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BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC POR HENRI SAUSSE (CONTINUACIÓN)

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        Del discurso del señor E. Muller transcribimos los pasajes siguientes,  que merecen recordarse:

        “Hablo en nombre de su viuda,  de la que fue su fiel y dichosa compañera durante treinta y siete años de una felicidad sin nubes ni disgustos,  de la que compartió sus creencias y participó de sus trabajos así como de sus vicisitudes y alegrías,  y que,  al quedar hoy sola,  está orgullosa de la pureza de costumbres,  de la absoluta honestidad y del desinterés sublime de su esposo.

        “Ella nos da a todos ejemlo de valor,  tolerancia,  de perdón de las injurias y del deber escrupulosamente cumplido.

        “Hablo también en nombre de todos sus amigos,  presentes y ausentes,  que paso a paso han seguido la senda laboriosa que Allan Kardec recorrió siempre honorablemente;  de los que quieren honrar su memoria recordando algunos de sus rasgos de su vida.

        “En primer lugar,  quiero decir por qué su envoltura mortal ha sido traída directamente aquí,  sin pompa ni otras plegarias que las vuestras.  ¿Tenía necesidad de plegarias aquel cuya vida toda no fue sino un ininterrumpido acto de piedad,  de amor a Dios y a la Humanidad?  No era preciso que pudieran todos unírsenos en esta común acción,  que afianza nuestra estima y afecto.

        “La tolerancia absoluta era la regla de Allan Kardec.  Tanto sus amigos como sus discípulos pertenecen a la totalidad de las religiones –israelitas,  mahometanos,  católicos y protestantes de cualquier secta–,  y a todas las clases sociales –ricos,  pobres,  sabios,  librepensadores,  artistas,  obreros,  etcétera–.  Todos ellos han podido venir aquí gracias a su moderación,  que no obligaba a ninguna conciencia y que constituiría un gran ejemplo…”

        En tan numerosa y heterogénea concurrencia,  la pena era unánime y cada cual deseaba rendir homenaje al gran filósofo que fue Allan Kardec,  cuyo nombre brillará a través de las edades,  cual potente meteoro en la aurora del Espiritismo.

        La señora Kardec tenía setenta y cuatro años a la muerte de su esposo y le sobrevivió hasta 1883,  falleciendo el 21 de enero de dicho año,  a los ochenta y nueve años de edad,  sin herederos directos,  pues no había tenido hijos.

        Sería un error creer  que,  en razón de sus trabajos,  debía ser Allan Kardec una persona fría y austera;  nada de eso era,  sin embargo;  aquel grave filósofo,  después de haber discutido los puntos más arduos de la psicología o de la metafísica trascendental,  se transformaba de súbito en un risueño muchacho,  grato y sociable,  que sabía ponerse a la altura de todos,  aun de los más humildes,  y que poseía un talento particularísimo para distraer a los invitados que sentaba a su mesa y a quienes sabía él tan gentilmente hacer participar de su comunicativa alegría.

        En una antigua correspondencia que por feliz casualidad encuentro,  leo los pasajes siguientes,  escritos sobre su persona por uno de sus comensales,  el señor P.G. Leymarie:

        “Los anónimos y traiciones,  los insultos y el descrédito sitemático perseguían a este hombre laborioso y genio bienhechor,  y le producían heridas morales incurables;  de una constitución física apropiada para vivir cien años,  tenía empero un corazón sensible;  la injusticia,  sobre todo la de los espiritistas charlatanes y desconsiderados,  le atravesaba el corazón,  y fue causa de la aneurisma que lo arrebató a los sesenta y conco años,  cuando tanto le quedaba aún por hacer.

        “Levantábase en cualquier estación del año a las cuatro y media de la mañana y se dedicaba a escribir para hacer frente a la correspondencia,  a sus nuevas composiciones,  a las recepciones y sesiones de los viernes.  A menudo venía a verme en momentos de fatiga y sentado a mi mesa,  reía como en tiempos pasados,  narrando anécdotas encantadoras y expresándose en un lenguaje franco,  para distraerme.  Y yo,  estimulado,  mezclaba también mis comentarios a los suyos.  Después,  retornaba él alegremente su cadena.

