PRÓLOGO DEL AUTOR

    Cuando,  en marzo de 1896, tuve la idea de bosquejar de prisa una breve noticia biográfica de Allan Kardec,  me propuse presentar solamente –en ocasión del 31 de marzo,  aniversario de su desencarnación–una plática para los amigos de la Federación Espiritista Lionesa.  Lionés por adpción y dirigiéndome a un público asimismo lionés,  realicé  aquel trabajo casi teniendo en cuenta exclusivamente el auditorio a que estaba destinado.  Además,  no abrigaba la intención de dar a publicidad esa plática,  que no fue editada sino por las mismas instancias de mis amigos.  Y como la edición que hize entonces se hallara desde mucho atrás agotada,  a consecuencias de numerosos pedidos me propuse dar a publicidad una segunda entrega, subrayando lo mejor posible las lagunas de que la anterior adolecía.

    Para llegar a este resultado me dirigí a los escasos sobrevivientes que habían estado en intimidad con el Maestro,  pero,  ya sea que su memoria les fuese infiel,  o bien que no quisieran exhumar recuerdos de cuarenta años atrás,  todas las diligencias que realicé con tal objeto resultaron ineficaces.  Tuve entonces que recuerrir a otra fuente de información para obtener los elementos que precisaba,  a fin de ofrecer así una biografía menos escueta que mi primer ensayo.

    Algo que ha menudo me ha apenado y que he comprobado muchas veces a mi pesar,  durante los veinticinco años en que,  en mi carácter de presidente,  he dirigido los trabajos de la Sociedad Fraternal,  es la indiferencia que los espiritistas tenían por la lectura de la “Revista Espírita” de los primeros años de su publicación.  De esos años–1858 a 1869–en que esbozó Allan Kardec las obras fundamentales de la doctrina espiritista,  obras en que se percibe la ardiente fe y la convicción profunda que lo animaban:  fe y convicción que sabía él presentar con verdadera realidad comunicativa.

    Se suele creer,  sin razón,  que tales escritos han envejecido, que no son ya de actualidad y que,  habiendo luego progresado la idea a pasos agigantados,  esa lectura no ofrece en nuestros días interés alguno.  Profundo y lamentable error.  Los escritos de Kardec no han envejecido,  no han caducado;  antes bien,  conservan todo su vigor,  toda su oportunidad,  y por su límpida claridad son hoy,  más que nunca,  actuales.

    ¡Cuán sabios preceptos, qué prudentes y esclarecidos consejos,  cuántos ejemplos vividos abundan en esos doce primeros años de la “Revista Espírita” y  en mi opinión,  cuánto nos hemos equivocado al descuidar ese manantial de instrucciones referentes a toda cuestión que pueda preocuparnos,  relacionada con la doctrina espiritista!

    Para documentarme sobre Allan Kardec he vuelto a ese reconfortante peregrinaje,  es decir,  acabo de releer las páginas donde el Maestro trazaba diariamente,  impulsado por los hechos,  sus íntimos pensamientos,  sus reflexiones tan sensatas,  sus tan claros consejos,  de tal modo precisos y metódicos.  En cada línea de estas páginas se siente vibrar el alma del autor,  que se nos aparece vívido  tal cual fue siempre;  bueno,  generoso,  benévolo con todos,  incluso con sus enemigos;  no obstante ser atacado,  difamado y clumniado,  permanecía él tolerante y con calma,  respondiendo con argumentos irrefutables a los ataques dirigidos contra la doctrina espírita,  y pareciendo ignorar las invectivas y maldades que de todas partes llegaban hasta su domicilio.  Releyendo estas páginas he comprendido mejor y admirado más a Allan Kardec,  y con reproducir las perlas,  joyas y diamantes que hay en este rico joyero,  me será más fácil hacerlo conocer,  de modo que esta biografía se convierta en una autobiografía en la cual,  mediante resúmenes tomados de lo vivo,  Allan kardec vendrá como a pintarse a sí mismo y se revelará tal cual fue siempre:  pensador oprofundo,  leal y metódico;  escritor alerta y preciso; espiritista esclarecido y convencido,  afable y tolerante, esforzándose siempre por regular su conducta de conformidad con los principios que enseñaba a los demás y que personalmente practicaba.

    He aquí el hombre que dio al Espiritismo la bella divisa. “Fuera de la caridad no hay salvación”.  Tal regla no solamente la proclamó sino que la puso en práctica,  y su único deseo fue ver que también reglara la conducta de todos aquellos que se dicen y se creen espiritistas.

   

Imagen

Mi único mérito en este nuevo estudio sobre Allan Kardec se reduce,  pues,  a un trabajo de copista.  Seducido por la verdad,  grandeza y hermosura de ciertas enseñanzas del Maestro,  he creído poder extraerlas de los doce volúmenes en que están engarzadas, para someterlas a mis hermanos y hermanas en creencia,  sin otra pretensión ni otro deseo que hacerlas admirar también por ellos.

    Si bien este estudio no se dirige ya especialmente a los espíritas lioneses,  en razón del motivo que me guió en el primer trabajo,  no creo deber modificar su comienzo.

    Henri Sausse

Lyon, 31 de marzo de 1909.