instrucción
pública era la cosa más importante para un país. En
este período redactó varios libros de carácter didáctico,
planes, métodos y proyectos propuestos a diputados,
gobiernos y universidades, referentes a la eterna reforma
de la enseñanza francesa, en pocas palabras, su actividad
pedagógica ocupaba el lugar de su vida privada. En
efecto, nunca tendrá verdadera vida privada, pues como
pedagogo o fundador del espiritismo, fue hombre de
una vocación.
Su pedagogía condenaba los castigos corporales, lo
cual era una revolución para la época. El maestro, decía,
tiene un arte muy difícil, el de formar a un hombre. Es
un arte filosófico. Cuando se dirigía a “sus amigos” los
alumnos, les hacía el elogio de la instrucción diciendo:
“En otros tiempos, solamente la fuerza del brazo hacía la
ley, hoy, es la fuerza del espíritu”. Compadecía al que se
quedaba en la ignorancia y les pedía dar gracias a la
providencia por haberles hecho nacer en un siglo tan
esclarecido: “Instruyéndoos, trabajáis por vuestra propia
felicidad… ¡El que haya estudiado todas las ciencias
llegará a la verdad!” Para él, el acento estaba puesto en
la educación moral, la única que hace del niño un ciudadano
justo y un hombre caritativo.
En el mundo de las letras y de la enseñanza que frecuentaba
en París, Denizard Rivail conoció a la señorita Amélie
Boudet con quien se casó (ver el artículo: Amélie Boudet
o la mujer en la sombra).
El socio de Rivail tenía pasión por el juego; arruinó a su
sobrino que pidió la liquidación del Instituto. Le devolvieron
45.000 francos que fueron depositados por los
Rivail en casa de uno de sus amigos íntimos, negociante,
que hizo malas inversiones y cuya quiebra no les dejó
nada. Lejos de desanimarse por ese doble revés, Rivail se
puso valerosamente a trabajar y consiguió tres empleos
de teneduría. Al terminar su jornada, trabajaba por la
noche en sus tratados pedagógicos. Traducía obras
inglesas y alemanas y preparaba todos los cursos de
Levy-Alvarès estudiados por alumnos de ambos sexos en
el suburbio de Saint-Germain. Organizaba también en su
casa, calle de Sèvres, cursos gratuitos de química, física,
astronomía y anatomía comparada, muy solicitados
entre 1835 y 1840.
Escribió una veintena de libros escolares y educativos
entre ellos dos informes (entre 1828 y 1831), donde sus
ideas innovadoras lo harían aparecer como un precursor
de Jules Ferry. En 1828, realizó su Plan propuesto para la
mejora de la instrucción pública que fue sometido al Parlamento,
y cuyas proposiciones eran las siguientes:
“- La educación es una ciencia muy caracterizada “que
uno debería estudiar para ser maestro, como estudia la
medicina para ser médico”.
– Si se encuentran tan pocas personas que enseñan bajo
su verdadero punto de vista, se debe a la ausencia de
estudios especiales sobre ese tema.
– El retardo de la educación debe ser atribuido a que pocas
personas son capaces de apreciar su verdadero objetivo,
lo que ella es, lo que podría ser y, por consiguiente,
lo que habría que hacer para mejorarla. La educación
está actualmente en el estado en que se encontraba la
química hace un siglo. Es una ciencia que aún no está
constituida y cuyas bases todavía son inciertas”.
Propuso la creación de una escuela teórica y práctica
de pedagogía, semejante a las escuelas de derecho y
de medicina. Los estudios durarían tres años: el primero
dedicado a la teoría, el segundo a teoría y práctica y el
último únicamente a la práctica.
Lo que hizo en 1828 por la ciencia educativa, lo continuaría,
treinta años más tarde, por la ciencia espírita.
Entre Rivail el educador y Allan Kardec, no habrá ninguna
diferencia ni de método ni de rigor.
En un Informe de 1831 que publica a sus expensas, establece
en veintiséis puntos sus observaciones y propuestas
sobre el sistema general de instrucción pública. Nada fue
olvidado: ni el número de alumnos para cada institución,
ni la edad para ser bachiller o licenciado, ni el salario del
maestro, etc. por ello será recompensado con un premio
de la Real Academia de Arras.
Escribió las siguientes obras:
– En 1831: Gramática francesa clásica
– Gramática normal de los exámenes, o soluciones razonadas
de todas las preguntas sobre gramática francesa,
propuestas en los exámenes de la Sorbona, del Ayuntamiento
de París y de todas las academias de Francia
– Curso de cálculo mental, según el método de Pestalozzi
Allan Kardec
– Tratado de aritmética (3.000 ejercicios y problemas
progresivos), el único que contiene el método adoptado
en el comercio y la banca para el cálculo de los intereses
– Cuestionario gramatical, literario y filosófico, con
Lévy-Alvarès
– Manual de los exámenes para los diplomas de capacidad
(1846): soluciones razonadas de las preguntas y
problemas de aritmética y de geometría usual
– En 1847: Proyecto de Reforma referente a los exámenes
y las casas de estudio de las personas jóvenes, según
una propuesta con respecto a la adopción de las obras
clásicas por la universidad respecto al nuevo proyecto de
ley sobre la enseñanza.
– En 1848: El catecismo gramatical de la lengua francesa
– “La claridad y la sencillez son los principales méritos
de una obra destinada a los principiantes… La claridad
resulta de la brevedad misma con la que son formulados
y presentados los principios, en cierta forma independientes
unos de otros, lo cual permite al alumno
comprenderlos y retenerlos con menos dificultad”.
– En 1849, retomará sus cursos de fisiología, astronomía,
química y física en el Lycée Polymathique y
editará Dictados normales de los exámenes del Ayuntamiento
y de la Sorbona y Dictados especiales sobre las
dificultades ortográficas.
Estas obras, claras y atractivas, recibirán premios académicos
y serán adoptadas por la Universidad de Francia,
lo que coronará de alguna manera una actividad de
un cuarto de siglo al servicio de la instrucción pública.
Se venderán y Rivail podrá constituirse una modesta
holgura. Su nombre será conocido y respetado, y sus
trabajos justamente apreciados. Será condecorado con
laureles académicos, honrado con adhesiones personales
del ministro de Instrucción Pública, promovido
miembro de la Real Academia de Ciencias de Arras, del
Instituto histórico, de la Sociedad de Ciencias naturales
de Francia, etc.
El hombre universal (1848-1854)
Si bien Rivail trabajó por la educación de los niños de
su país, se consideraba a sí mismo como un hombre sin
patria ni ataduras particulares. Las ciencias y el estudio
de las humanidades le enseñaron que “el hombre, para
ser verdaderamente libre, debe tomar conciencia de su
universalidad. El espíritu de tolerancia, de caridad, debe
ser más fuerte que el de clan, secta o Iglesia, de grupo limitado
en el tiempo y el espacio”. Entre todas las doctrinas
o sistemas de educación universalista que precedieron al
espiritismo, Rivail encontró afinidades con la francmasonería
definida así en el Larousse del siglo XIX: “Tiene como
objetivo el mejoramiento moral y material del hombre, y
por principios la ley del progreso de la humanidad, las
ideas filosóficas de tolerancia, fraternidad, igualdad y
libertad, abstracción hecha de la fe religiosa o política,
de nacionalidades y diferencias sociales”. El espiritismo
moral y social no dirá otra cosa. En cuanto a los principios
filosóficos, serán los mismos: la existencia de Dios, la
inmortalidad del alma y la solidaridad humana.
En cambio, Allan Kardec renunciará a todo lo que sea
formalismo, en consecuencia, al aspecto litúrgico
de la iniciación masónica: “La iniciación no es una
marcha hacia la verdad, con los ojos vendados, como
en la francmasonería, sino por el contrario, con los ojos
abiertos ante el hecho indudable de la manifestación
de los Espíritus”.
Finalmente, es preciso mencionar una última experiencia
que, probablemente, data de esta época, la de
director del teatro de las Folies-Marigny. Se supone que
si Rivail tuvo la dirección del teatro, eso debió ocurrir
entre 1852 y 1853.
Hacia 1823, tenía a lo sumo diecinueve años, cuando se
ocupó de los fenómenos de magnetismo, se interesó
en Mesmer. Estudió las fases del sonambulismo cuyos
turbadores misterios eran del mayor interés para él.
Uno de sus amigos, el librero-editor Maurice Lachâtre, le
habló de palingenesia: nombre que se daba entonces a
la reencarnación, palabra que sólo aparecería en 1875.
Fue en 1854 cuando por primera vez escuchó hablar de
las mesas giratorias…
Fuentes: Biografía de Allan Kardec por Henri Sausse – 1909
Allan Kardec: su vida, su obra – André Moreil – 1980
Allan Kardec y su época – Jean Prieur – 2004