        “Todos los domingos y,  especialmente,  en los últimos días de su vida,  invitaba a sus amigos a cenar  en su villa Ségur.  Entonces este grave filósofo,  tras polemizar con los doctores acerca de los puntos más complejos y controvertidos de la doctrina,  se ingeniaba para distraernos;  se tornaba en un niño para proporcionar una suave alegría a sus invitados,  y tenía temperamento especial  para hacerlo digna,  sobria y gentilmente,  mezclando con ello una nota particular de amistosa bondad.

        “Durante la comida se anunciaba a veces un plato especial,  venido de muy lejos:  lo traían con grandes precauciones y todos los mirábamos con curiosidad.  Llegado el momento,  levantaba él la tapadera y aparecía algo muy pequeño,  que gravemente distribuía entre diez o doce invitados.  Entonces el Maestro,  que gozaba con la estupefacción general,  reía de nuestro asombro y nos explicaba qué era ese manjar,  su procedencia,  cómo lo habían enviado,  su necesidad,  su porqué,  con ingeniosas y sabias consideraciones que nos encantaban y probaban que hubiera podido ser un gran naturalista.

        “Cuantas veces hemos sabido de muchas personas sufrientes que habían hallado en él auxilio moral eficaz y ayuda material que no lo era menos;  de lo cual no decía él palabra,  sepultando en el olvido sus buenas obras.  Y los que le debían fueron con harta frecuencia ingratos,  por ser la gratitud una carga demasiado pesada para ciertos seres poco evolucionados.

        “Solía decirnos:  Cuanto más avancemos,  más paciencia necesitarán los que se consagren a nuestra causa,  así como el saber olvidar las injurias y elevar el corazón y la inteligencia,  para no abandonarse al desasosiego y a la deseperanza.  Si resisten con energía,  los bondadosos guías les ayudarán a soportar el saludable fardo.

        Tenía razón:  la experiencia lo había adoctrinado.  Y se cuenta en el número de aquellos que llevaron su cruz hasta la cima del Calvario en que encontrarían la muerte corporal,  y que no obstante resistieron a cuanto podía acobardarlos y forzarles a desistir.”

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About René Dayre Abella Hernández

Desde pequeño fui testigo de fenómenos de carácter paranormal que se daban en mi entorno y en mi propia persona, lo que me llevó a investigarlos desde un ángulo y una perspectiva rigurosa. Establecí contacto con estudiosos de la casuística paranormal que juzgaban estos fenómenos desde una óptica dialectico-materialista, muy acorde con los tiempos y el panorama ideológico que imperaba en mi país. Más adelante en la medida que estos fenómenos paranormales se acentuaron con mayor peso y asiduidad en mi persona quise encontrales una solución fuera del esquema mecánico organicista. De esta manera fui trillando caminos en la búsqueda de una respuesta lógica, pero trascendente del fenómeno. Ingresé como miembro activo de la Sociedad Teosófica, a la vez que establecía nexos y vínculos con espíritas que me mostraron una exposición más actualizada de la Doctrina Espírita tal como la codificó el Maestro Allan Kardec, pero dentro del contexto paradigmático de nuestros días. Muchas de mis vivencias de carácter trascendental o pananormal las he relatado en mi libro de crónicas y memorias Banes: La Piel de la Memoria. En estos momentos me considero un espírita convencido y me propongo de manera muy humilde reivindicar la naturaleza prístina del Espiritsmo racionalista, laico e iconoclasta que codificó Allan Kardec, cuando enmarcó su sistema filosófico y científico dentro del contexto positivista de las ciencias, desarrollado por Augusto Compte, muy en boga en su época, de las distorsiones que por ignorancia o mala fe han arrojado sobre él las masas y el gran público. Además del Espiritismo me apasionan los temas concernientes a la psicología transpersonal, particularmente el pensamiento desarrollado por Roberto Assagioli, la psicología profunda de Jung, y la transcomunicación instrumental.

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