EL FALLECIMIENTO DE ALLAN KARDEC por LUC ET MARIE-FRANCE GRUNTZ LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

ImagenTÚMULO DE ALLAN KARDEC, EN EL CEMENTERIO PÈRE LACHAISE DE PARÍS.

 

“Ha fallecido el Sr. Allan Kardec, se le entierra el viernes”
firmado por Emile Muller. La noche del 31 de marzo de
1869 los espíritas lioneses recibieron este lacónico telegrama,
llamado en la época “despacho”, firmado por este
amigo de Allan Kardec. Esta muerte, a la edad de sesenta
y cinco años, tan temprana, tan imprevista, fue una
sorpresa para todos sus amigos y parientes que quedaron
sumergidos en un doloroso estupor. El deceso, por
ruptura de aneurisma, ocurrió en su domicilio parisiense
del 59, pasaje Sainte-Anne entre las once y el mediodía,
cuando entregaba un ejemplar de la Revista Espírita a
un dependiente de librería que la acababa de adquirir.
Allan Kardec se desplomó sobre sí mismo sin pronunciar
una sola palabra, cuando estaba solo en su casa
ordenando papeles y libros para una próxima mudanza
a una casita en la avenida Ségur. Su portero, alertado
por los gritos del dependiente, lo levantó pero en vano.
Alexandre Delanne, que acudió a toda prisa, lo friccionó
y lo magnetizó, pero sin éxito, todo había terminado. Las
circunstancias precisas del fallecimiento fueron relatadas
por Emile Muller en una carta escrita la misma tarde del
31 de marzo. Pero recordemos por algunos instantes su
fragilidad cardiaca. Trabajador contumaz, Allan Kardec se
levantaba muy temprano en la mañana, hacia las 4:30 en
todas las estaciones, para responder el correo, preparar
sus discursos para las conferencias y recepciones, organizar
las sesiones de espiritismo del viernes… La fatiga se
había hecho presente desde hacía muchos años. Además,
desde 1868 se preparaba el proyecto de reorganización
de la Sociedad Espírita, que iba a ser reconstituida en
sociedad anónima sobre nuevas bases, para la explotación
de la librería, la Revista Espírita y sus libros. La puesta
en marcha de esta nueva sociedad se haría efectiva el 1 de
abril de 1869, en el 7 de la calle de Lille en París. A todo eso
se sumaban las cartas anónimas, los insultos, la denigración
sistemática, las traiciones; lo cual generaba heridas
incurables. Aunque preparado para vivir cien años, Allan
Kardec tenía un corazón de sensitivo; las injusticias, sobre
todo las de los espíritas charlatanes e inconsiderados le
habían horadado el corazón y lo habían debilitado. Fragilidad
confirmada, por otra parte, algún tiempo antes de
su muerte por un joven sonámbulo (traído por Alexandre
Delanne) que hacía diagnósticos notables. “¿Veis en mí un
órgano particularmente frágil?” La respuesta fue: “Sí señor,
el corazón”.
Los funerales
Allan Kardec fue sepultado dos días más tarde en el
cementerio Montmartre en medio de una enorme
multitud, entre mil y mil doscientas personas. Durante la
ceremonia civil, cuatro espíritas le rindieron homenaje en
discursos particularmente conmovedores. El primero en
expresarse fue el Sr. Lèvent, vicepresidente de la Sociedad
Espírita de París quien, en términos ajustados y verídicos,
hizo el elogio del maestro. Habló de su tacto, de su benevolencia,
de su lógica superior e inspirada, de su increíble
capacidad de trabajo, de sus preciosas obras convertidas
en clásicos y destinadas a una resonancia mundial.
Extractos: “¡Ah! Si, como a nosotros, os fuera dado ver en
esta masa de materiales acumulados en el gabinete de
trabajo de este infatigable pensador, si, con nosotros, hubierais
penetrado en el santuario de sus meditaciones, veríais
esos manuscritos, unos casi terminados, otros en ejecución
y finalmente otros apenas esbozados, esparcidos aquí y allá,
y que parecen decir: ¿dónde pues está trabajando nuestro
Maestro, siempre tan madrugador? ¡Ah! Más que nunca,
exclamaríais también, con acentos de disgusto tan amargos,
que casi serían impíos: ¿es preciso que Dios haya llamado
a Él al hombre que aún podía hacer tanto bien; a la inteligencia
tan llena de savia, en fin, al faro que nos ha sacado de
las tinieblas y nos ha hecho ver de otra manera este mundo
nuevo bien distintamente vasto, bien distintamente admirable
que el que inmortalizó al genio de Cristóbal Colón?
Este mundo, cuya descripción apenas había comenzado a
hacernos, y cuyas leyes fluídicas y espirituales presentíamos.
(…) Continuaremos pues tus labores, caro Maestro, bajo tu
efluvio benéfico e inspirador; recibe aquí la promesa formal.
Es la mejor muestra de cariño que podemos darte. En nombre
de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, no te decimos
adiós, sino hasta luego, hasta pronto”. Camille Flammarion
sucedió al Sr. Levent. El joven astrónomo de veintisiete
años habló del Espiritismo y la Ciencia. Recordó la obra de
Allan Kardec, ese pensador laborioso y subrayó el sentido
común encarnado del fundador del espiritismo científico.
“Pues, señores, exclamó, el espiritismo no es una religión,
sino una ciencia, ciencia de la que apenas conocemos el abc.
El tiempo de los dogmas terminó. La naturaleza abarca el
universo, y Dios mismo, que antiguamente se hizo a imagen
del hombre, no puede ser considerado por la metafísica
moderna sino como un espíritu en la naturaleza. La inmortalidad
es la luz de la vida, como este sol resplandeciente es la
luz de la naturaleza”.
Luego tomó la palabra, Alexandre Delanne, en nombre de
los espíritas de los centros alejados. Habló de este pionero
emérito, a quien los espíritas del mundo entero han dirigido
un gracias, repetido mil veces.
El último fue Emile Muller quien se expresó en nombre de
la familia y de los amigos: “Hablo, en nombre de su viuda,
de la que fue su compañera fiel y feliz durante treinta y siete
años, de una felicidad sin nubes ni confusión, de la que
compartió sus creencias y sus trabajos, así como sus vicisitudes
y alegrías, que sola hoy, está orgullosa de la pureza de
las costumbres, absoluta honestidad y sublime desinterés de
su esposo”. Pero Kardec también había sido el sabio Rivail.
Recordó pues una parte de esa actividad, cuya extraordinaria
utilidad y eficacia en el campo de la instrucción
pública, fueron destacadas.
El cuerpo de Allan Kardec no permaneció sino un año
en la parte baja del cementerio Montmartre, destinada a
ser retomada por la municipalidad en busca de terrenos
para construir. Amélie Boudet se puso de acuerdo con
la Sociedad para adquirir un lugar en el Père Lachaise
y hacer edificar un monumento en forma de dolmen
macizo, recuerdo de su vida de druida. La nueva sepultura
fue terminada el 31 de marzo de 1870.
Todos los periódicos de la época reseñaron la muerte de
Allan Kardec y trataron de calcular sus consecuencias. Si
bien algunos añadieron bromas sin consistencia, muchos
otros hicieron justicia a la memoria del gran hombre. El
Sr. Pagès de Noyez le rindió un vibrante homenaje en el
Journal de Paris del 3 de abril de 1869. He aquí algunos
extractos:
“¿De qué sirve contar los detalles de la muerte? ¿Qué
importa la forma en que el instrumento se rompió, y
por qué dedicar una línea a esos restos entrados ya en el
inmenso movimiento de las moléculas? Allan Kardec ha
muerto justo a tiempo. Para él está cerrado el prólogo de
una religión vivaz que, irradiando cada día, pronto habrá
iluminado a la humanidad. Nadie mejor que Allan Kardec
podía llevar a buen término esta obra de propaganda, a la
que debió sacrificar largas vigilias que alimentan el espíritu,
la paciencia que a la larga enseña y la abnegación
que desafía la necedad del presente para no ver sino el
resplandor del porvenir. Con sus obras, Allan Kardec habrá
fundado el dogma presentido por las sociedades más antiguas.