ALLAN KARDEC Y SU ÉPOCA POR COLOMBE JACQUIN LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

ImagenPARÍS HACIA 1850

Hippolyte Rivail, espíritu cultivado, hombre universal,
profesor creyente en el progreso social definido por
Jean-Jacques Rousseau y en el advenimiento de un
siglo de justicia y felicidad para todos, no podía menos
que ser sensible al entorno político y al contexto social
de la Francia del siglo XIX. Nacido el mismo año de la
consagración de Napoleón I, va a vivir los rebotes de una
sociedad que vacila entre monarquía y república, entre
conservadurismo y conmoción social. La institución que
funda en la calle de Sèvres es a la imagen del hombre:
su enseñanza se basa en el desarrollo simultáneo de
las cualidades intelectuales, morales y físicas de los
jóvenes; aplica lo que le fue enseñado por Pestalozzi; en
este sentido redacta obras pedagógicas convirtiéndose
de alguna manera en el precursor de un Jules Ferry que
algunos años más tarde instauraría la enseñanza laica,
gratuita y obligatoria para todos.
En una sociedad donde la Iglesia católica está
vinculada al poder político, Rivail tiene afinidades con
Louis Philippe (el rey bonachón, derrocado durante
la revolución de 1848), quien, como él, es un liberal
anticlerical sensible al mundo de los trabajadores.
Inspirado por las ideas de Rousseau, también ha sido
profesor y será además un precursor de la enseñanza
primaria con las leyes votadas bajo la égida de Guizot,
su ministro de Instrucción Pública. Desgraciadamente,
no tomará en cuenta el creciente descontento
especialmente en la clase proletaria y, a pesar de las
tentativas de rectificación, será forzado a abdicar.
Después de él, el príncipe Louis Napoléon Bonaparte,
único Presidente de la efímera Segunda República, el
único en ser elegido a su solicitud por sufragio universal
hasta el advenimiento de la Quinta República, coquetea
con las ideas socialistas. Está muy atento a los problemas
de los obreros y los campesinos y además ha redactado
una obra titulada La extinción de la miseria. Hombre de
corazón, republicano convencido, francmasón, busca a
Dios fuera de la religión católica, para entonces religión
de Estado, rechazando sus errores y contradicciones.
No obstante, aquel que instaura el sufragio universal,
va a arrogarse, por el golpe de Estado de 1851, amplios
poderes y a expulsar del territorio francés a sesenta y
seis antiguos representantes del pueblo en la Asamblea,
entre ellos Victor Schoelcher, apóstol de la abolición
de la esclavitud y Victor Hugo, el literato humanista.
Hugo, implacable luchador por la libertad quien, con
sus hijos, ha hecho campaña para que Louis Napoléon
sea elegido en 1848, se revela entonces ferozmente
opositor a aquel de quien se burla bajo el nombre de
Badinguet. El 2 de diciembre de 1852, éste se convierte
en el emperador Napoleón III, casándose un mes más
tarde con Eugenia de Montijo que será una fiel lectora
del futuro Allan Kardec.
Para entonces, Hippolyte Rivail no sabe que le espera
una verdadera revolución espiritual. Invitado por el
magnetizador Fortier y luego por su amigo Carlotti,
conoce igualmente a Victorien Sardou hombre de teatro
y médium. Éste ha redactado cincuenta cuadernos
de mensajes mediúmnicos con Friedrich Tiedemann
docente y miembro del Instituto de Francia, René
Taillandier especialista en literatura germánica y suiza,
y el editor Didier. El que se convertirá en Allan Kardec,
al principio escéptico, termina por acceder a estudiar
estos mensajes que luego contribuirán a la redacción
de El Libro de los Espíritus. Él se dice entonces convertido
por la lógica verificada por la experimentación; no es la
desesperanza lo que lo lleva al espiritismo, al contrario
de Victor Hugo que, desde lo más profundo de su exilio,
fue persuadido por Delphine de Girardin a dedicarse a la
nueva moda de las mesas giratorias. Escéptico también
al principio, fue convencido cuando su hija Léopoldine,
ahogada accidentalmente en 1843 junto con su marido,
se le manifestó a él y a su familia reunidos en la isla de
Jersey. Las comunicaciones eran recibidas a través de
su propio hijo médium, Charles Hugo. Durante ese
largo exilio, fueron obtenidos numerosos mensajes,
procedentes de personajes célebres de la historia pero
también emanados de espíritus que representaban
a los elementos, a la naturaleza, tales como el viento
o el mar. A este respecto es muy lamentable que los
biógrafos de este genial escritor hayan considerado el
episodio de las mesas giratorias de Jersey como una
suerte de paréntesis surrealista, consecuencia del dolor
de un padre desesperado, cuando fue la expresión de
una convicción espírita.
En cuanto a Napoleón III, él fue sensibilizado respecto al
más allá gracias a su esposa Eugenia de Montijo, ferviente
adepta al espiritismo, que había descubierto gracias a
Victorien Sardou cuyos talentos dramáticos apreciaba.
Ella participó en varias sesiones, y recibió mensajes que
compartía con su marido emperador, lo que le valió
algunas contrariedades pues ciertos mensajes quizás no
eran auténticos o provenían de espíritus malévolos. Así,
en 1854, la guerra contra Nicolás II, emperador de Rusia,
al lado de Inglaterra, lejos de ser un conflicto corto como
prometía el mensaje, fue una verdadera guerra dura y
sangrienta. La pareja imperial asistió a impresionantes
sesiones junto al médium escocés Daniel Dunglas
Home, médium de efectos físicos, que causó sensación
durante su primera sesión en las Tuileries: “Las sillas y
las butacas eran como arrastradas por un viento furioso,
¡volaban de una esquina de la sala a la otra!” Durante
esas sesiones, se manifestaron varios difuntos de la
familia imperial, como la reina Hortense y también
Napoleón I, quien estampó su firma sobre un cuaderno,
firma que su sobrino reconoció enseguida. La pareja
conoció igualmente a Allan Kardec, de quien el espíritu
Napoleón III vino a manifestar en sesión: “Hemos vivido
la extraordinaria época del nacimiento del espiritismo
en Francia. Eugenia, y yo mismo, éramos afectos a las
sesiones espíritas y nos reunimos repetidas veces con el
maestro Allan Kardec. Es difícil imaginar, en vuestro siglo,
la importancia del personaje que tenía entonces un
millón de adeptos en el territorio francés y cuyas obras
eran reeditadas cada año. Es difícil comprender el alcance,
a la vez filosófico y social del movimiento espírita en el
siglo XIX. El druida Allan Kardec no estaba de acuerdo con
mi política y me acusaba de haber utilizado las urnas de
la República para restablecer el Imperio, y tenía razón.
Eugenia siempre pensó que yo debía abdicar, y los espíritus
me lo aconsejaban. No quise seguir sus mensajes y, un año
después de la muerte de Allan Kardec, ocurrió el drama de
1870 y el desastre de Sedan.
Mi mayor falta fue el exilio de Victor Hugo quien, desde hace
mucho tiempo, ha sabido otorgarme su perdón. Deseo
con todas mis fuerzas que la Francia de hoy encuentre el
impulso de su siglo dentro del renacimiento espírita y así,
os aliento a mi manera”.
Napoleón III no fue el único político convencido por el
espiritismo; el presidente Sadi Carnot diría algunos años
más tarde: “Soy espírita por convicción y católico por razón
de Estado”.
La influencia de Allan Kardec es grande en el siglo
XIX. Además de los intelectuales y los docentes, toca
el mundo literario: Théophile Gautier en su novela
Espírita se inspira en los recientes descubrimientos
del espiritismo; George Sand, Honorato de Balzac y
Lamartine también hacen alusión en sus novelas al
mundo invisible.
Allan Kardec no se contenta con escribir las numerosas
obras que siguen siendo, aún hoy, los fundamentos de
la doctrina espírita; también dicta conferencias y desde
el año 1860 emprende giras por Francia. Trata de juzgar
por sí mismo el estado real de la doctrina conociendo
los grupos espíritas que se han formado rápidamente
en numerosas ciudades de provincia. Recoge de ello
preciosas observaciones y las aprovecha para instruir y
alentar a los espíritas.
Su primera gira está reservada a Lyon, su ciudad natal
a la que sigue muy vinculado sentimentalmente: “Si
París es la cabeza del espiritismo, Lyon será su corazón”. Es
recibido como si fuera san Ireneo, el venerado obispo
de la ciudad. Lyon cuenta ya con algunos cientos de
adeptos; un centro espírita creado en los Brotteaux
de Lyon se dedica al estudio de las tres obras escritas
entonces por el maestro. Círculos parecidos ven la luz
en varias capitales regionales como Metz, Tours, Poitiers,
Angers, Biarritz, Burdeos y Limoges, allí donde recibe en
sesión este mensaje profético: “Tienes todavía para diez
años de trabajo, no permanecerás mucho tiempo entre
nosotros. Será necesario que regreses para terminar tu
misión que no puede ser acabada en esta existencia”. Dos
años más tarde en 1862, Allan Kardec cumple otras
giras por Francia de las cuales da testimonio en su obra
Viaje espírita en 1862. Comienza por Lyon y Burdeos y se
percata de cuánto ha crecido la idea espírita desde su
primer viaje. En Lyon, el número de espíritas se calcula
entre 25.000 y 30.000; en Burdeos ha pasado de 1.000 a
10.000.
Paradójicamente, Allan Kardec debe su notoriedad
sobre todo a sus detractores; así las violentas prédicas
contra el espiritismo calificado de “religión del siglo XIX
y culto a Satán” atizan la curiosidad de la población que,
de esa manera, se interesa por las obras de Allan Kardec.
Se dirige a numerosas otras ciudades: Toul, Orleáns,
Aviñón, Provins, Troyes, Sens, Montpellier, Tolosa, Albi,
Marmande, Royan, Angulema y otras ciudades de
Charente. En todas partes, es recibido calurosamente.
Comprueba de inmediato que el espiritismo es
abordado en serio en sus aspectos filosóficos y morales
y que las preguntas fútiles y de pura curiosidad se han
descartado. Dice en Bordeaux: “Estamos muy lejos de las
mesas giratorias y sin embargo apenas algunos años nos
separan de esa cuna del espiritismo”.
Tiene oportunidad de conocer médiums, algunos de los
cuales califica de notables: así, en Lyon varios médiums
dibujantes, en San Jean d’Angely una mujer que escribe
largas y hermosas comunicaciones mientras lee su
periódico. Celebra la seriedad con la que los nuevos
médiums asumen su misión; señalamos igualmente
que en esa época varios médiums son iletrados y
escriben sin nunca haber aprendido.
Observa la evidente diminución de médiums de efectos
físicos a medida que se multiplican los médiums de
comunicaciones inteligentes. El período de curiosidad
ha pasado y a partir de entonces se trabaja en construir
la nueva filosofía para reformar a la humanidad.
A través de las manifestaciones recibidas es perceptible
una marcha progresiva de enseñanza; eso se debe,
desde luego, a la seriedad de los médiums pero también
a la asistencia que rodea al médium, más consciente y
capaz de reflexionar sobre las revelaciones obtenidas.
Esta actitud espírita es calificada por Allan Kardec
de desinterés moral. Entiende por ello abnegación,
humildad, ausencia de todo pensamiento dominante,
ausencia de toda pretensión orgullosa y freno a la
manifestación de un más allá cuidadoso de brindar
enseñanzas de calidad.
Apoyándose en la historia de los endemoniados de
Morzine, a la que fue confrontado, pone en guardia
contra un peligro inherente a una mala práctica del
espiritismo, la obsesión, e insiste para que el trabajo se
realice dentro del respeto a los principios descritos en El
Libro de los Médiums.
Se sorprende al comprobar que muchos adeptos nunca
han asistido a una sesión y que sin embargo están
convencidos de la realidad espírita por la lectura de
los libros; ve allí las premisas de una reforma moral. No
obstante, el espiritismo es recibido de manera diferente
según las regiones. En ciertos lugares, prosperan los
grupos espíritas y en otros les cuesta trabajo formarse.
La idea espírita es en primer lugar un hecho de la clase
media ilustrada: muchos abogados, magistrados y
funcionarios están en la formación de los grupos. Pero
hace falta contar también con numerosos obreros
que organicen los banquetes (de momento, toda
agrupación política está prohibida) convirtiéndose por
eso en pretextos de intercambio sobre el espiritismo.
Entre los más letrados, se lee a Émile Zolá y Victor Hugo
cuyas tomas de posición no contradicen la filosofía
espírita, y además, la perspectiva de una vida futura
consuela muchos de los sufrimientos terrenales.
Allan Kardec saluda la valentía de todos sus adeptos
frente a los ataques y las calumnias, pues la oposición
es muy real, marcada especialmente por el auto de
fe de Barcelona. De ello concluye esto: “Además su
animosidad es grande, además prueba la importancia
que adquiere la doctrina a sus ojos, si fuera una cosa sin
importancia, una de esas utopías que no nacen viables,
no le prestarían atención ni tampoco a mí”. Esos ataques
proceden a veces de personas que adoptan las ideas
espíritas pero sólo creen en los fenómenos, sin deducir
de ellos ninguna consecuencia moral.
En el transcurso de sus viajes, Allan Kardec dictó
numerosas conferencias públicas. Dio preciosos
consejos a los espíritas para formar los grupos,
aunque fueran limitados, a partir de un núcleo de
personas serias que fueran “personas ilustradas,
sinceras, penetradas por las verdades de la doctrina y
unidas en sus intenciones”. Insiste en la participación
de los jóvenes y las mujeres: “Excluir a las mujeres de
estos grupos sería una injuria a su juicio que, dicho sea
sin halago, a veces hasta daría puntos al de los hombres
incluso el de ciertos críticos letrados”. Da consejos sobre
la manera de organizar y dirigir las sesiones, insiste en
el empleo de la oración para convocar el auxilio de
los buenos espíritus, y disponer a los participantes al
indispensable recogimiento para el buen desarrollo
de las sesiones. Preconiza igualmente que los
espíritas no marquen su pertenencia con un signo
externo indicador, como existe en las religiones; el
espiritismo no es un nuevo culto, se dirige a todos
y a todas las confesiones; no es una secta como
pretenden algunos de sus enemigos, sino que llama
a los hombres de todas las creencias “bajo la bandera
de la caridad y la fraternidad”.
Con todo el rigor y la precisión que lo caracterizan,
Allan Kardec redacta un proyecto de reglamento para
uso de los espíritas. Conoce las debilidades humanas
y sabe que en materia de espiritismo, tal vez más que
en otras disciplinas, hace falta un marco que garantice
la integridad y autenticidad de las sesiones así como
el funcionamiento interno de los grupos, pues ya
el espiritismo es mancillado por publicaciones
lamentables que emanan de supuestos adeptos
que transforman en ridiculez la comunicación con el
más allá. Reconoce entre sus contemporáneos dos
faltas mayores, el orgullo y el egoísmo, que ya ha
percibido en ciertos médiums calificados por él de
“industriales sin patente”, que explotan la credulidad
o la desesperanza de personas que vienen a buscar
consuelo después de una prueba. Propone insertar en
su reglamento la divisa que es la señal del espiritismo
auténtico: “Fuera de la caridad no hay salvación, fuera
de la caridad no hay verdadero espírita”.
El espiritismo se propaga rápidamente en Francia,
pero también en Austria, Polonia, Rusia, Italia,
España y Constantinopla, donde se crean sociedades
espíritas organizadas.

