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PÁGINAS PÓSTUMAS DE LEÓN DENIS (1) PREFACIO PARA LA 4ª EDICIÓN FRANCESA DE ESTA OBRA, PARÍS, 1927

ImagenLEÓN DENIS

        Cincuenta y ocho años hace que el espíritu de Allan Kardec ha retornado a la vida libre de los espacios,  y durante ese lapso penetró su doctrina hasta las más apartadas  regiones del globo,  reuniendo a millones de adeptos en el conjunto de sus partidarios. Vano fuera enumerar todos los grupos y círculos,  federaciones e institutos que se han fundado;  superfluo sería citar los diarios,  revistas y publicaciones en todas las lenguas que a la difusión de nuestras creencias contribuyen.  Vano y superfluo –decimos–,  porque la lista de ellos sólo pudiera ser provisoria,  ya que a diario aumenta el número de tales organismos y el de sus obras.

        A la hora actual,  la doctrina de los espíritus,  condensada y coordinada por el poderoso cerebro de Allan Kardec,  la adoptan muchedumbres de creyentes y de pensadores,  en el centro y en el mediodía de Europa,  desde Portugal hasta Rumania,  así como en América Central y del Sur.  Institutos y universidades de diversos medios le han otorgado un lugar en sus programas.  Y es dable prever –conforme la evolución general de la espiritualidad– la hora en que la doctrina de las vidas sucesivas ingrese en la enseñanza popular e idealista de los países todos.  Podemos ya calcular la inmensa cifra de los desesperados a quienes dio esta creencia la energía moral ,  el valor de vivir y la confianza en lo futuro,  preservándoles del suicidio;  de todos aquellos a los cuales ha ayudado a soportar sus probaciones,  así como el pesado fardo de existencias oscuras y dolorosas.  De esto poseo yo mismo conmovidos testimonios bajo la forma de cartas que llenan carpetas enteras,  a pesar de que no guardo sino las más importantes.

        Dieciocho años contaba cuando leí El Libro de los Espíritus,  lo que fue como una iluminación repentina de todo mi ser.  No necesité pruebas en apoyo de una doctrina que respondía a la totalidad de las preguntas y resolvía los problemas todos de manera satisfactoria para la razón y para la conciencia (2).  Por lo demás,  las pruebas las tenía en mí mismo:  eran voces lejanas de un pasado olvidado,  todo el mundo de recuerdos despertaba,  con su cortejo de males,  sangre humana y lágrimas.

        Pronto siguieron a aquélla otras lecturas complementarias,  y más tarde,  cuando mi madurez pareció suficiente para comprender,  vinieron los fenómenos convincentes y decisivos.  Por mi parte,  casi medio siglo he trabajado en la divulgación de nuestras creencias,  ya por medio de la pluma,  ya con la palabra.

        ¿Existe un vínculo misterioso entre discípulo y Maestro?  Notemos que mi nombre está incluído en el de Allan Kardec,  quien en realidad se llamaba Hipólito León Denizard Rivail.  Los aficionados a números y nombres proféticos pueden hallar en esto materia para comentarios.

        Varias veces me encontré con Allan Kardec en el plano terrestre.  La primera fue en Tours,  cuando hacia 1867 marchó allá,  en el curso de una gira de conferencias.  Para recibirle habíamos alquilado una sala,  mas la desconfiada policía imperial nos prohibió utilizarla.  Fue menester que nos reuniésemos en el jardín de un amigo,  a la claridad de las estrellas.  Eramos fácilmente  trescientos,  de pie y apretados,  pisoteando los arriates,  pero dichosos de ver y escuchar al Maestro,  quien se hallaba sentado ante una mesita en medio de nosotros y nos hablaba del fenómeno de las obsesiones.

        Al día siguiente,  cuando fui a presentarle mis respetos,  le hallé en ese mismo jardín,  subido en un banquillo y cosechando cerezas que entregaba a su esposa.  Esta bucólica escena,  llena de encanto,  contrastaba con la gravedad de los personajes. (3)

        Posteriormente le vi en Bonneval,  Eure-Loir,  adonde había ido a fin de participar en un mitin espiritista que reunía a todos los adeptos de la comarca.  Por último,  en París,  en mis viajes a la capital,  pude conversar  con él sobre la causa que nos es cara.

        Muerto Allan Kardec en 1869,  se ha pretendido que reencarnara en el Havre,  en 1897,  pero ello es inexacto.  Porque ¿cómo un espíritu  de tal valer habría esperado treinta años para revelarse en la medida de sus facultades y de su providencial misión?

        Sólo poco antes del Congreso de 1925 comenzó el gran iniciador a manifestarse en nuestro grupo,  por vía mediúmnica.  Vistas mi edad y mis enfermedades,  vacilaba yo a la sazón en participar de esas importantes sesiones del Espiritismo Mundial,  pero él me persuadió que lo hiciera,  con argumentos y con la fuerza toda de su voluntad.  Y en tanto dicho Congreso duró,  sentí su sostén fluídico y la eficacia de sus inspiraciones.

        Desde entonces no ha cesado de intervenir en todas nuestras sesiones,  insistiendo en la necesidad de que redactara y publicase un libro acerca de El Genio Céltico y el Mundo Invisible (4), a fin de demostrar que el actual movimiento espiritualista no constituye otra cosa que un despertar potente de las tradiciones de nuestra raza.  Lo cual no asombrará de parte de un druida reencarnado,  que quiso tener un dolmen por losa sepulcrar en el cementerio del Père-Lachaise,  y que había tornado a usar su nombre céltico.