Su nombre, estimado como el de un hombre de bien,
desde hace mucho tiempo es vulgarizado por los que creen
y por los que temen. Es difícil realizar el bien sin lesionar
los intereses establecidos. El Espiritismo destruye muchos
abusos; también realza muchas conciencias doloridas
proporcionándoles la convicción de la prueba y el consuelo
del porvenir”.
Manifestaciones post mortem
En la Revista Espírita de 1869, se mencionan seis comunicaciones
de Allan Kardec recibidas por los miembros de
la Sociedad reunida en el local de la calle Sainte-Anne,
después de sus funerales. La síntesis de estos contactos
fue el mensaje de la unidad, el mensaje del progreso,
también el mensaje de su eterna preocupación por
conservar una unión espírita de Francia coherente y
eficaz. Alentó a sus amigos por la vía del espiritismo y su
última palabra fue “Dios”.
Retomemos un extracto de un mensaje de Allan Kardec
recibido en nuestra Asociación en enero de 1990, y que
vuelve sobre ciertos elementos referentes a las circunstancias
de su fallecimiento y sus funerales, y que explica
también su entrada en el más allá:
“(…) Me entretenía en examinar algunas revistas espíritas,
a la sazón por aparecer el mes siguiente. (…) De repente,
sentí un dolor violento que invadía mi pecho. Entonces, me
desplomé inconsciente. Yo seguía cotejando las revistas
espíritas como si nada hubiera pasado, luego me sentí
cada vez más ligero hasta ver por fin mi envoltura carnal en
tierra, inanimada. Evocando aquel instante supremo, aún
vuelvo a ver a mi amigo Alexandre Delanne, tratando de
reanimarme con pases magnéticos transversales. En efecto,
Alexandre Delanne era un excelente magnetizador. Ante
el espectáculo de mi cuerpo inanimado sobre el suelo, me
asusté y tuve cierta angustia, la de la turbación evidente, la
turbación natural que cada uno conoce en el momento de
su desencarnación, luego, progresivamente me di cuenta
de que, a pesar de los esfuerzos de Alexandre, ya no sería
posible reintegrarme al cuerpo. Distinguí entonces muy
bien un cordón brillante que enlaza el plexo de mi envoltura
carnal con mi doble fluídico. Distinguía muy bien, a
nivel de esa energía luminosa, un agujero, una cortadura
que no dejaba ninguna duda sobre mi nuevo estado de
desencarnado. Entonces, abandoné el recinto elevándome
lentamente en el espacio, en aquel momento penetré en
un amplio túnel largo, dirigiéndome con seguridad hacia
los que me esperaban, hacia mis padres terrenales, hacia
mis amigos espíritas, hacia todos estos amigos que, por
la fuerza de su pensamiento, habían podido emitir en el
interior del túnel que conduce al mundo de los espíritus,
una música de Bach que lleva por título: Jesús, que mi
alegría permanezca. Al final de ese túnel, en el azul que se
me ofrecía, reconocí a mis padres desencarnados, reconocí
también a todos mis amigos espíritas desencarnados antes
de mí. Y luego un poco más lejos, vestidos con sus túnicas
blancas, mis amigos de antaño, los druidas de lo invisible,
antiguos druidas de Bretaña que acudían para recibirme. Y
luego, por encima de ellos, Zéphir mi guía que no cesaba de
repetirme: “Hermano mío, te vuelves libre y lo ves ya porque
antes lo sabías, todo continúa”. A pesar de esta extraordinaria
acogida, mi sentimiento del momento, siempre
estaba dirigido hacia la Tierra, hacia los que acababa de
dejar, sentimiento de humanidad, sentimiento natural.
Todos los espíritus del más allá comprendieron este sentimiento
y me pidieron que asistiera a mi propio entierro, lo
cual hice…”
Para concluir este artículo, tomaremos prestadas de
Pagès de Noyez algunas líneas extraídas de su homenaje
periodístico antes citado:
“Los espíritas lloran hoy al amigo que les deja, porque
nuestro entendimiento, demasiado material, por así
decirlo, no puede plegarse a la idea del tránsito; sino el
primer tributo pagado a la inferioridad de nuestro organismo,
el pensador levanta la cabeza, y hacia ese mundo
invisible que siente existir más allá de la tumba, tiende la
mano al amigo que no está más, convencido de que su
espíritu nos protege siempre.
El presidente de la Sociedad de París ha muerto, pero
el número de adeptos se acrecienta todos los días, y los
valientes que el respeto al maestro dejaba en segunda fila,
no dudarán en afirmarse por el bien de la gran causa.
Esta muerte, que la generalidad dejará pasar indiferente,
no deja de ser un gran acontecimiento para la humanidad.
Este ya no es el sepulcro de un hombre, es la piedra
tumularia que llena ese vacío inmenso que el materialismo
había cavado bajo nuestros pies, y sobre cual el Espiritismo
derrama las flores de la esperanza”.
Fuentes: Revista Espírita de 1869
Biografía de Allan Kardec por Henri Sausse – 1909
Allan Kardec: su vida, su obra – André Moreil – 1980
Allan Kardec y su época – Jean Prieur – 2004

LAS OBRAS PRINCIPALES DE ALLAN KARDEC por J O C E LY N E C H A R L E S LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

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En 1854, Hippolyte Léon Denizard Rivail oyó hablar
por primera vez de las mesas giratorias y asistió luego
a sesiones de espiritismo. Las cosas hubieran podido
quedar allí, de no ser por la intervención de un grupo
de investigadores que le pidió examinar cincuenta
cuadernos de comunicaciones diversas. Algunos de
ellos lo conocían, así como los manuales escolares que
había escrito; apreciaban su capacidad para explicar
sencillamente las cosas complicadas, y para sintetizar
las tesis más confusas. En esos cuadernos, y en las
comunicaciones obtenidas por diferentes medios, Allan
Kardec iba a descubrir una enseñanza. Así codificaría el
espiritismo. He aquí algunas de sus obras, muy sucintamente
presentadas.
EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS
Son esos cuadernos, completados
por otras comunicaciones, lo que
forma la base de El Libro de los Espíritus
publicado en 1857. Según
H.L.D. Rivail, convertido en Allan
Kardec, se trata de: “la primera obra
que hace entrar al espiritismo en el
camino filosófico por la deducción
de las consecuencias normales de los hechos”, y que “data
la época del espiritismo filosófico que hasta allí permanecía
en el dominio de los fenómenos de curiosidad”. Esta
obra maestra echa las bases del espiritismo, utilizando
las respuestas de los espíritus; ese es el principio mismo
del libro. Allan Kardec utiliza la forma de preguntas y
respuestas. La obra comienza con una introducción al
estudio de la doctrina espírita en la que plantea todos
los grandes principios y responde ya a todas las objeciones
posibles en diecisiete párrafos cuidadosamente
elaborados. Comienza por echar las bases de un vocabulario
adecuado, e indica en primer lugar que en
adelante utilizará la palabra Espiritismo para diferenciar
la doctrina espírita de toda otra teoría espiritualista.
Y el adepto del espiritismo deviene en espírita. Al final
de esta introducción, Allan Kardec presenta El Libro de
los Espíritus como una enseñanza de los espíritus de los
cuales él sería apenas el modesto portavoz: “Este libro
no tendría como resultado sino mostrar el lado serio de la
cuestión, y estimular estudios en este sentido, eso ya sería
mucho, y nos felicitaríamos por haber sido elegidos para
cumplir una obra de la que, por lo demás, no pretendemos
extraer ningún mérito personal, pues los principios que
encierra no son de nuestra creación; el mérito completo es
pues de los espíritus que lo dictaron. Esperamos que tenga
otro resultado, el de guiar a los hombres deseosos de ilustrarse,
mostrándoles, en estos estudios, un objetivo grande
y sublime: el del progreso individual y social, e indicarles el
camino a seguir para alcanzarlo”.