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Capítulo V – De la Ética y de la Moral

1.Consideraciones Generales

DOCTRINA KARDECISTA (en adelante D.K.) – Considerando la vida corpórea como el inicio de la existencia del alma y la muerte como el lugar de enjuiciamiento y definición última del futuro del alma, profetas y legisladores crearon leyes morales para regular el comportamiento personal y colectivo. Era todavía una consecuencia de la visión sensorial de la vida.

“Para la sociedad occidental, esa visión vino de la biblia o del antiguo testamento. La biblia relata, sobre todo, la perplejidad del pueblo judío ante los problemas de la vida de relación. Los profetas desenvolvieron una visión extremadamente dura de la relación entre el Criador y la criatura.

COMENTARIO DE FLAMA ESPIRITA (en adelante F.E.) – Es cierto que los profetas y los legisladores hebreos, como el mismo Moisés, propusieron unas leyes muy duras para el conjunto de su pueblo. Probablemente pueda explicarse por la necesidad de influir en un pueblo todavía muy ignorante y rudo. Espor ello que, posiblemente, vincularon sus normas a la divinidad, presentándolas como decretos de la misma para que fuesen más efectivas y menos discutidas.

D.K. – La existencia, en la visión bíblica, es un choque interminable entre las personas y la divinidad. El poder divino se muestra en el castigo. Jehová es retratado como el dios vengador, parcial y exclusivo del pueblo, cuyo poder en relación a los otros dioses fue varias veces probado, como también, varias veces, la ira de él se abatió sin piedad, transformando la mujer de Lot en estatua de sal o en la matanza general que aconteció en el diluvio.

F.E. –Se tenía una visión de la divinidad muy “física”, muy “humana”; es decir, muy antropomórfica. Esa divinidad poseía no sólo virtudes, sino también muchos de los defectos de la humanidad. Nada que ver con la noción de Dios que nos ofrecen Jesús de Nazaret, primero, y Allan Kardec[1], después.

D.K. – Las Iglesias tuvieron dificultades para comprender la naturaleza de los seres humanos y por eso los consideraron a priori, pecadores. Asumieron la vida corpórea como un yugo que había que soportar. Así, pues, la salvación está más allá de la muerte.

“En el cristianismo, la base moral reposa, esencial y teóricamente, en la prédica de Jesús de Nazaret y, por eso, algunos principios son extremadamente compasivos aunque no sean ostensiblemente practicados por la mayoría.

“Aunque Allan Kardec creyese que el cristianismo había creado una nueva versión de Dios a través del trabajo de Jesús, la verdad es que el dios cristiano es tan vengativo como el dios judío. Si el Nazareno trajo la noción de la paternidad amorosa, su misericordia y solidaridad, la realidad del concepto de justicia en la expresión cristiana, continuó intrínsecamente implacable.

F.E. –Ciertamente éste es uno de los motivos por los que el Espiritismo debe desmarcarse del concepto de “religión cristiana”; concepto que no  le conviene  en  absoluto,  ya que está lejos de las más puras nociones kardecistas[2]. El Espiritismo estaría más unido a un concepto inexistente que podríamos denominar como “jesusianismo”; es decir, con la trayectoria ejemplar de Jesús de Nazaret[3]. Evidentemente el Espiritismo notendría el más mínimo problema con la moral “jesusianista”, cosa que no ocurre con la moral religiosa cristiana.

D.K. – Debido a las premisas filosóficas sobre el pecado y la salvación, la sociedad cristiana estuvo siempre bajo el tacón del pecado, de la tristeza y del dolor. La Iglesia llegó hasta condenar la sonrisa, el placer, eligiendo el sufrimiento y la renuncia como patrones sublimados; las músicas sacras son lamentos, la santidad es otorgada a quien sufrió.

F.E. –A diferencia de ello, el Espiritismo es una noción esencialmente optimista y encarada hacia la consecución de una felicidad lo más plena posible, sin que ello deba disimular o esconder las dificultades del camino.

D.K. – El gran personaje de la trama de la caída y de la culpa es el demonio, con su capacidad infinita de seducir y apartar del camino. Larga es la puerta de la perdición.

F.E. –No deja de sorprender que, a estas alturas del siglo XXI, aún se hable del tema del diablo como figura contrapuesta a Dios y siendo, evidentemente, también él una creación de Dios. Es extraño que las religiones cristianas no hayan sido más sagaces a la hora de erradicar ese concepto tan incómodo para su Dios. Larga es la puerta de la perdición, para las religiones cristianas, y largo es el camino del progreso para el Espiritismo.

D.K. – El ser humano es el blanco de esa visión que lo condena aquí y después. Pocos son los que se salvan, pocos los escogidos.

“Este modelo descarta totalmente la premisa de la vida humana girando en torno de la culpa y del castigo.

“En la visión evolucionista no existe lugar para el retroceso, ni para la perdición, sólo lo hay para el éxito y la ascensión.

“El universo se equilibra en una relación de reciprocidad, adecuada a cada etapa en el proceso de desenvolvimiento del Principio Inteligente.

F.E. –Evidentemente el Espiritismo es un modelo mucho más eficiente en cuanto al delineamiento del futuro del Espíritu. No hay condenas, sólo hay oportunidades de progreso. No hay nadie “perdido”, todos estamos salvados por la bondad divina. No hay retrocesos, hay descansos momentáneos (estancamientos a veces) para tomar impulso hacia nuevos retos.

D.K. – La Ley divina o natural, no se ocupa de juzgar o condenar. O sea, la Ley Natural no es una ley moral. Ella controla la vida universal, estableciendo una directriz positiva que sobrevive y se impone en el aparente caos y en los límites del libre albedrío…

F.E. –La Ley natural -podemos leer en “El Libro de los Espíritus”, apartado 614- es la ley de Dios y la única verdadera para la dicha del hombre. Le indica lo que debe hacer o dejar de hacer, y es desgraciado, porque de ella se separa.” O sea que, directamente o indirectamente, sí que se relaciona con lo moral ya que si obramos correctamente -de una manera moralmente adecuada- nos acercaremos a la felicidad; pero, si obramos incorrectamente -o sea, de una manera moralmente inadecuada- persistiremos en la ignorancia y la dificultad.

D.K. – El libre albedrío, esa libertad esencial, podría llevar a la anarquía incontrolable, si no estuviesen grabados en la consciencia los parámetros de la Ley, construidos en el conflicto existencial. La ética y la moral son estadios creados a partir de la racionalidad.