        Allan Kardec ha hecho todavía más:  nos ocupó dictándonos una serie completa de mensajes que se encuentran al final de mi libro y algunos de de los cuales se elevan hasta el límite extremo de la comprensión humana .  Dos de ellos adoptan,  en especial,  este carácter,  y tienen por título:  “Origen y evolución de la vida universal.  Las fuerzas radiantes del espacio.  El campo magnético vibratorio”.  Nuestros guías nos declaran que todo lector podrá extraer de esta obra  una orientación nueva que,  “en el estadio de evolución a que hemos llegado,  es la única compatible con el grado de resistencia del cerebro humano”.

        Añadamos,  por último,  que en el transcurso de numerosas conversaciones me ha dado el espíritu de Allan Kardec pruebas incontestables de su identidad,  entrando en pormenores precisos acerca de su sucesión y de las dificultades que la misma acarreara;  detalles éstos que no podía el médium conocer,  puesto que se referían a un tiempo en que era él tan sólo una criatura,  cuyos padres ignoraban por entero el Espiritismo.  Tales hechos se habían incluso borrado de mi memoria y no pude reconstruirlos sino después de algunas búsquedas e investigaciones.

        Una vez más se ha inclinado el discípulo ante la imperiosa voluntad del Maestro.  A despecho de mi avanzada edad y mi ceguera (5) he podido concluir El Genio Céltico…,  cosa que tanto deseaba.  Y en el decurso de ese trabajo me han sostenido,  ayudado e iluminado más que nunca mis amigos invisibles,  y más que nunca también sentí que mi última obra–exigida desde lo alto–es en verdad el resultado de estrecha colaboración entre dos servidores de una sola y misma causa.  ¿Colaboración,  dije?  Es más aún:  se trata más bien de la comunión completa de dos almas que persiguen un objetivo común,  cual es la difusión universal de una creencia llamada a adaptarse a la mentalidad moderna.

        Nada detendrá al Espiritismo en su marcha,  porque es él la verdad.  Y no está lejano el día en que la humanidad entera vea en Allan Kardec un precursor y un renovador del pensamiento moderno,  rindiéndole los homenajes que a su memoria se deben.

                                           León Denis

NOTAS COMPLEMENTARIAS:

(1) En su obra León Denis, L´apôtre du Spiritism, París, 1928,  dice Gastón Luce:

“León Denis acababa de dictar las últimas líneas del prefacio que le pidiera el señor Jean Meyer (el editor) para una nueva edición de la Biografía dÁllan Kardec, cuando se vió obligado a guardar cama”.   Días después se le declaró la neumonía que iba a llevarle a la tumba.  Conservó,  emperro,  su lucidez hasta el fin,  y sus postreras palabras fueron:  “Hay que terminar,  resumir y… conclusión”,  refiriéndose precisamente a este prefacio.  Agregó aún: “Envíelo a Meyer…el 15”.  Falleció ese día sin decir nada más.  Las que van a leerse  son,  pues,  las páginas póstumas de León Denis.

(2) En el libro que mencionamos,  expresa Gastón Luce que Denis,  muy aficionado desde niño a contemplar los escaparates de los libreros,  vio cierto día en uno de ellos esa “obra de título inusitado y turbador.  Era El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec.  ¡Providencial encuentro!”.  Y cita unas líneas alusivas,  tomadas de la “Revista Espírita”,  enero de 1923,  pág 8,  donde el propio Denis dice: “Lo compré al instante y apuré su contenido,  Hallé en él una solución clara,  completa y lógica del problema universal.  Mi convicción fue sólida.  La teoría espiritista disipó mi indiferencia y mis dudas”.  Añade Luce: “El Instructor acababa de encontrar a su discípulo”.

(3) Este mismo relato ,  si bien más pormenorizado,  lo hace Denis en el Informe del Congreso de 1925.

(4) El último de los grandes libros de León Denis,  que concluyó porco antes de morir,  en 1927.

(5) Comenzó a sufrir de la vista en su juventud,  por el uso intenso que hacía de ella en sus estudios,  de noche y con luz deficiente.  Edison no había iluminado aún el mundo con su invento de la lámpara eléctrica.

 

       

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About René Dayre Abella Hernández

Desde pequeño fui testigo de fenómenos de carácter paranormal que se daban en mi entorno y en mi propia persona, lo que me llevó a investigarlos desde un ángulo y una perspectiva rigurosa. Establecí contacto con estudiosos de la casuística paranormal que juzgaban estos fenómenos desde una óptica dialectico-materialista, muy acorde con los tiempos y el panorama ideológico que imperaba en mi país. Más adelante en la medida que estos fenómenos paranormales se acentuaron con mayor peso y asiduidad en mi persona quise encontrales una solución fuera del esquema mecánico organicista. De esta manera fui trillando caminos en la búsqueda de una respuesta lógica, pero trascendente del fenómeno. Ingresé como miembro activo de la Sociedad Teosófica, a la vez que establecía nexos y vínculos con espíritas que me mostraron una exposición más actualizada de la Doctrina Espírita tal como la codificó el Maestro Allan Kardec, pero dentro del contexto paradigmático de nuestros días. Muchas de mis vivencias de carácter trascendental o pananormal las he relatado en mi libro de crónicas y memorias Banes: La Piel de la Memoria. En estos momentos me considero un espírita convencido y me propongo de manera muy humilde reivindicar la naturaleza prístina del Espiritsmo racionalista, laico e iconoclasta que codificó Allan Kardec, cuando enmarcó su sistema filosófico y científico dentro del contexto positivista de las ciencias, desarrollado por Augusto Compte, muy en boga en su época, de las distorsiones que por ignorancia o mala fe han arrojado sobre él las masas y el gran público. Además del Espiritismo me apasionan los temas concernientes a la psicología transpersonal, particularmente el pensamiento desarrollado por Roberto Assagioli, la psicología profunda de Jung, y la transcomunicación instrumental.

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