La obra está dividida en cuatro grandes partes:
– Las causas primeras
– Mundo espírita o de los espíritus
– Leyes morales
– Esperanzas y consuelos.
En el libro primero, el autor se dedica a poner en
evidencia la existencia de Dios. Hay, en esta parte, capítulos
sobre la creación, el universo y el principio vital.
El libro segundo comprende todas las definiciones y
atributos del espíritu y del periespíritu, indicando los
procesos de la encarnación y la reencarnación, dentro
de la pluralidad de las existencias y de los mundos. Esta
parte incluye también las diferentes manifestaciones
de los espíritus según sus niveles de evolución y la
influencia que pueden tener sobre los humanos y sobre
nuestro mundo.
El libro tercero abarca las leyes divinas o naturales. Se
encuentran en él todos los grandes principios humanistas
de la marcha del progreso, dentro de consideraciones
sobre las leyes de igualdad, libertad, justicia,
amor y caridad.
En el libro cuarto, las nociones de penas, recompensas,
pruebas o expiaciones, nos parecen hoy mal adaptadas
en una connotación que podría hacer pensar en
temas de moral religiosa. Y sin embargo, esta parte del
libro dedica justamente una argumentación que busca
limitar bien la moral espírita de las nociones de cielo,
purgatorio e infierno del catolicismo. Aunque hoy en
día ciertos términos empleados suenen bastante mal
a nuestros oídos, el fondo mismo de las palabras en
referencia a una moral inmanente y universal, conserva
todo su valor.
Finalmente, la conclusión de El Libro de los Espíritus
subraya la diferencia entre el espiritismo y el materialismo.
El autor hace alarde de una confianza en el
porvenir que verá un día el triunfo del espiritismo sobre
la Tierra.
En El Libro de los Espíritus se encuentran respuestas
firmadas por san Luis, san Agustín, Fenelón, Lamennais,
Platón y san Vicente de Paul. El Libro de los Espíritus
contiene las respuestas de los espíritus a más del mil
preguntas sobre Dios, el universo, los ángeles, la reencarnación,
los sueños, la telepatía, la oración, las guerras,
las desigualdades, la libertad, la justicia, el suicidio, el
egoísmo, el amor, etc.
EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS
Luego de El Libro de los Espíritus,
Allan Kardec escribe una obra
sobre la mediumnidad. Hace una
meticulosa descripción de los
posibles escollos y peligros que
podrían acechar a los médiums,
en el caso de que las condiciones
serias, que imperativamente
deben rodear una sesión digna de ese nombre, no
fueran cumplidas. Dice además en la introducción:
“Todos los días la experiencia nos confirma en esta opinión,
de que las dificultades y chascos que se encuentran en la
práctica del espiritismo, tienen su fuente en la ignorancia
de los principios de esta ciencia, y estamos felices de haber
sido capaces de comprobar que el trabajo que hemos
hecho para prevenir a los adeptos contra los escollos de un
noviciado, ha dado sus frutos, y que mucho han debido a
la lectura de esta obra, para haber podido evitarlos”.
El Libro de los Médiums consta de dos grandes partes.
En la primera parte, Allan Kardec pasa revista a las
“Nociones preliminares” del mundo espírita: trata de la
existencia de los espíritus, de lo sobrenatural y lo maravilloso,
del método de proceder con los materialistas y
los escépticos.
Escribe: “Desde el momento en que se admite la existencia
del alma y su individualidad después de la muerte… es
preciso admitir también que goza de la conciencia de sí
misma… ahora queda la cuestión de saber si el espíritu
puede comunicarse con el hombre, es decir, si puede intercambiar
pensamientos con él”.
La facultad mediúmnica puede revestir el abrigo del
misterio, de la inaccesibilidad, incluso de lo paranormal,
pero el autor explica que para la mayoría de las personas
“lo maravilloso” es “lo sobrenatural”, o sea, algo que
sobrepasa lo natural. Allan Kardec dice entonces: “Qué
es lo sobrenatural, sino lo natural aún no comprendido
por todos”. Gracias al espiritismo, a la vez ciencia y filosofía,
el velo de la ignorancia se levantará y así permitirá
comprender, explicar y revelar los mecanismos naturales
de la mediumnidad.
La segunda parte es la más importante. El autor nos
expone un gran número de informes de manifestaciones
diversas autenticadas por múltiples testigos, que
van del hombre de la calle al cura de la aldea, pasando
por los magistrados o la gendarmería. Estas manifestaciones,
independientes o provocadas, se expresan
de diversas maneras: ruidos, movimientos, desplazamiento
de cuerpos sólidos o apariciones. Un capítulo
explica la naturaleza de las comunicaciones espíritas.
Las más importantes son los golpecitos, la palabra y la
escritura. Luego, Allan Kardec define la mediumnidad
y sus variedades (escritura automática, clariaudiencia,
clarividencia mediúmnica…), el papel de los médiums
en la comunicación espírita y su formación, precisa que
hay inconvenientes y hasta peligros en la mediumnidad.
Los capítulos siguientes tratan de la obsesión y la
identidad de los espíritus, así como de las evocaciones
y las reuniones en general. En cuanto a la identidad de
los espíritus, el autor indica: “No hay otro criterio para
discernir el valor de los espíritus que el sentido común.
Pues se juzga a los espíritus como se juzga a los hombres,
a su lenguaje y a sus acciones, lo mismo que a los sentimientos
que inspiran”. El Libro de los Médiums, publicado
en 1861, sigue siendo hoy en día el libro de referencia,
aun cuando es cierto que algunos términos empleados
hace más de 150 años están, a veces, pasados de moda;
su contenido no deja por ello de estar siempre de actualidad.
VIAJE ESPÍRITA
En 1862 Allan Kardec escribe Viaje
Espírita. Allí define entonces lo que
deben ser los verdaderos espíritas,
los espíritas cristianos, es decir, “los
que aceptan por sí mismos, todas
las consecuencias de la fórmula
espírita, cuya moral practican o se
esfuerzan por practicar”. En cuanto
a la filosofía espírita, recuerda allí los beneficios esenciales.
Porque es reencarnacionista, permite al hombre,
con lógica y coherencia, considerar su porvenir de
manera más serena, permitiéndole comprender mejor
la razón de sus males, dándole la certeza de no estar
separado definitivamente de los seres que le son
queridos, y la de que la comunicación con el espíritu no
puede sino volver a los hombres, mejores los unos para
con los otros. Tiene igualmente como objetivos rehabilitar
el espiritismo practicado seriamente, denunciar
a sus detractores pero también las falsificaciones y el
charlatanismo, recordando que “la verdadera profanación
es entretenerse con los desencarnados, con ligereza,
de manera irreverente o por especulación”. Insiste en la
dignidad y la seriedad de las que debe rodearse el espiritismo.
No olvidemos que esta obra fue escrita en el siglo XIX y
que los términos utilizados en esa época ya no tienen
totalmente el mismo sentido hoy. Si dan la impresión de
tener una connotación religiosa (caridad, abnegación,
humildad), es sin embargo en el sentido moderno de
compartir, devoción y justicia que las emplea Allan
Kardec.
LA GÉNESIS SEGÚN
EL ESPIRITISMO
Muy lejos de las teorías bíblicas
respecto a la creación del mundo
y del hombre, esta obra publicada
en enero de 1868, aborda numerosos
temas que tratan del sentido
de la vida y de sus orígenes. Todos
sin excepción han sido puestos en
relación con las nuevas leyes que derivan de la observación
de los fenómenos espíritas de la época. A partir
de esta observación, dos elementos parecen regir el
universo: el elemento espiritual y el elemento material.