F.E. –También Kardec se refiere a esa “grabación” de los aspectos esenciales de la Ley en nuestra conciencia[4]. Así en el apartado 621 de “El Libro de los Espíritus”, podemos leer:

“¿Dónde está escrita la ley de Dios?

“En la conciencia

“Puesto que el hombre lleva en la conciencia la ley de Dios, ¿qué necesidad tenía de revelársela[5]?

“La había olvidado y desconocido, y Dios quiso que le fuese recordada.”

¿Cómo hemos de entender esa afirmación de que los parámetros de la Ley están “grabados” en nuestra conciencia, o en nuestra consciencia (como nos dicen tanto el Dr. Regis como Kardec) y de que podemos “olvidarlos” (como leemos en la respuesta de los Espíritus a Kardec)?

Fijémonos en el detalle inserto en el párrafo que estamos estudiando: el Dr. Regis nos dice que los parámetros de la Ley están “construidos en el conflicto existencial”. Es decir, que esos principios de la Ley se van generando a medida que vamos aprendiendo a través de la resolución de conflictos. En el apartado 2 de este presente capítulo encontraremos de nuevo estos conceptos.

También puede ayudarnos a la comprensión de este tema el comentario de Léon Denis en el cap. XII de su obra “Después de la muerte” (como ya habíamos mencionado en el comentario del cap. II-1 de este opúsculo):

El alma es un mundo, un mundo en el que se mezclan aún las sombras y los rayos de luz y cuyo estudio atento nos hace ir de sorpresa en sorpresa. En sus pliegues, todos los poderes están en germen, esperando la hora de la fecundación para abrirse en chorros de luz. A medida que se purifica, aumentan sus percepciones”.

Es decir, no haría falta considerar esa grabación de los principios de la Ley, ya que todo, absolutamente todo, se adquiere por la vía del progreso, por el camino del ensayo y del error, por el camino del error y de su rectificación, esperando que esas potencialidades que están en germen vayan desenvolviéndose. En “El Libro de los Espíritus, apartado 631, queda también perfectamente clarificado:

“¿El hombre tiene por sí mismo medios de distinguir lo que es bueno de lo que es malo?

“Sí, cuando cree en Dios y quiere saberlo. Dios le ha dado la inteligencia para discernir lo uno de lo otro.”

O sea, que es la inteligencia lo que nos hace avanzar, la que nos permite diferenciar lo que está bien de lo que no lo está. Por lo tanto, al menos teóricamente, no se necesitaría ese registro previo en nuestra conciencia de los parámetros de la Ley (como parecería desprenderse de la lectura de L.E. 621), sino que lo que es necesario tener es inteligencia para discernir lo correcto de lo incorrecto.

En cuanto al tema del “olvido” de esos parámetros, pensamos que no existe como tal ya que no podemos olvidar aquello que no sabemos, porque si lo supiéramos de verdad, si realmente estuvieran grabados en nuestra conciencia por la acción del progreso intelectivo, de ninguna manera podríamos olvidarlos. Lo que hacemos realmente es aprender a través de todos los medios a nuestro alcance, y, ciertamente, la enseñanza de los Espíritus es uno de esos medios.

D.K. – La ley de causa y efecto o de acción y reacción, instrumento básico en el balanceo de las energías y las fuerzas, no es, como a veces se piensa, una ley represora, punitiva, sino más bien la ley básica del equilibrio, y el equilibrio es la felicidad o la condición de satisfacción y compensación del ser.

“La infelicidad es la quiebra del equilibrio con la creación de estados de desconsuelo y desintegración mental.

“El interés de la preservación, o instinto de conservación, que se instala en el ser desde el inicio y la necesidad que le es inherente de participar de relaciones compensatorias con sus semejantes, son las fuerzas propulsoras que lo mueven para la búsqueda de la armonía. El proceso evolutivo del ser inteligente es inestable por cuanto se adiestra en el nivel de imperfección natural en constante mutación generando desequilibrio. Esos parámetros intrínsecos reposan en la reciprocidad de la ley de causa y efecto. Acción y reacción constituyen el camino, a veces doloroso, de la búsqueda del equilibrio, sea internamente, sea en la relación con el otro, con el ambiente.

F.E. –La ley de causa y efecto, o de acción y reacción, es una ley de justicia distributiva: a cada cual según sus obras. Muy acertado está el Dr. Regis cuando señala que esta ley no es punitiva, sino que es una ley compensatoria, una ley de reequilibrio. Es la gran ley del progreso, tanto individual como colectivo

D.K. – En la trayectoria evolutiva del ser espiritual, los factores externos provocan repercusiones que movilizan sus potencialidades, reestructurando niveles mentales y motivaciones. Esas confrontaciones causan dolor y sufrimientos que producen situaciones penosas e insatisfactorias.

F.E. –“Situaciones penosas e insatisfactorias” que, a la postre, son uno de los más poderosos motores de progreso. Para desembarazarnos de las consecuencias penosas e insatisfactorias no nos queda más remedio que trabajar positivamente en su superación. Eso es progresar.

2.La ética

D.K. – El flujo organizador y directivo de la Ley está “inscrito en la consciencia”, esto es, en la formación de la estructura del cuerpo mental[6]. ¿Qué significa eso?

“La Ley no es un discurso. Es el conjunto de factores que actúan siempre procurando la manutención del equilibrio.

“Esos mecanismos de autorespuesta, definen en la estructura del cuerpo mental del principio inteligente, la noción básica de lo que es correcto o errado. Ellos limitan o responden a las estimulaciones comportamentales o meramente reactivas del ser en la trayectoria evolutiva. Debido a la actuación automática de esas fuerzas, el Principio Inteligente es compelido a establecer esos parámetros no como forma consciente, sino como ocurrencia real en si misma, de los límites de la ley de acción y reacción.

“En la estructura de la Ley Natural están establecidos los limites que el Principio Inteligente conocerá en los conflictos de la experiencia que definen las repercusiones, la reciprocidad natural entre acción y reacción, en los campos de las relaciones se sobrevivencia. Después, en el desencadenamiento de las mutaciones, él sufrirá las consecuencias del choque de la convivencia e inscribirá en su mente, en su cuerpo mental perenne, los rigores de las respuestas…

“La “inscripción en la consciencia” de los valores de la Ley se da en la propia vivencia de los conflictos y por el deseo de preservación del ser y constituye, con el tiempo, los fundamentos de la ética, considerada como el factor que establece el enjuiciamiento de los factores para la persistencia del ser.

F.E. –Acompañando atentamente la secuencia de estos últimos párrafos, se llega a la conclusión enunciada en el último de ellos: “La “inscripción en la consciencia” de los valores de la Ley se da en la propia vivencia de los conflictos”. Es decir que es la vivencia de los conflictos la que finalmente propiciará esa inscripción, esa grabación, de los parámetros de la Ley Natural tanto en nuestra conciencia (como elementos normativos de nuestros actos, como principios éticos), como en nuestra consciencia (asunción lúcida, asunción consciente de la realidad y de la importancia de estos principios éticos en nuestra vida). Por lo tanto podemos reafirmarnos en que la grabación de los Parámetros de la Ley, devendría de forma natural como consecuencia de nuestro progreso.

D.K. – La ley de causa y efecto es el principio fundamental de balanceo y reajuste constante de la ruta recorrida por el ser en el camino evolutivo. Ese juego permite la construcción y reconstrucción del equilibrio interno.

F.E. – Realmente, la ley de causa y efecto no es únicamente -tal y como ya afirmaba más arriba el Dr. Regis- una ley punitiva, sino que es una ley de “reajuste constante de la ruta”, tal y como enuncia el autor. También tiene un componente expiatorio -inherente a esa acción de reequilibrio-, el cual de una manera automática, pero razonable, nos impele a recibir -de forma voluntaria o involuntaria, de manera consciente o inconsciente- las consecuencias inevitables de nuestros actos equivocados. Y decíamos que se trata de una ley que actúa de una forma razonable -lo cual no podría ser de otra manera, al tratarse de la acción de la Ley divina o natural-, en el sentido de que no se nos propondrá dicha expiación, y la compensación material y moral subsiguiente, hasta que en nuestro “haber[7]”  haya el suficiente contenido como para poder enfrentar con las mínimas garantías de éxito el saldo de nuestro “debe”.

D.K. – “La consecuencia será la estructuración de los valores que después serán los que formarán la “ética”, o sea, la definición básica de lo correcto y errado, del bien y del mal.

F.E. – Es formidable la manera como, de una forma tan bien secuenciada y plena de lógica, el Dr. Regis nos conduce a la aceptación de que la noción de lo que denominamos ética se va delineando y consolidando en el espíritu de una manera  inevitable, como consecuencia de nuestras acciones. Ello es un argumento más en contra de aquellos que piensan que el Espiritismo nos ha venido a “religar” con Dios, como si en algún momento hubiéramos tenido una completa comprensión de la divinidad y, por una “falta” nos hubiéramos desviado de esa presumida unión. Todo ello no es así. No somos “ángeles caídos”, sino que somos espíritus en constante evolución, evolución que nos conduce, consecuentemente, a obtener una mayor comprensión de Dios, de la Ley Natural y de la Ética.

3.La moral

DOCTRINA KARDECISTA (en adelante D.K.) – En el nivel animal, el principio inteligente es compelido a luchar por la sobrevivencia; enfrenta la muerte, el miedo; desenvuelve la sagacidad, el oportunismo. Aprende las lecciones básicas de la convivencia grupal, una especie de solidaridad. Ahí, no existe el elemento moral. O sea, un depredador al atacar a su víctima no expide un juicio moral, puesto que al destruir a su presa satisfaciendo su necesidad él no siente culpa.

COMENTARIO DE FLAMA ESPIRITA (en adelante F.E.)Además, cuando el depredador ataca a su presa no es sólo que no sienta culpa, es que, además, no tiene culpa alguna. Los animales no tienen libre albedrío, por lo tanto no tienen ningún tipo de responsabilidad de sus actos[8]. Sin embargo, los animales sufren y no siendo, no pudiendo ser de ninguna manera un sufrimiento derivado de actuaciones negativas del pasado, dicho sufrimiento nos plantea la paradoja de un dolor inmerecido y, aparentemente, inútil para los seres del mundo animal. A pesar de ello, con toda seguridad, ese sufrimiento ha de devenir en un progreso para ellos, probablemente en: el aprendizaje y la automatización de los procesos biológicos, en la aparición y consolidación de los instintos, y en la aparición y cristalización de las emociones y de los sentimientos.

D.K. – En el período humano, la ética y la moral se expresan, inicialmente, con el surgimiento de los tabúes, de los miedos delante de los factores naturales, en los misterios del nacimiento y de la muerte, y la invocación a fuerzas sobrenaturales a los fines de la preservación personal y grupal.

F.E. –Transitamos desde el miedo, que nos acompaña en todo el proceso como emoción básica facilitadora del progreso, hasta la comprensión, cada vez más profunda, de nuestro papel en el escenario evolutivo. Venimos (desde antiguo y hasta tiempos muy recientes) desde lo maravilloso y  lo sobrenatural hacia una fe razonada, que nos conduce a una convicción firme de la permanente evolución del Espíritu.

D.K. – Así como las fuerzas del universo energético siguen un curso aparentemente al acaso, pero permanecen dentro del flujo orientador de la Ley, el ser inteligente también parece seguir una forma anárquica, sin limitaciones. Mientras tanto, a través de los mecanismos de la Ley instalados por la experiencia en la mente del Espíritu, el equilibrio se hace invariable, pero no inmediato.

En la dinámica del proceso, el acaso, es decir, aquello que dentro de la visión sensorial sugiere el caos, en verdad se mueve hacia la búsqueda del equilibrio. La cuestión, en esa visión sensorial, se complica por la variable del tiempo, cronológico o sensible.

F.E. – Si revisamos las definiciones de la palabra caos, encontramos las siguientes acepciones[9] (los resaltados son nuestros):

1. Estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos.

2. Confusión, desorden.

3. Fis. y Mat. Comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos, aunque su formulación matemática sea en principio determinista.

Desde una perspectiva evolucionista el caos, como confusión y desorden permanentes, no existe realmente. Todo tiende hacia un determinismo; es decir, hacia un fin determinado por las condiciones iniciales del proceso. En Espiritismo no hay ni caos, ni fatalidad; sino que todo obedece a un determinismo que, partiendo de unas situaciones de inicio[10], va modulándose con los subsiguientes pasos, hasta desembocar en un fin inevitable, que es el aprendizaje, que es el progreso.

En cuanto a la complicación del tiempo “cronológico o sensible”, evidentemente es éste un factor, una variable,  de gran importancia. No sabríamos decir -por la sucinta exposición del autor- que entendía él por “tiempo sensible”. Podríamos suponer que tal vez se refería a la sensación del paso del tiempo en el plano extra-físico. A través de las comunicaciones de los Espíritus, especialmente de los Espíritus sencillos, normales[11], nos apercibimos que su manera de “sentir” el paso del tiempo es muy diferente a la nuestra; es como sí no “notaran” como nosotros el fluir del tiempo. Ello es más acusado todavía en las comunicaciones de Espíritus desorientados y turbados; para bastantes de ellos los decenios, los siglos, parecen discurrir a un ritmo distorsionado; así, pues, en ocasiones al interrogar a algunos Espíritus, desencarnados hace muchos decenios, éstos no parecen ser conscientes de que ha transcurrido ese largo lapso de tiempo, aunque, también es verdad que otros muchos de ellos viven la sensación contraria; es decir, del transcurrir del tiempo con gran lentitud, como si sus penas y dificultades debieran ser eternas. Ciertamente esa diferente manera de vivir el paso del tiempo, puede producir situaciones de incomprensión entre ambos planos de vida.

D.K. – La culpa será desarrollada en el nivel hominal. Disponiendo de la capacidad de analizar, comparar y decidir, la persona ejercerá o sufrirá la acción recíproca del acto y de la respuesta. Pero, sobre todo, descubrirá al otro. Es en ese descubrimiento y en esa relación conflictiva y al mismo tiempo esencial que ella desenvuelve el sentido moral, discrimina entre lo correcto y lo errado, entre el bien y el mal, que, por eso mismo, son relativos al grado evolutivo.

F.E. – La culpa es una de nuestras más fieles y fecundas compañeras, a lo largo del camino evolutivo. En la resolución de conflictos, en la asunción de las culpas reales, en la lucha con las culpas imaginarias,… se fundamenta una buena parte de nuestro crecimiento.

D.K. – Esa moral es establecida por la autoridad, dentro de patrones creados por las necesidades de mantener un equilibrio relativo en las relaciones humanas, dentro del círculo en que se desenvuelven y también para garantizar el poder.

“Ahí nacen las nociones sobre el poder sobrenatural, la delegación de poderes a misioneros y profetas, que actuando como legisladores establecen las nociones de la culpa y del castigo.

“Aunque esos sean elementos históricamente encontrados en las civilizaciones de todos los tiempos, constituyen una moral relativamente mutable, adaptable.

F.E. – Muy ilustrativa es, a este respecto, la relación que Kardec realiza en su artículo “Las Aristocracias[12], sobre las diferentes fases por las que pasa el ejercicio del poder: desde las sociedades patriarcales hasta el futuro ejercicio de la autoridad por parte de la aristocracia intelecto-moral[13], aquella que aunará los beneficios de la mejor intelectualidad con la más acrisolada moral. A lo largo de la historia de la humanidad, ciertamente la noción de moralidad se adapta a las condiciones comprensivas mostradas por la población del momento.

D.K. – No se puede confundir la reciprocidad de la ley de causa y efecto, con la polarización entre culpa y castigo, que en una serie infinita limitaría drásticamente el desenvolvimiento del ser inteligente, perdido en la circularidad permanente.

“Solamente esa perspectiva podrá disolver la aparente contradicción entre el libre arbitrio, como instrumento de expansión y evolución del ser inteligente y la Ley. Esto es, no existen límites morales en la Ley. Los límites no están fuera, sino más bien delineados y funcionan inevitablemente dentro del universo personal, en los mecanismos de los condicionamientos y choque de valores como el miedo, el poder y todos los demás procesos de vivencia y conflicto que el Espíritu enfrenta.

F.E. – Excelente exposición sintética, por parte del Dr. Regis, sobre la imprescindible diferenciación de los dos binomios: culpa-castigo y causa-efecto.

La culpa y el castigo son la expresión de sociedades represoras, que manifiestan su control sobre las masas a través de la potenciación de esos dos elementos. Elementos que, como bien matiza el autor, acabarían por maniatar el desenvolvimiento de las personas. Sin embargo, la causa y el efecto no tienen, no deberían tener, esas connotaciones: el efecto no es un castigo; el efecto es una consecuencia natural de los hechos acaecidos. En cuanto a la causa, ésta puede ser, en múltiples ocasiones, hija de la ignorancia que no de la malevolencia. El contraste entre ambos binomios es claro. Cuando la humanidad adapte sus leyes y normas de convivencia a la acción del segundo de ellos (causa-efecto), la preponderancia de los sentimientos culpables y de los efectos sólo represores del castigo desparecerán por completo, y las personas cambiaremos la represión de la culpa por la comprensión de la relatividad evolutiva de cada cual y la aceptación inevitable de las consecuencias de nuestros actos.

4.Culpa y pecado

D.K. – Es preciso separar el entendimiento sobre la cuestión de la culpa que se produce como consecuencia de las desviaciones morales de la institución del pecado.

“De modo general las iglesias fundamentaron la moral como una acción directa de la divinidad, dentro de escalas diferentes. Introdujeron el pecado como acto de transgresión de la ley divina, y, por lo tanto, sujeto al juicio y al castigo, también divinos.

F.E. – Este ha sido el “quid” de la cuestión. Al asimilar el pecado como siendo una ofensa a la Divinidad, la culpa, y especialmente el castigo, quedaban dominados por el contexto religioso imperante en cada época y región. Por lo tanto, el acompañante natural de esa situación era el miedo cerval, ya que se había ofendido a Dios. En cambio, transformado el “pecado” en responsabilidad -por parte del Espiritismo-, el miedo pasa a convertirse en la aceptación de la consecuencia negativa derivada de la responsabilidad. Al no haber ninguna “ofensa a Dios”, la situación revierte en un esfuerzo, tan grande como sea necesario -al alcance de todo el mundo, con determinación y voluntad- por enmendar esos yerros del pasado.

D.K. – “El pecado original justifica el enjuiciamiento a priori de la naturaleza moral de la persona y de sus actitudes. Esa predisposición inherente al alma, crea el conflicto de las realidades de cada criatura y las exigencias de la moral.

F.E. – Ciertamente la noción del “pecado original” atenta contra la concepción correcta de la Divinidad y, como indica el autor, deviene en conflictos entre el ser humano y la moral. El pecado original es inadmisible desde la perspectiva de la existencia de una “Inteligencia Suprema, Causa Primera de todas las cosas[14]; esa Inteligencia no podría condenarnos, antes de tener oportunidad de equivocarnos por nosotros mismos, no podría condenarnos -repetimos- a una carga culpable inicial, culpa perpetrada por no se sabe bien quién (la figura de Adán no pasa de ser, probablemente, un simbolismo). Siendo Dios Equidad, Justicia y Amor, la noción de pecado original queda totalmente fuera de lugar.

D.K. – “La moral, entretanto, no siempre en armonía con la Ley Natural, es una construcción social, teológica o comunitaria, que establece reglas, hábitos, modos de pensar y de juzgar.

“Errar es humano se dice, pero en general promueve el castigo como respuesta. Ese castigo, en la visión dinámica, representa la necesidad de restablecer el equilibrio que la acción provocó, sea en sí mismo, sea en la relación con el otro.

“Ya el pecado, en sus diversos grados, es un acto contra Dios. Uno es el sentimiento mutable de la culpa como consecuencia de haberse infringido los valores que fueron elegidos personal o colectivamente, otro es la transgresión del mandato divino.

“El modelo de la Doctrina Kardecista rechaza totalmente esa visión, como es evidente. Porque la Ley Natural no es moral. El universo no tiene propósitos restringidos o punitivos. Aunque no haya posibilidad de entender todos los matices de la vida, nada en la naturaleza autoriza el modelo de pecado y castigo.