Así pues, el espiritismo, demostrando la existencia del
mundo espiritual y sus relaciones con el mundo material,
explica muchos fenómenos incomprendidos.
El primer capítulo se titula Caracteres de la revelación
espírita. ¿Puede considerarse el espiritismo como una
revelación? He aquí algunos elementos de respuesta:
“… Por su naturaleza, la revelación espírita tiene un doble
carácter: tiene a la vez de la revelación divina y de la revelación
científica”. “… Lo que caracteriza a la revelación espírita,
es que la fuente es divina, que la iniciativa pertenece a
los espíritus, y que la elaboración es obra del hombre”.
El segundo capítulo está dedicado a la existencia de
Dios. Allan Kardec, por medio de una argumentación
sin falla, comprende de una manera simple y coherente
el concepto de un creador, despojado al fin de
toda impregnación y concepción religiosa. A título de
ejemplo, he aquí algunas frases extraídas de este capítulo:
“Todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente.
(…) Echando una mirada a su alrededor, sobre las
obras de la naturaleza, observando la previsión, sabiduría
y armonía que las preside a todas, se reconoce que no hay
ninguna que no sobrepase el más alto nivel de la inteligencia
humana. Desde que el hombre no puede producirlas,
es porque ellas son producto de una inteligencia
superior a la humanidad, a menos que se diga que hay
efectos sin causa”.
En el transcurso de la obra, Allan Kardec expone
todas las teorías científicas de la época, que ya trastornan
las concepciones bíblicas del Génesis. Se
atiene a los descubrimientos de su tiempo e integra
a ellos las nociones de espíritu y divinidad, precisando
muy prudentemente que ciertas tesis no son
forzosamente definitivas y que el futuro se encargará
de corregirlas. Sobre el plano filosófico, expone en
diferentes capítulos temas que a menudo han dado
lugar a interpretaciones religiosas como por ejemplo,
el origen del bien y el mal, la vida universal, la diversidad
de los mundos, el diluvio bíblico, etc.
La última parte de la obra está dedicada a los milagros
y predicciones de Jesús. A la luz del espiritismo,
Allan Kardec desmitifica el milagro para introducirlo
en el orden de los fenómenos naturales. Las observaciones
y experiencias espíritas ponen en evidencia
fenómenos semejantes a aquellos referidos por los
evangelistas, a partir de lo cual Allan Kardec reinterpreta
los prodigios del profeta que, por extraordinarios
que fueran, no estaban en contradicción
con las leyes naturales. Recurriendo al magnetismo,
el sonambulismo, la catalepsia, la clarividencia o la
mediumnidad, los milagros se vuelven hechos paranormales
o mediúmnicos que fueron comprendidos
como hechos naturales a partir del advenimiento del
espiritismo. En este capítulo se abordan temas como:
Superioridad de la naturaleza de Jesús, Ensueños,
Estrella de los Magos, Doble vista, Curaciones, Endemoniados,
Resurrección, desaparición del cuerpo de
Jesús…
Entre sus obras, citaremos también:
¿Qué es el espiritismo? (1859): este libro corresponde
al deseo de Allan Kardec de “presentar dentro
de un marco restringido, la respuesta a algunas de las
preguntas fundamentales que nos son formuladas
diariamente (…)”
El Evangelio según el Espiritismo (1864) en que el
autor analiza en veintiocho capítulos las máximas
morales de los Evangelios y las aplicaciones espíritas
de la enseñanza del Cristo.
El Cielo y el infierno (1865) que trata de la muerte, el
cielo y el infierno, el purgatorio, las penas eternas, los
ángeles y los demonios, nociones religiosas revisadas
y corregidas a la luz del espiritismo.
La obsesión
Esta obra reúne extractos de Revistas Espíritas de 1858
a 1868. Se trata de testimonios sobre los fenómenos
de influencia de un espíritu sobre una persona. Allí se
distingue la obsesión simple de la fascinación y de la
subyugación según el grado de la influencia nefasta
de un espíritu sobre un humano. Las experiencias
relatadas ponen en evidencia el estado crítico en que
se encuentran los protagonistas que sufren, muy a su
pesar, la influencia de espíritus malévolos.
Lejos de haber dicho todo acerca de la riqueza de las
obras de Allan Kardec, concluiremos con la importancia
de los trabajos que él realizó en su tiempo, la
claridad de sus palabras y sus argumentaciones. Él no
poseía ninguna facultad mediúmnica, y sin embargo,
podríamos decir que fue, a su manera, uno de los más
grandes intermediarios del mundo de los espíritus.

¿QUIÉN ES USTED, SEÑOR KARDEC? por KARINE CHATEIGNER LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

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Físicamente, he aquí la descripción dada por su traductora
inglesa Anna Blackwell:
“Allan Kardec era de una talla inferior a la media. Sólidamente
estructurado, con una cabeza redonda, los rasgos
bien marcados y los ojos gris claro. Enérgico y perseverante
aunque de un temperamento calmado, prudente al punto
de ser casi frío, incrédulo por naturaleza y por educación,
razonador preciso y lógico, enormemente práctico en su
pensamiento y en sus actos, estaba igualmente desprovisto
de todo misticismo y entusiasmo, palabra de la época que
significaba caprichoso, extraño, estrafalario, un tanto loco”.
Su carácter
El Sr. Lèvent, amigo de Allan Kardec nos dice: “El maestro
tenía una fisonomía a la vez benévola y austera, ese tacto
perfecto, esa justeza de apreciación, esta lógica superior e
incomparable que nos parecía inspirada”.
Pero también E. Muller: “La tolerancia absoluta era la regla
de Allan Kardec. Sus amigos, sus discípulos pertenecientes
a todas las religiones: israelitas, mahometanos, católicos y
protestantes de todas las sectas; de todas las clases: ricos,
pobres, sabios, librepensadores, artistas y obreros, etc. Pero
al lado de esta tolerancia que nos reúne, ¿es preciso que
yo cite una intolerancia que admiro?
Lo haré, porque debe legitimar a los
ojos de todos, este título de maestro
que muchos de nosotros le damos a
nuestro amigo. Esta intolerancia es uno
de los caracteres más sobresalientes de
su noble existencia. Tenía horror a la
pereza y al ocio; y este gran trabajador
murió de pie, después de una inmensa
labor que terminó por sobrepasar las
fuerzas de sus órganos, pero no las de
su espíritu y de su corazón”.
Por educación y sin duda igualmente
por naturaleza, Allan Kardec era un
hombre muy educado, de una educación
refinada, serio pero no grave, circunspecto y moralista
por excelencia. Pocas veces se sirvió de la ironía en
sus textos.
Considerando que las cartas anónimas, que recibía en
gran número, hacían sospechoso su origen, él nunca se
dio por enterado, destinándolas de una vez a la papelera.
Además, nunca abundaba en las polémicas suscitadas
por los numerosos opositores a la nueva doctrina,
estimando que el silencio era la mejor de las respuestas,
haciéndose ley de abstenerse de todo lo que pudiera
degenerar en particularidades, estimando que los
lectores se inscriben para instruirse y no para escuchar
diatribas más o menos espirituales.
Pero paralelamente, Allan Kardec nunca retrocedía ante
las numerosas preguntas planteadas por el espiritismo
naciente al mundo y a las conciencias: “Hay polémicas
y polémicas, decía, y hay una ante la cual jamás retrocederemos,
es la discusión seria de los principios que profesamos.
No obstante, aquí hay también una distinción que
hacer; si no se trata sino de ataques generales dirigidos
contra la doctrina, sin otro objetivo determinado que el
de criticar, y por parte de gentes que tienen un partido
tomado de rechazar todo lo que no comprenden, eso no
merece que uno se ocupe de ello”. (R. S. 1858)
Tal fue la conducta de Allan Kardec, absteniéndose
de ceder a las provocaciones que le habrían hecho
descender a la arena de la controversia. A los espíritas
de todas partes, les decía: “Seguid sembrando la idea,
derramad allí dulzura y persuasión y dejad a nuestros
antagonistas el monopolio de la violencia y la acrimonia,
a las cuales no se recurre sino cuando uno no se siente lo
bastante fuerte por el razonamiento”. (R. S. 1863)
Su generosidad
“No conozco otros signos de superioridad que la bondad”.