F.E. – En estos párrafos anteriores, el Dr. Regis abunda con mucho acierto en los conceptos ya expresados en los anteriores parágrafos. Sin embargo es de resaltar la siguiente frase: “la Ley Natural no es moral”. De entrada, no parece factible deslindar los conceptos de ley natural, de ley divina y de ley moral (véase al respecto el cap. I, del Libro III de “El Libro de los Espíritus”: “Ley divina o natural”). Sin embargo, el Dr. Regis ya expresaba[15]:

“La Ley Natural expresa la sabiduría divina, con mecanismos extremadamente competentes, estableciendo el ritmo y la sucesión de los factores con el fin de ecuacionar, en el universo energético, tanto cuanto en el universo inteligente, el principio del equilibrio, actuando a través de la ley de causa y efecto o de acción y reacción, herramienta de búsqueda del equilibrio, a través de  la reciprocidad de los factores” (el resaltado es nuestro).

Ciertamente, la ley de causa y efecto, o de acción y reacción (a través de la cual actúa la Ley Natural, como expresa el autor), es eminentemente una ley de moral aplicada. ¿Qué podría querer manifestar, pues, el Dr. Regis con esa afirmación de que la Ley Natural no es moral? Tal vez, quería expresar que, hasta cierto punto, la Ley Natural es neutra: a una acción, del signo que sea, corresponde una reacción del mismo signo, de una manera cuasi mecánica, sin que en todo ello deba intervenir ningún censor moral; sería, pues, una Ley en el marco de la cual los Espíritus transitamos, aprendiendo, evolucionando, amparados siempre por la actuación automática de la Ley Natural (actuante a través de la Ley de Causa y Efecto); Ley totalmente alejada de los conceptos de pecado y de castigo.

5.El Salvador

D.K. – “La Teología cristiana exige la presencia de un salvador, porque la humanidad está, según ella, naturalmente condenada.

“La transferencia de la fragilidad humana hacia dioses sobrenaturales es parte de las civilizaciones. La creencia cristiana, además de Dios, designó a Jesús de Nazaret como el Salvador. Históricamente quienes buscaban un salvador, un mesías, eran los judíos. La transferencia de la cultura judaica como base de la teología cristiana trajo también el mito del mesías.

“Por eso, la Iglesia formó el embrollo de la santísima trinidad, como escape para los problemas de la divinidad, concibiendo la teoría de la unidad en la triplicidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde la figura de Jesús ocupa el lugar del hijo y del padre.

“Jesús de Nazaret, líder judío fue transformado en el mesías, o sea en Jesucristo, parte de la santísima trinidad. El principio y el fin.

“En “El Libro de los Espíritus” encontramos:

“625 – ¿Cuál es el tipo más perfecto que Dios ofreció al hombre para servirle de guía y modelo?

“Ved a Jesús.

“Allan Kardec coloca un comentario consecuente con la cultura cristiana afirmando que Jesús es para el hombre el tipo de perfección moral a que puede aspirar la humanidad en la Tierra.

“Basados en esa simple expresión, los religiosos que se unieron al Espiritismo, incluyendo a los espíritus desencarnados comprometidos secularmente con la Iglesia, no percibieron que la respuesta coloca a Jesús en el nivel humano y lo retira del nivel divino. Sin embargo, la presión de los residuos cristianos en las mentes, distorsionó el rumbo de las cosas y el Nazareno fue introducido como “Nuestro Señor Jesucristo” entre los espíritas, de la misma forma como es entendido en las iglesias cristianas.

“En la visión evolucionista de este modelo, no hay lugar para un Salvador. Pero, positivamente hay lugar para las lecciones de Jesús de Nazaret. En sus lecciones Allan Kardec buscó la directriz segura para el desenvolvimiento ético y moral que el Espiritismo propone.

F.E. – Evidentemente, en el Espiritismo no cabe de ninguna manera la idea de un Salvador. En primer lugar, porque no hay nadie que necesite ser “salvado”, ya que no hay nadie que esté “perdido”. Siempre estamos bajo la tutela de la Ley Natural, Ley que no puede admitir la noción de “pecado original” o la noción de que alguien pueda estar al margen del progreso universal. Además, sería absurdo pensar que para Dios alguna de sus criaturas pudiera estar “perdida”, si no mediara la actuación de un hipotético Salvador.

Por otra parte, hay que reivindicar el auténtico papel de Jesús. Jesús es un Espíritu Superior, probablemente vinculado al equipo directivo de este planeta; pero, no es un ser especial (el unigénito del Padre, como le llaman algunos), sino un ser que ha evolucionado como nosotros mismos hacemos. Aquellos que insisten en colocar un halo divino a Jesús, lo que realmente hacen es alejarlo de la humanidad: a un Jesús-Dios no podemos verlo con cercanía y además no podríamos tomarlo como ejemplo; en cambio, a un Jesús-hombre podemos verlo como a uno de los nuestros, evidentemente más inteligente y más bondadoso que nosotros, pero humano como nosotros, y digno de ser observado como ejemplo a seguir.



[1] Recordemos al respecto el texto de la primera pregunta que Kardec propone en “El Libro de los Espíritus”: “¿Qué es Dios?: Dios es la inteligencia suprema, causa primera de todas las cosas”. Tanto el matiz de la pregunta (Qué, en lugar de quién) como la sobriedad y precisión de la respuesta, son verdaderamente admirables.

[2] Todo ello a pesar de que, realmente, Allan Kardec no dejó clara (al menos de forma explícita, aunque sí -pensamos- de forma implícita) su posición con respecto de la filiación religiosa, o no, del Espiritismo.

[3] Jesús como hombre, como espíritu adelantadísimo y no como Dios; Jesús como filósofo (el “filósofo por excelencia”, como lo denominó Carlos Brandt) y no como líder religioso.

[4] Conciencia, como siendo el conocimiento íntimo del bien y del mal. Es castellano puede diferenciarse de consciencia, que sería nuestra capacidad como seres humanos de vernos y reconocernos como tales.

[5] Suponemos que Kardec debe referirse a lo realizado a través de la  llamada “revelación” espiritista.

[6]No insistiremos en el tema del “cuerpo mental” que propone el Dr. Regis (véase nuestro comentario al Cap. II de la 2ª parte de este opúsculo)

[7] En los antiguos libros de contabilidad aparecían dos columnas tituladas “Debe” y “Haber” donde se consignaban los conceptos y cantidades, de lo que la empresa tenía a su favor como ingresos o, en su contra, como pagos.

[8] Remitimos a los lectores al artículo inserto en nuestra página web (sección “Archivo”) titulado: “Del animal… al ser humano.”; artículo publicado originalmente en Flama Espirita núm. 64 (noviembre/diciembre 1991).

[9] Definición de la Real Academia Española de la Lengua

[10] Definidas por: las inevitables consecuencias del pasado, por las necesidades del aprendizaje y, evidentemente, por  nuestro obrar en las diferentes fases que vamos atravesando.

[11] Por Espíritus sencillos, normales, entendemos que son aquellos de no mucha evolución, como somos la mayoría de los que estamos encarnados en este planeta.

[12] En “Obras Póstumas”.

[13] De la que, sin duda, aún estamos lejos de que aparezca en las élites dirigentes de nuestra sociedad.

[14] “El Libro de los Espíritus”, pregunta núm. 1.

[15] Ver el capítulo I de este opúsculo: “Dios y la ley natural”.

 

Imagen EL AUTOR, DOCTOR JACI REGIS

Capítulo III – El Modelo Espirita

1. Dificultades y ambigüedades

 

D.K. – “Al afirmar que “Para las cosas nuevas se necesitan nuevas palabras. Así lo requiere la claridad en el lenguaje, con el fin de evitar la confusión inseparable del sentido múltiple dado a los mismos términos” (“El Libro de los Espíritus”-Introducción), Allan Kardec pretendía proteger las ideas espiritas que lanzaba, de los vicios del lenguaje cristiano. Él sabía de la fuerza y del poder de las palabras, y el lenguaje cristiano estaba clara y perfectamente establecido en la cultura y en la mente de las personas, condicionadas por la autoridad religiosa, por el peso de la verdad revelada y reafirmada milenariamente.

 

Por eso, él quería desvincular el lenguaje espirita del lenguaje católico, el cual, en esencia, contraría el sentido revolucionario del Espiritismo.

 

F.E. – No es fácil -al menos para nosotros- discernir exactamente cuál era la intención última de Kardec al proponer nuevas palabras para definir nuevos conceptos. No nos atreveríamos a afirmar si lo hizo para desmarcarse, en forma exclusiva, de las definiciones cristianas o, simplemente, lo hizo para concretar de forma inequívoca el significado de esos conceptos.  A la vista del párrafo siguiente, cuando Kardec discurre acerca del significado de la palabra alma (“El Libro de los Espíritus”, Introducción, II), nos inclinaríamos por la segunda posibilidad; es decir, que simplemente definió para concretar: “Puesto que la palabra alma ha de aparecer con frecuencia en el transcurso de esta obra, importaba determinar con precisión el sentido que le damos, a fin de evitar todo posible equívoco.” Evidentemente, al definir también se estaba alejando, de forma inevitable, de las concepciones religiosas de estos conceptos.

Encontramos muy acertado resaltar el aspecto revolucionario del Espiritismo. Sin duda el Espiritismo ha de obrar –cuando la madurez de los espíritus encarnados en este planeta, así lo propicie- una verdadera revolución en la forma de entender la vida y el encaje de esos formidables temas como son: libertad, igualdad, fraternidad, justicia, progreso y responsabilidad.

D.K. – “Afirmando que el Espiritismo era “una ciencia objetiva”, él tenía la intención de crear un universo lingüístico que justificase la “revolución” que se proponía realizar. Sin embargo, a pesar de su innegable talento y determinación, su deseo de crear un nuevo lenguaje, una forma nueva de nombrar la naturaleza, la persona y el futuro, no pudo concretarse.

 

F.E. – No somos capaces de recordar en qué texto de Kardec se menciona que el Espiritismo es una ciencia objetiva. Sin embargo, podemos ahondar un poco en esta cuestión. ¿Qué hemos de entender por “ciencia objetiva”? A bote pronto, lo primero que se nos ocurre es relacionar esa expresión con las ciencias exactas y naturales (Matemáticas, Física, Química, Geología, Botánica,…); ¿podríamos incluir el Espiritismo en ese conjunto de ciencias? Evidentemente no, ya que “El Espiritismo es al mismo tiempo una ciencia de observación y una doctrina filosófica. En cuanto ciencia práctica, consiste en las relaciones que es posible establecer con los Espíritus. Como filosofía, abarca todas las consecuencias morales que de dichas relaciones emanan” (¿Qué es el Espiritismo?, Preámbulo). Por lo tanto, y teniendo en cuenta quienes son los sujetos de esa investigación científica en el Espiritismo[1], o sea los Espíritus, la ciencia espiritista más bien se acerca al ámbito de las ciencias humanas (Antropología, Psicología, Filosofía, Sociología,…). Lo que sí debe prevalecer es la asunción de trabajar bajo los preceptos del método científico, lo que nos evitará caer en las redes de la credulidad, de los endiosamientos y de las falacias de ciertos Espíritus.

 

D.K. – “No consiguió mantener un lenguaje estrictamente revolucionario del pensamiento espirita. Después de “El Libro de los Espíritus” y de “El Libro de los Médiums”, a partir de 1864, él editó una serie de libros típicamente volcada hacia las bases de la religión católica: “El Evangelio según el Espiritismo”, “El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina según el Espiritismo” y “La Génesis o los Milagros y las Predicciones según el Espiritismo”.

 

F.E. – Es verdad que, después de la publicación de las obras básicas del Espiritismo: “El Libro de los Espíritus”, “El Libro de los Médiums” y “¿Qué es el Espiritismo?” [2], Allan Kardec parece dar un giro evidente a la índole de los temas a tratar. Ello nos ha de llevar a preguntarnos por qué se dio este, por lo menos aparente, cambio de criterio.

Y a propósito de este comentario, insertamos a continuación este texto con el fin de poder expresarnos con mayor amplitud:

*

KARDEC Y EL CRISTIANISMO

David Santamaría

dsantamaria@cbce.info

 

Muchas veces nos hemos preguntado la razón de este cambio de orientación en la temática expuesta por Kardec en sus obras, a partir de 1864. Cambio que se plasma especialmente a partir de su obra “Imitación del Evangelio según el Espiritismo”, publicada en abril de 1864[3].

Jaci Regis afirma que tanto esta obra como las siguientes publicadas por Kardec están: “típicamente volcadas hacia las bases de la religión católica”. Realmente, esta es una de las opciones que pueden barajarse para intentar entender su publicación. Es perfectamente posible que Kardec intentara acercar los principios espiritistas a los creyentes cristianos, y ¿qué mejor manera de hacerlo que incidiendo en los aspectos menos polémicos de la vida de Jesús -es decir, en la faceta moral- para empezar este acercamiento[4]? ¿Sería ello contraproducente o fuera de lugar? En sentido estricto, no. No podemos olvidar que los aspectos morales se tornan más comprensibles desde la óptica del Espiritismo. Por ello, a priori, no pareciera fuera de lugar la intención de Kardec. Sin embargo, a través de la obra, nos encontramos con algunos párrafos que llevan a confundir los ámbitos espiritista y cristiano en uno solo; por ejemplo:

“El Espiritismo bien comprendido, pero sobre todo, bien sentido, conduce forzosamente a los resultados (…) que caracterizan al verdadero espiritista como al verdadero cristiano, siendo los dos una misma cosa. El Espiritismo no viene a crear una moral nueva; facilita a los hombres la inteligencia y la práctica de la de Cristo, dando una fe sólida e ilustrada a los que dudan o vacilan.” (“El Evangelio según el Espiritismo”, cap XVII, núm. 4)

O sea, que verdadero espiritista y verdadero cristiano serían una misma cosa. Ciertamente no estamos de acuerdo con esta apreciación, ya que cerraría la puerta de esta Idea Universal que es el Espiritismo a personas de otras procedencias, religiones o credos. Como ya enseñaba el pionero espiritista español, José María Fernández Colavida: “el Espiritismo ha de serlo a secas, sin adjetivos calificativos como cristiano o francés.”

Otro texto que siempre nos ha llamado poderosamente la atención es la comunicación -del Espíritu de Verdad- inserta al principio de esta obra. Anotó Kardec a pie de página: “Esta instrucción, obtenida mediúmnicamente, resume a la vez el verdadero carácter del Espiritismo y el objeto de esta obra, por cuya razón ha sido puesta aquí como prefacio”. Veamos el texto de esta comunicación:

“Los espíritus del Señor que son las virtudes de los cielos, se esparcen por toda la superficie de la tierra como un ejército inmenso, apenas han recibido la orden; parecidos a las estrellas que caen del cielo, vienen a iluminar el camino y a abrir los ojos a los ciegos.

 

En verdad os digo, que han llegado los tiempos en que todas las cosas deben ser restablecidas en su verdadero sentido, para disipar las tinieblas, confundir a los orgullosos y glorificar a los justos.

 

“Las grandes voces del cielo retumban como el sonido de la trompeta, y se reúnen los coros de ángeles. Hombres, os convidamos a este divino concierto; que vuestras manos pulsen la lira; que vuestras voces se unan y que en himno sagrado se extiendan y vibren de una a otra parte del Universo.

 

“Hombres, hermanos a quienes amamos, estamos a vuestro lado: amaos también unos a otros, y decid desde el fondo de vuestro corazón, haciendo la voluntad del Padre que está en el cielo: ¡Señor! ¡Señor! y podréis entrar en el reino de los cielos.” (Todos los resaltados son nuestros).

La verdad es que no reconocemos en esta comunicación los elementos distintivos de esa ciencia que es el Espiritismo. Comentemos brevemente los resaltados:

  • Se supone que las “virtudes de los cielos” deben ser los espíritus superiores. Esa nomenclatura es extraña al Espiritismo.
  • “en verdad os digo”, es una manera de firmar inequívocamente la comunicación. Nos cuesta creer que, en la actualidad, Jesús empleara los términos contenidos en este mensaje.
  • “los coros de ángeles”. Los ángeles, tal y como enseña el Espiritismo no existen. Este lenguaje -que, hemos visto reflejado actualmente en libros que se presentan como espiritistas- no es propio del Espiritismo y no debería usarse en su contexto.
  • “haciendo la voluntad del Padre que está en el cielo”: Dios no está en el cielo, ya que el “cielo” de las religiones no existe. Dios está en toda la Naturaleza.
  • “podréis entrar en el reino de los cielos”. No se “entra” en los mundos espirituales superiores sino por el trabajo, el esfuerzo y la depuración personal; nunca por las alabanzas que se prodiguen a la Divinidad (“¡Señor! ¡Señor!”).

Realmente, no encontramos en esta comunicación el “verdadero carácter del Espiritismo”. Y, sin embargo, en este libro en cuestión encontramos capítulos magníficos y comentarios doctrinales correctísimos y muy interesantes. Una cosa no quita la otra. Podemos estar en desacuerdo con algunos planteamientos estructurales y, no obstante, reconocer los valores intrínsicos de la obra.

A pesar de todo lo antedicho, la pregunta sigue en pie: ¿Por qué cambió Kardec el rumbo estructural del Espiritismo?

Tal vez, y pensamos que no podemos descartar esta hipótesis, no hubo realmente un cambio de rumbo, sino la aplicación de un plan bien delineado. En primera instancia se cimentó un edificio doctrinal impecable sustentado en “El Libro de los Espíritus” y en “El Libro de los Médiums”. En segundo lugar parece haber habido una aproximación a los aspectos más cercanos de las religiones cristianas, tal vez para asegurar la pervivencia de la idea. Es innegable, como resalta Jaci Regis más adelante, que el Espiritismo en Europa estaba condenado a su práctica desaparición, a pesar de su espectacular crecimiento en sus primeros decenios de vida. El Espiritismo nació en el lugar idóneo, Paris, en el momento adecuado, mediados del gran siglo de los grandes descubrimientos. Pero, con toda seguridad, los Espíritus colaboradores de Kardec debieron prever su declive en algunas décadas. Posiblemente la mejor manera de asegurar su continuidad era ligándolo a aspectos religiosos, para, en un futuro más o menos lejano, recuperar su pureza doctrinaria.

Análogamente hubiera pasado seguramente con la doctrina de Jesús. Si las enseñanzas de aquel gran Espíritu hubieran quedado circunscritas al pueblo judío, probablemente hoy en día no sabríamos ni siquiera quién fue Jesús. Pero, el empuje de aquel importante apóstol que fue Pablo, predicando a infieles, y alejándose de las fronteras judías, propició que la estela de Jesús –con la inevitable alteración de sus ideas por parte de los diversos procesos religiosos- llegara, más o menos pura, hasta nuestros días.

Es probable que el paso por el contexto religioso sea una circunstancia inevitable y necesaria para el posterior desarrollo, en sus delineamientos originales.

Evidentemente, todo lo antedicho es sólo una opinión personal.

*

D.K. – “La argumentación es ciertamente espirita, pero el intento de dar una explicación racional a la fe, adjetivando o usando los términos católicos ayudó posteriormente a confundir las cosas… Al afirmar que “Es con razón, pues, que el Espiritismo es considerado como la tercera de las grandes revelaciones” (“La Génesis”, cap. 1, núm. 20) incluyendo al Espiritismo en el supuesto cronograma de las revelaciones divinas dentro del universo cristiano, aprisionó la doctrina al lenguaje católico.

 

F.E. – Concordamos con la opinión del Dr. Regis. El Espiritismo no es la Tercera Revelación, ya que no podemos olvidar las muy relevantes enseñanzas obtenidas en otros pueblos, enseñanzas como el Islamismo, el Budismo, la Filosofía Yogui.

 

D.K. – “Eso se tradujo en una mezcla de palabras y significados que, después del fracaso del Espiritismo en Europa, permitió a los místicos católicos brasileños que empuñaron la bandera del Espiritismo, crear un “Espiritismo a la brasileña”, básicamente una religión en el sentido usual de la palabra, defendiendo y manteniendo los símbolos y significados del catolicismo.