(L. Van Beethoven)
No contento con utilizar sus notables facultades en
una profesión que le aseguraba una tranquila holgura,
quiso hacer beneficiarse de la ciencia a aquellos que no
podían pagarla y, fue uno de los primeros en organizar,
en esa época de su vida, cursos gratuitos que fueron
dictados en el 35 de la calle de Sèvres,
y en los que enseñó química, física,
anatomía comparada, astronomía,
etc., habiendo adquirido numerosos
conocimientos en diferentes campos,
Hippolyte Rivail sabía transmitir a
los demás lo que él mismo conocía,
talento que es escaso y siempre apreciado.
Durante una conversación con
Alexandre Delanne y el Sr. de Joinville
en la que se hizo alusión a un anciano
que vivía en la precariedad, y que sin
embargo había encontrado consuelo
gracias a un folleto espírita que cayó
en sus manos; la mirada de Allan Kardec se nubló de
lágrimas y le entregó al Sr. de Joinville algunas monedas
de oro, diciendo: “Tenga, aquí tiene para ayudarle a
atender las necesidades materiales más acuciantes de este
señor y puesto que es espírita, vuelva mañana, le daré mis
libros”. Siempre muy discreto en este sentido, sus actos
de generosidad eran habituales.
Pierre Gaëtan Leymarie: “Cuántas veces nos enteramos de
que muchos de los que sufrían habían encontrado cerca de
Allan Kardec ayuda moral eficaz y ayuda material, que no
lo es menos; de eso no decía una palabra, cubriendo con el
olvido sus buenas obras”.
El escritor codificador
Si bien Allan Kardec repetía siempre que el mérito de
sus obras correspondía por entero a los espíritus que las
dictaron, a él le incumbió sin embargo la enorme tarea
de organizar y ordenar las preguntas; la redacción de los
comentarios sobre las respuestas obtenidas, comentarios
que sobresalen por su concisión y la claridad con
la que fueron expuestos, igualmente la precisión con la
que tituló capítulos y párrafos, las aclaratorias complementarias,
de las que es autor, las observaciones y anotaciones,
los párrafos y conclusiones, siempre profundos
y penetrantes, tal como su notable introducción. Todo
esto expresa la gran cultura de Allan Kardec. Realizó lo
que aún nadie había hecho: extraer de los mensajes
los principios fundamentales, con los que elaboró una
nueva doctrina filosófica, de carácter científico y consecuencias
morales.
Por el esfuerzo de su pensamiento todo se transformaba
y se agrandaba ante los rayos de su corazón ardiente;
bajo su pluma todo se precisaba y se cristalizaba, por así
decirlo, en frases deslumbrantes de claridad. Tomó para
sus libros este admirable epígrafe: “Fuera de la caridad no
hay salvación”, cuya aparente intolerancia hace resaltar
la absoluta tolerancia. Transformó las viejas fórmulas, y
sin negar la agraciada influencia de la fe, la esperanza
y la caridad, enarboló una nueva bandera ante la cual
todos los pensadores pueden y deben inclinarse, pues
este estandarte del porvenir lleva escritas estas tres
palabras: Razón, Trabajo y Solidaridad.
Para este afanoso sabio, el trabajo parecía el elemento
mismo de la vida. Por otra parte, menos que nadie,
podía soportar la idea de la muerte tal y como se la
representaba entonces, terminando en un eterno sufrimiento
o bien en una egoísta felicidad eterna, pero sin
utilidad ni para los demás ni para sí mismo. Estaba como
predestinado, para difundir y vulgarizar esta admirable
filosofía que nos hace vislumbrar numerosas tareas más
allá de la tumba y el progreso indefinido de nuestra
individualidad que se conserva mejorando.
Lo que impresiona en Allan Kardec, es que en cuanto
abrió su conciencia a los asuntos divinos, extrajo de
ellos el mensaje vital. Comprendió más que ninguno
la fuerza y la verdad espíritas, de las cuales destaca dos
factores esenciales que emanan de la voluntad de los
espíritus:
– El primero, es la energía desplegada por ambas partes
de la frontera para impresionar los sentidos.
– El segundo, es el amor manifestado en la adición de
pruebas más personales para impresionar los corazones.
En la suma de estos dos factores, el espiritismo
encontrará el camino progresivo de su realización; pues
más allá de estos dos flechazos de amor dirigidos a la
naturaleza humana, los sentidos y los corazones, existe
la conciencia.
¿Conciencia de qué? ¿Conciencia de quién? Es
esto lo que Allan Kardec va a demostrar, explicar y
compartir con fuerza y pedagogía; instruirá al hombre
sobre la conciencia, los orígenes y el destino de cada
uno. Si al comienzo Dios permitió y favoreció las pruebas
materiales, fue para llamar luego la atención sobre los
fenómenos materiales, Dios se dirige al sentido común,
al sentimiento, la inteligencia y la razón.
Eso, parecería haberlo captado Allan Kardec desde un
principio; sus libros no son una suma de relatos y observaciones,
uno no le ve asistir incansablemente a una
serie de hechos materiales, él está más allá y esa es la
expresión que conviene.
Desde 1857 dice: “La ciencia espírita comprende dos
partes, una experimental basada en las manifestaciones
materiales, la otra filosófica, basada en las manifestaciones
inteligentes. Cualquiera que no haya observado
sino la primera y se haya detenido en esta primera parte,
está en la posición del que no conoce la física sino por
los experimentos recreativos, sin haber penetrado en el
fondo de la ciencia. El espiritismo consiste en guiar a los
hombres deseosos de iluminarse mostrándoles un objetivo,
un camino grande y sublime: el del progreso individual
y social”.
Los fenómenos, decía Allan Kardec, lejos de ser la parte
esencial del espiritismo, no son más que el accesorio, un
medio provocado por Dios para vencer la incredulidad
que invade a la sociedad. “Uno puede burlarse de las mesas
giratorias, pero no se burlará de la filosofía, la sabiduría y la
caridad tan evidentes en las comunicaciones serias”.
Con Allan Kardec, se penetra la esencia de la filosofía,
cuyo corazón late al ritmo del alma del druida de antaño.
Esta anterioridad le fue revelada por intermedio de la
Sra. Japhet, médium: un espíritu denominado Zéphir,
le aseveró que lo había conocido en una vida anterior:
“Vivíamos juntos en las Galias. Éramos amigos. Tú eras
druida y te llamabas Allan Kardec”. Y es bajo este nombre
de Allan Kardec, prosiguió Zéphir, que deberás “guiar de
nuevo a los hombres por el camino de la salvación”. Desde
entonces, Hippolyte Rivail se convirtió en Allan Kardec.
El hombre providencial
“Y yo rezaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que
esté con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad, que
el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo reconoce.
Vosotros lo conocéis, porque vive entre vosotros”. (Juan
14, 16-17).
El Espíritu de Verdad fue el espíritu que presidió la
revelación y la codificación espírita en la época de
Allan Kardec y el que guió a este último en su misión
de codificador del espiritismo. Allan Kardec ha señalado
el alto grado de evolución moral de este Espíritu
que es un Espíritu Puro y que no es otro que el consolador
prometido, anunciado por el Cristo en El Evangelio
según Juan, el Cristo consolador.
“Vengo, como antaño, entre los hijos perdidos de Israel, a
traer la verdad y disipar las tinieblas. Escuchadme. El espiritismo,
como en otro tiempo mi palabra, debe recordar a
los incrédulos que sobre ellos reina la inmutable verdad:
el Dios bueno, el Dios grande que hace brotar la planta y
levanta el oleaje. Yo he revelado la doctrina divina; como
un segador he atado en gavillas el bien disperso entre la
humanidad, y he dicho: ¡Venid a mí, todos los que sufren!
Pero los hombres ingratos se han apartado de la vía
recta y ancha que conduce al reino de mi Padre, y se han
extraviado por los ásperos senderos de la impiedad. Mi
Padre no quiere aniquilar la raza humana; quiere que,
os ayudéis los unos a los otros, muertos y vivos, es decir
muertos según la carne, pues la muerte no existe, os
socorráis, y que, no ya la voz de los profetas y los apóstoles,
sino la voz de los que ya no están, se haga oír para
gritaros: ¡Orad y creed! Pues la muerte es la resurrección
y la vida, es la prueba elegida durante la cual vuestras
virtudes cultivadas deben crecer y desarrollarse como el
cedro.
Creed, amad, meditad las cosas que os son reveladas; no
mezcléis la cizaña con el buen grano, las utopías con las
verdades.
¡Espíritas! Amaos, he aquí la primera enseñanza;
instruíos, he allí la segunda. Toda verdad se encuentran
en el Cristianismo; los errores que allí han echado
raíces son de origen humano; y he aquí que más allá
de la tumba que creíais la nada, las voces os gritan:
¡Hermanos! Nada perece; Jesucristo es el vencedor del
mal, sed los vencedores de la impiedad”. (El Espíritu de
Verdad – París, 1860).
Con Allan Kardec el consolador, vinculado al espiritismo
acababa de aparecer.
Por otra parte, ¿cómo hubiera podido él dejar de
compartir con el hombre los designios de Dios? Ya que
fue elegido para abrir nuestras estrechas conciencias.
He aquí la respuesta obtenida a la pregunta hecha en
1989:
– ¿Cómo se decidió en el más allá, la tercera Revelación?
– “Dios sabe que el espíritu creado necesita luz, Dios sabe
que el espíritu creado necesita acordarse de su paternidad,
pero es demasiado débil, pero es demasiado ignorante,
pero es demasiado inconsciente para tener ese
recuerdo. Entonces, Dios hace señas por medio de otros
espíritus creados antes de vosotros.
Dios llama a Moisés que enseña un camino, que enseña
una idea, que enseña una moral, que llama la atención
del hombre. Dios llama a Jesús que enseña el camino,
que enseña la idea, que enseña la moral, que reclama
justicia, que celebra el compartir, que invita al amor. Y
otros se turnan sin cesar en el camino de la encarnación.
De ciencia, de filosofía, de todas las formas artísticas,
vienen, encarnan, hablan, luchan, escriben y a veces son
seguidos, y a veces son oídos. Pero el hombre persiste en
su error, pero el hombre se estanca y, en el más allá, miles
de espíritus, millones de espíritus se reúnen, se juntan y
reflexionan sobre los siglos que pasan, sobre las debilidades,
sobre las renuncias, sobre las injusticias, sobre las
traiciones.
Es preciso entonces encontrar más que un hombre, es
preciso entonces encontrar una manifestación entre los
hombres. Y los Druidas, en su conciencia, llamaron con
todas sus fuerzas a Allan Kardec que escuchó, que recibió,
que entendió y que aceptó. Designado, vino el siglo
pasado sobre el suelo de los franceses. No fue el único,
otros lo acompañaron, y cumplió su misión, y reveló la
verdadera resurrección”.
El espiritismo llegó en el momento preciso, pues el
siglo XIX vivía la filosofía de la desesperación. Positivismo,
materialismo y pesimismo reducían la vida
entonces a una simple agregación material que se
extinguía con la muerte.
El humilde hombre de fe
Revelar la supervivencia del alma, su posible manifestación
y las leyes que la rigen, implica naturalmente
la idea, la realidad, de un Poder Creador. Allan Kardec,
profundo creyente, no dejaba nunca de recordarlo y se
comportaba como espírita cristiano, incluyendo a Dios
y glorificándolo numerosas veces:
1856 – “Señor, si os habéis dignado poner los ojos en mí
para el cumplimiento de vuestros designios, ¡que se
haga vuestra voluntad! Mi vida está en vuestras manos.
En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi
debilidad, mi buena voluntad no faltará pero quizás mis
fuerzas me traicionen. Suplid mi insuficiencia, dadme las
fuerzas físicas y morales necesarias, sostenedme en los
momentos difíciles y con vuestra ayuda y la de vuestros
mensajeros celestes, me esforzaré por responder a vuestros
propósitos”.
R. S. 1865 – p. 328: “Dios me guarde de tener la presunción
de creerme el único capaz, o más capaz que ninguno
otro, o el único encargado de cumplir los designios de
la Providencia; no, lejos de mí ese pensamiento. En este
gran movimiento renovador tengo mi parte de acción;
hablo sólo de lo que me concierne; pero lo que puedo
afirmar sin vana fanfarronería, es que, en el papel que me
incumbe, no me faltarán ni el ánimo ni la perseverancia.
Nunca me han faltado, pero hoy que veo iluminarse el
camino con una maravillosa claridad, siento acrecentarse
mis fuerzas, nunca he dudado; pero hoy, gracias
a las nuevas luces que se ha dignado Dios darme, estoy
seguro, y digo a todos mis hermanos, con más certeza
que nunca: Ánimo y perseverancia, pues un resplandeciente
éxito coronará vuestros esfuerzos”.
R. S. – 1868: “Partiré cuando plazca a Dios llamarme”.
Fuera de la caridad, no hay salvación
“Tales son las ideas que resaltan del Espiritismo, y que
suscitará entre todos los hombres cuando sea universalmente
extendido, comprendido, enseñado y practicado.
Con el Espiritismo, la fraternidad, sinónimo
de la caridad predicada por el Cristo, ya no es una
palabra vana; tiene su razón de ser. Del sentimiento
de la fraternidad nace el de la reciprocidad y el de los
deberes sociales, de hombre a hombre, de pueblo a
pueblo, de raza a raza; de estos dos sentimientos bien
comprendidos surgirán forzosamente instituciones
más favorables para el bienestar de todos”.

AMÉLIE BOUDET O LA MUJER EN LA SOMBRA por FRÉDÉRIQUE MINADAKIS LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

Imagen AMÉLIE BOUDET

El 21 de enero de 1883, falleció a la edad de ochenta y
nueve años, Amélie Boudet viuda de Hippolyte Rivail.
Fue inhumada en el cementerio del Père Lachaise al
lado de su marido que había partido catorce años
antes. En el más allá, encontró a su compañero, su amor.
Durante una sesión de escritura automática, vino a dar
testimonio: “…En esta Tierra, en mi encarnación, me casé
con H. L. Denizard Rivail y con él compartí mis días terrenales.
Creo que juntos luchamos por una noble causa,
por la de la supervivencia del alma. Teníamos juntos esa
necesidad, teníamos juntos esa emoción de compartir,
teníamos juntos ese sentimiento absoluto de la eternidad
de la vida, prueba de la existencia del espíritu… Mi unión
con Hippolyte, convertido en Allan Kardec, continúa en
lo invisible, en el más allá de los espíritus y por la misma
causa…”
Si bien en la historia del espiritismo, es ineludible el
personaje de Allan Kardec, no se puede desconocer la
presencia de la que fue su esposa y asistente durante
treinta y siete años, Amélie Boudet. Ella compartió sus
ideas pedagógicas así como sus ideas espirituales y más
tarde sus ideas espíritas. No es fácil evocar su biografía
pues, igual que su esposo, era modesta y reservada,
hablaba muy poco de ella y prefería permanecer en
la sombra. La mayoría de las informaciones se han
extraído de notas autobiográficas de Allan Kardec, fragmentos
de un manuscrito titulado Previsiones referentes
al espiritismo, recogidos por Pierre Gaétan Leymarie
y transcritos en el libro de Jean Prior Allan Kardec y su
época.