 

“La bandera que bien alto enarbolamos es la del Espiritismo cristiano y humanitario[5]”, escribió Kardec en “El Libro de los Médiums”, (cap. XXIX, núm. 350). Podemos hacer muchas conjeturas acerca de cual era su intención al escribir de esa forma, pero lo que importa es que la expresión “Espiritismo cristiano” se tornó, en Brasil, la identificación misma del Espiritismo.

 

F.E. – Evidentemente encontramos mucho más correcta y universal la expresión “Espiritismo humanitario”, aunque, como ya decíamos más arriba, el Espiritismo no necesita de adjetivos.

 

D.K. – “Los que se adhirieron al movimiento espirita sin desvincularse de la marca católica, eligieron a Jesucristo, idealizado por la Iglesia, como el salvador, manteniendo lazos firmes con el catolicismo, aunque lo considerasen un espíritu encarnado, sujeto a la evolución, y no un dios.

 

F.E. – Pero, a pesar de que tengan claro que se trata de un Espíritu, no por ello dejamos de encontrar textos en los que, prácticamente, se diviniza la figura de Jesús, lo cual sin duda, resta cercanía a esa gran figura de la humanidad.

 

2. “El Cielo y el Infierno”

 

D.K. – “Ningún libro de Allan Kardec muestra las dificultades y ambigüedades de la falta de un nuevo lenguaje y de nuevos conceptos desvinculados de la Iglesia, que “El Cielo y el Infierno”.

 

Editado en 1865, con el subtítulo “La Justicia Divina según el Espiritismo”[6] el libro aborda la propuesta del catolicismo sobre las penas futuras. En él, Allan Kardec analiza los postulados católicos, dando una explicación espirita a los fundamentos del catolicismo sobre el futuro del alma después de la muerte, o sea, los castigos en el infierno y las recompensas en el cielo.

 

En la primera parte, el autor habla de la muerte, del porvenir, del cielo, del infierno y del purgatorio según la Teología Cristiana. Hace un malabarismo teórico, sin rechazar propiamente esa Teología, pero intentando darle una explicación diferente.

 

Esa postura contraría lo que él escribió en la primera línea de “El Libro de los Espíritus”: “Para las cosas nuevas se necesitan nuevas palabras”. Insiste en mantener los términos católicos para explicar la justicia divina, y eso se traduce en contradicciones como la que se presenta cuando afirma: “En esa inmensidad sin límites, ¿dónde está, pues, el Cielo? Está en todas partes”[7], lo cual muestra una relación dudosa con la localización física del cielo, recorriendo un camino que lo relaciona con la antigua idea del cielo arriba y del infierno abajo y la Tierra estacionada.

 

A continuación, elige los mundos superiores como una especie de cielo: “La vida en los mundos superiores es ya una recompensa (…) Allí imperan la verdadera fraternidad, porque no hay egoísmo; la verdadera libertad, porque no hay orgullo; la verdadera igualdad porque no hay desordenes que reprimir, ni ambiciosos que quieran oprimir al débil. Comparados con la tierra aquellos mundos son verdaderos paraísos, son etapas del camino del progreso que conduce al estado definitivo”.[8]

 

Sería ese el cielo del Espiritismo, en sustitución del cielo católico. Es evidente que las motivaciones son otras, pero el lenguaje es semejante y condicionante.

 

De la misma forma, afirma: “El Espiritismo no viene, pues, a negar la penalidad futura (…). Lo que destruye es el infierno localizado con sus hornos y sus  penas irremisibles. No niega el purgatorio, puesto que prueba que estamos en él…[9]

 

Elige el plano extra físico como el lugar donde esas penalidades serían aplicadas: “En el estado espiritual, sobre todo, el espíritu recoge los frutos del progreso logrados  por su trabajo durante la encarnación.”[10]

 

En definitiva, queda una masa indiferenciada.

 

 

F.E. – A pesar de todo lo antedicho por el Dr. Regis, “El Cielo y el Infierno” es una obra muy interesante, con la salvedad de los párrafos y expresiones controvertidos que acabamos de leer. Recomendamos especialmente la lectura de los siguientes capítulos de la primera parte:

  • I:    “El futuro y la nada”
  • II:   “El miedo a la muerte”
  • VI:  “Doctrina de las penas eternas”
  • VII: “Las penas futuras según el Espiritismo”
  • XI:  “Acerca de la prohibición de evocar a los muertos”

En cuanto a la segunda parte, toda ella es grandemente interesante:

  • I:     “La transición” En este capítulo, Kardec nos explica todo lo que ocurre en el momento de la muerte.
  • II:    “Espíritus felices”
  • IV:   “Espíritus en sufrimiento”
  • VI:   “Criminales arrepentidos”
  • VII:  “Espíritus endurecidos”
  • VIII: “Expiaciones terrenales”

Es muy conveniente una lectura atenta de las comunicaciones que componen la segunda parte de esta obra. Especialmente recomendables son los comentarios insertos por Allan Kardec. O sea, son comunicaciones interesantes comentadas por el Fundador del Espiritismo. No se puede pedir más.

 

D.K. – “¿Qué movió a Kardec a esa posición conciliatoria, procurando dar razones a la Teología, apenas creyendo que hubo una equivocación? ¿Sería todo una cuestión de palabras?

 

En verdad, según el Espiritismo, no existen el cielo, el infierno ni el purgatorio.

F.E. – Estamos totalmente concordes con estas aseveraciones. Y, abundando más, deberíamos -en el contexto espiritista, especialmente el divulgativo- evitar tales expresiones. El Espiritismo puede denominar con precisión cualquiera de esos conceptos sin necesidad de recurrir a las tipificaciones cristianas. Por ejemplo, para hablar de…, se podría decir…:

  • el infierno ► mundos inferiores
  • el purgatorio ► muchas situaciones de la erraticidad y la encarnación en mundos inferiores
  • el cielo ► mundos superiores
  • los demonios ► espíritus ignorantes, malvados, atrasados, inferiores…
  • ángeles y arcángeles ► espíritus instruidos, ilustrados, superiores…
  • recompensas ► situaciones positivas derivadas de un correcto comportamiento
  • castigos ► consecuencias negativas de nuestros errores
  • “rescate”, “pago” de deudas ► reequilibrio, neutralización, compensación de errores pasados
  • “dar luz”, “hacer caridad” a espíritus perturbados ► orientar a espíritus perturbados
  • “practicar”, “hacer” Espiritismo ► realizar reuniones mediúmnicas

 

D.K. – “Remendar paño viejo con paño nuevo es incompatible, ya lo dijo Jesús de Nazaret.[11]

 

Ángel no puede ser sinónimo de Espíritu puro.

 

F.E. – Unas palabras más acerca de los ángeles. En este momento los ángeles están de moda, en muchos contextos culturales y pseudo culturales de nuestro mundo. Y, parece, que esta moda también se acerca al Espiritismo. Repetimos, los ángeles, arcángeles y serafines no existen; de existir, serían unos seres especiales y, en Espiritismo, lo único que nos diferencia es el grado evolutivo, nada más.

Por todo ello, debe evitarse cuidadosamente la mención de estos conceptos en nuestras Asociaciones espiritistas, especialmente en lo que respecta al contexto divulgativo. De lo contrario se están confundiendo conceptos y se está induciendo a error a quienes nos escuchan o leen. En aras de la buena voluntad, no vale todo y no puede aceptarse todo, y si alguien, en nuestro ámbito, se empeña en divulgar estas inexactitudes hay que hacérselo entender y no propiciar con nuestra colaboración la diseminación de esas concepciones extrañas al Espiritismo.

 

D.K. – “El diablo no puede ser justificado como la condición de un espíritu imperfecto u obsesor.

 

El purgatorio no tiene sentido en la justicia divina, según el Espiritismo.


[1] “Las ciencias comunes se basan en las propiedades de la materia, que se puede experimentar y manipular a voluntad. Los fenómenos espiritas se fundan sobre la acción de Inteligencias que poseen su propia voluntad y nos prueban a cada instante que no están a disposición de nuestro capricho. Por tanto, las observaciones no pueden realizarse de la misma manera, sino que requieren condiciones especiales y otro punto de partida. Pretender someterlas a nuestros procedimientos de investigación convencionales equivale a establecer analogías inexistentes. En consecuencia, la ciencia propiamente dicha, como tal, es incompetente para pronunciarse sobre el Espiritismo.” (“El Libro de los Espíritus”, Introducción, VII)

[2] “Qué es el Espiritismo” se revela como una de las obras que con más atención reeditó Allan Kardec. La fue completando, en sus sucesivas ediciones, con numerosas referencias a sus otras obras. Al final del extensísimo capítulo primero de este libro, el propio Kardec recomienda su lectura como obra de iniciación al conocimiento espiritista: “La primera lectura es la del presente volumen, que expone el conjunto y los puntos más salientes de esta ciencia. Con eso es posible ya formarse una idea general y persuadirse de que en el fondo hay algo de serio. En esta rápida exposición nos hemos dedicado a señalar los puntos en que se debe concentrar particularmente la atención del observador. El desconocimiento de los principios básicos del Espiritismo es la causa de las falsas apreciaciones hechas por la mayoría de aquellos que están juzgando algo  que no comprenden, o que lo hacen conforme a sus preconceptos.”

[3] Segunda edición en 1865, ya con su título definitivo: “El Evangelio según el Espiritismo”

[4] “En cinco partes pueden dividirse las materias que los Evangelios contienen: Los actos ordinarios de la vida de Cristo, los milagros, las profecías, las palabras que sirvieron para establecer los dogmas de la iglesia, y la enseñanza moral. (…) Esta parte es el objeto exclusivo de la presente obra” (“El Evangelio según el Espiritismo”, Introducción,1)

[5] Texto resaltado en el original francés.

[6] Desde un punto de vista purista este subtítulo “La Justicia Divina según el Espiritismo”, hubiera sido un excelente    título para esta obra.

[7] “El Cielo y el Infierno”, cap. III, núm. 18

[8] “El Cielo y el Infierno”, cap. III, núm. 11

[9] “El Cielo y el Infierno”, cap. V, núm. 8

[10] “El Cielo y el Infierno”, cap. III, núm. 10

[11] “Nadie echa remiendo de paño recio en vestido viejo; de otra manera el mismo remiendo nuevo tira del viejo, y la rotura se hace peor” (Marcos, 2, 21)