Nacida el 23 de noviembre de 1795 en Thiais (Sena),
Amélie Boudet era hija única de una familia acomodada
y burguesa. A los treinta y cinco años, era una joven
moderna, fina y cultivada. Se dedicaba a la acuarela y a
la poesía. Publicó tres libros: Fabulae primaveris en 1825,
Nociones de dibujo en 1826 y Lo esencial de las bellas artes
en 1828. Si bien su fortuna no la obligaba a trabajar,
desde hacía quince años ejercía con pasión el oficio de
institutriz para conservar cierta independencia. En 1830,
vivía sola con su padre Julien Boudet, notario jubilado.
Vivían en la calle de Sèvres en un inmueble vecino a la
institución escolar creada por un tal Hippolyte Rivail.
Hasta ese día, Amélie siempre había rechazado a los
pretendientes que se le presentaban, por “insulsos y
superficiales” para su gusto, hasta el día en que tuvo el
encuentro con el profesor Rivail a quien encontró muy
guapo. Hippolyte se sentía solo sentimentalmente.
Aquel cartesiano se encontraba incómodo en esa época
romántica. No soñaba con un enlace tumultuoso sino
más bien con una felicidad tranquila junto a una esposa
proveniente de la buena burguesía. He aquí lo que le
confía a sus amigos respecto a Amélie: “Ella es menuda
y muy bien formada, amable y graciosa, inteligente y
vivaz”. Los contemporáneos confirmaron esta descripción.
Y aunque ella fuera nueve años mayor, parecían de
la misma edad.
La boda tuvo lugar el 6 de febrero de 1832. Amélie
asistió a su marido en lo que éste esperaba de una
mujer. Gabriel Delanne diría que ella fue para el profesor
Rivail “la mujer del evangelio”. Este enlace de amor fue
seguido por treinta y siete años de felicidad ejemplar,
felicidad tranquila y estudiosa: “Mi bien amado compañero
de trabajo” decía Amélie. “Mi mujer que, para
trabajar conmigo, ha renunciado a todas las distracciones
del mundo a las cuales la posición de su familia la
había acostumbrado” decía Hippolyte. Se entendían tan
bien en el plano de la inteligencia y de la espiritualidad,
como en el plano de las artes. Compartían su pasión por
la música clásica. Además, ambos creían en Dios pero
no admitían ni el culto externo ni el dogmatismo.
No obstante, si bien la pequeña señora Rivail adoraba
a su esposo, tenía sus ideas y sabía defenderlas; no
compartía la admiración de Hippolyte por Jean-Jacques
Rousseau. Le parecía que lo que él dice acerca de la
educación de las niñas es particularmente escandaloso.
Sin embargo, el Instituto técnico de la calle de Sèvres
era un remanso de felicidad donde reinaban la amistad
y la paz.
Desgraciadamente, en los años 1840, sobreviene una
terrible prueba. El tío Duhamel, comanditario del
instituto, es un jugador empedernido. Para cubrir una
deuda de juego, los Rivail se ven obligados a vender
el instituto. A esta prueba financiera, de por sí importante,
se suma para la pareja, el inmenso dolor de ver
hundirse la obra de enseñanza a la que con tanto celo
se habían dedicado.
Amélie, como buena tesorera, coloca el resto del
dinero con un amigo, que le asegura a los esposos una
buena jubilación. Nueva desdicha, el amigo quiebra,
están arruinados. Aunque todavía no son espíritas y
por consiguiente no tienen ninguna razón lógica para
aceptar con resignación este doble golpe de la suerte,
los esposos Rivail, en lugar de perderse en el lamento,
se ponen a trabajar con energía para buscarse la vida.
Para salir adelante, Amélie reduce su tren de vida y
retoma el trabajo en el curso de Lévy-Alvarez inventor
de un Método ingenioso para la instrucción de las
niñas. En cuanto a su esposo, se hace cargo de tres
contadurías, consigue un puesto de profesor en el
Lycée Polymathique, igualmente enseña en el mismo
curso que Amélie y encuentra tiempo para redactar
nuevas obras escolares.
Sin embargo, ni Amélie ni Hippolyte están en su verdadero
camino. Ellos hubieran querido volver a crear una
institución digna de la primera. El hecho de estar arruinados,
de no poder crear una obra propia es una prueba
muy pesada, pero pensándolo bien, fue providencial y
ellos así lo comprendieron quince años más tarde.
Al encuentro de los espíritus
Estamos en 1854, por primera vez Hippolyte y Amélie
oyen hablar de las mesas giratorias.
En 1856, Léon Denizard, convertido en Allan Kardec,
está escribiendo El Libro de los Espíritus. Dotada de una
buena memoria, inteligente y rápida, Amélie hace las
veces de secretaria.
Montherlant ha dicho “Un escritor no necesita de una
concepción del mundo, sino de una buena secretaria”. El
afortunado Kardec los tiene a ambos en la persona de
Amélie; infatigable, ella lo secunda con eficacia e inteligencia.
Copia sus textos y lee sus cartas de las que
subraya las partes importantes, corrige las pruebas de la
Revista Espírita y de los libros, comparte con su esposo
las relaciones con los editores y mantiene las finanzas
con mano firme.
Le corresponde igualmente filtrar a los visitantes pues,
en aquella época sin teléfono, la gente, sobre todo los
provincianos y los extranjeros, llegan sin avisar. Finalmente,
cuida la preparación de las giras de conferencias
por las grandes ciudades; laboriosos viajes que, a
partir de 1860, serán cada vez más frecuentes. Para los
quehaceres domésticos, Amélie es ayudada por una
criadita que ella dice que no es muy despierta pero sí
muy dedicada.
La cotidianidad de los esposos Rivail
Amélie se levanta a las cuatro de la mañana para
preparar el café de su marido quien, inmediatamente
después, se pone a trabajar. Hacia las diez, ella le trae
las pruebas de la Revista o las de la obra en curso que
acaba de corregir. Poco antes del mediodía, Amélie
reaparece y le sirve un refrigerio. Es la hora del descanso
y de la charla informal. A partir de las dos comienza el
concierto de timbres y la invasión de visitantes. Amélie
se mantiene en guardia. No hace falta que los admiradores
y, sobre todo, las admiradoras, hagan perder
demasiado tiempo a su gran hombre. En su trabajo de
filtrado, distingue muy bien de antemano a los simples
charlatanes de los que tienen algo que decir y sale de
su reserva para despedir a las admiradoras con tacto y
autoridad.
Si bien el refrigerio del mediodía es frugal, la cena no lo
es. Los esposos Kardec aprecian los placeres de la mesa
a la que hacen honor. Amélie no es de esas criaturas
seráficas que se deleitan con sopas insípidas y tisanas.
Ella alimenta muy bien a su hombre. Demasiado bien
quizás, y Allan aprecia los exquisitos platillos cocinados
a fuego lento con amor.
Las noches que coronan la bien cargada jornada son
breves. La familia Delanne, Pierre Gaétan Leymarie, el
Sr. Desliens, Muller y de vez en cuando Camille Flammarion
hacen su aparición y se retiran pronto para no
cansar al maestro. El viernes por la noche está dedicado
a las conversaciones con los espíritus y el domingo por
la noche se reserva para el concierto y el teatro. La
pareja que ha trabajado tanto toda la semana, desea
relajarse y divertirse. Ambos, apasionados de la música
clásica, aprecian igualmente las óperas de Offenbach.
Por fin, Allan y Amélie rebosan de felicidad: terminaron
los problemas de dinero y los trabajos mercenarios a
menudo fastidiosos. Sus actividades presentes les
apasionan cada vez más; construyen en común una
obra que saben necesaria y duradera. Su amor es tan
vivo como treinta años antes; están tan enamorados
uno del otro como en el momento en que el apuesto
Léon Denizard le pidió al Sr. Julien Boudet, la mano de
su hija Amélie.
Con el transcurrir de los años, gracias a las rentas de
los manuales escolares, a los derechos de autor de
los libros espíritas y las juiciosas colocaciones realizadas
por Amélie, los esposos Rivail tienen adquirido
un pequeño peculio. Siguiendo los consejos de un
cofrade de la Sra. Boudet, adquieren un terreno de
2.600 m2, situado detrás de los Inválidos. Hacen construir
allí la villa Ségur y tienen en proyecto la construcción
de una decena de casas, destinadas a miembros
meritorios de la Sociedad.
Los domingos se trasladan a la Villa rodeados de sus
amigos más cercanos. La atmósfera es distendida y
alegre. La carne es buena; como todas las mujeres de
su época, Amélie está orgullosa de su mesa.
A principios de 1869, Allan está decidido a dejar la sede
de la Sociedad cuyo arriendo se acaba, para instalarse
definitivamente en la Villa Ségur. Es allí donde se siente
en casa, donde podría llevar una vida tranquila, indispensable
para su salud. Desea mudarse lo más pronto
posible y para ello pone en orden sus asuntos.
La partida de Allan Kardec y después…
Estamos a 31 de marzo de 1869, Amélie se ha dirigido
temprano al 7 de la calle de Lille, nueva sede de la
Sociedad, que se trataba de reorganizar sobre las bases
indicadas por su marido. Cuando hacia el mediodía
vuelve a la calle Sainte Anne, ¡qué impacto! Se ha dejado
caer sobre el sofá y no se ha movido más. Está como una
estatua fulminada. Sus ojos, que miran a lo lejos, ya no
tienen más lágrimas. Está desesperada por haber estado
ausente, por no haber podido sostener la mano de su
marido en el momento supremo. Allan Kardec se había
hundido sobre sí mismo sin una palabra, sucumbió
a una ruptura de aneurisma. Notificado, Alexandre
Delanne acudió enseguida, lo friccionó y lo magnetizó
pero en vano.
Siempre pequeña y menuda, ella tiene ahora setenta y
cuatro años y sueña con los treinta y siete de tranquila
felicidad que acaban de terminar. Por el momento, se
imagina que seguirá pronto al que ama y eso la ayuda
a sostenerse. En realidad, le quedan por recorrer catorce
años sin él.
La inhumación de Allan Kardec en el cementerio de
Montmartre es sólo provisional. Un año más tarde
Amélie y la Sociedad espírita adquieren un lugar en el
Père-Lachaise y hacen construir el dolmen, recuerdo de
una vida de druida. Amélie no participó en la inhumación,
destrozada física y moralmente, prefirió quedarse
sola en la calle Saint Anne.
Después de haber recuperado las fuerzas y la combatividad,
daría a conocer el testamento que la nombraba
heredera universal. Bajo su impulso, la Sociedad Parisiense
de Estudios Espíritas fue reconstituida como
sociedad anónima y se instaló en el 7 de la calle de Lille.
En cuanto a Amélie, se mudó a la Villa Ségur pero las
diez casas previstas nunca vieron la luz.
Muerto Allan Kardec, Amélie continuó valientemente
la lucha al lado de Alexandre Delanne, Camille Flammarion,
Victorien Sardou y Théophile Gautier pero sobre
todo con su abnegado amigo Pierre Gaétan Leymarie.
En 1871, éste se convertirá en redactor jefe y Director
de la Revista Espírita en la cual imprimirá las primeras
pruebas de fotografía espírita producidas por William
Crookes. Luego, él mismo experimentará esas manifestaciones
con un médium fotógrafo de nombre Edouard
Buguet. Durante las sesiones, obtuvo una serie de clisés
reales que publicó en 1875.
No obstante, su buena fe es engañada y los enemigos
del espiritismo están al acecho de todo lo que pueda
detener el desarrollo de la doctrina espírita. Edouard
Buguet es vigilado por la policía en la persona de
Guillaume Lombart. Éste se presenta anónimamente en
su casa para pedirle una fotografía espírita, lo sorprende
en flagrante delito y lo arresta.
El Ministerio Público instruye un proceso por fraude y
mistificación en contra de Leymarie y de Buguet. Desde
su detención, este último confiesa que no tiene poderes.
La requisitoria del abogado de la República pone en tela
de juicio a los acusados, a la doctrina espírita y a la viuda
de Allan Kardec.
Durante el proceso, la cuestión de la creencia y de la
persuasión será el centro de los debates. Cada parte
tiene una argumentación respecto a esta estrategia de
la persuasión:
– Para el ministerio público, lo que está en juego es
combatir la doctrina espírita como fuerza política y religiosa.
El procurador va a rechazar la creencia en estas
fotos espíritas.
– El fotógrafo confiesa la superchería y socava toda
posible creencia. Dice: “No soy ni espírita, ni médium;
simplemente tengo “trucos” de una gran sencillez”.
– Los partidarios del espiritismo, con Leymarie el sucesor
de Kardec a la cabeza, se defienden separando a Buguet
de su propia actividad, dicen haber sido engañados por
él y pretenden que es manipulado por el ministerio
público, para evitar reunir aún más espíritas.
Amélie Boudet tiene ya ochenta años cuando es llamada
a declarar en el tribunal. Durante este interrogatorio, su
buena fe será puesta en tela de juicio y ensuciada la
memoria de su marido.
La totalidad de la declaración está consignada en El
Proceso de los Espíritas, una obra escrita por Marina
Duclos-Leymarie. En este libro están compiladas no
sólo las declaraciones, las requisitorias, un considerable
número de testimonios a favor de Pierre Gaétan
Leymarie, de Amélie Boudet y de la Sociedad Parisiense
de estudios Espíritas, sino igualmente toda la correspondencia
entre Buguet y Leymarie.
Pierre Gaétan Leymarie será acusado y condenado a
un año de prisión. Sin embargo quince días antes de
su condena, se le sugiere declararse culpable y solicitar
la indulgencia. Él se niega y felizmente para él, la
condena es derogada algunos meses más tarde por una
completa rehabilitación.
He aquí la última carta escrita por Edouard Buguet,
condenado también a un año de prisión. Está precedida
por los comentarios de Marina Duclos-Leymarie: “Esta
última carta, escrita por Mazas, hace alusión al hecho
siguiente: un oficial de caballería, de la guarnición de
Vendôme, que vino para obtener una fotografía espírita,
se encontraba en casa de Buguet en el momento de las
investigaciones de la justicia; el mismo día, a las tres de
la tarde, le avisaba al Sr. Leymarie que quería ir inmediatamente
a casa de Buguet con el oficial, pues no podía
creer, sin haberlo visto por sí mismo, que el fotógrafo
hubiera empleado trucos. En casa de Buguet, Leymarie
fue arrestado, y es a este hecho que hace alusión esta
primera carta; esta conducta del gerente de la librería
basta para probar su buena fe”.
Estimado señor Leymarie,
Tengo la esperanza de que el momento de detención que
el Comisario de Policía os ha hecho sufrir en mi casa el
día de la mayor desdicha de mi vida, no haya producido
ningún accidente enojoso y que estéis de vuelta enseguida
con vuestra encantadora familia; veis, estimado
Sr. Leymarie, en qué situación me encuentro, y mi pobre
casa en manos extrañas.
Vengo a pediros, en nombre de vuestro buen corazón para
con todos, que hagáis todo lo posible para detener este
desgraciado asunto. Es en nombre de mi pequeña familia
que vengo a pediros perdón por haber pecado tan inconscientemente
y sin darme cuenta de lo que hacía, pido mil
veces perdón a Dios por ello, a todos vosotros, y espero que
vuestro buen corazón con todos no fallará para evitar más
pena a un padre de familia.
En la esperanza, estimado Sr. Leymarie, de tener algunas
palabras de consuelo de vuestro buen corazón, os ruego
recibir mis saludos más sinceros y presentar mis mejores
votos a vuestra encantadora familia.
E. Buguet – Primera division, celda N° 30
Pierre-Gaëtan Leymarie